domingo, 29 de julio de 2012

CAPÍTULO 17


La batalla acontecida nos había dejado a Silk y a mí algo tocadas. El dolor en el brazo herido era muy agudo, y el calor de la sangre seguía siendo algo primordial en el mismo, pues notaba su cálido y húmedo tacto. No teníamos ni vendas ni medicinas para poder tratar aquel corte, por lo que tendría que improvisar, cosa que hacíamos mucho en el Distrito 12. Al menos, teníamos un “analgésico” natural a puñados: nieve. Como apenas si teníamos dinero en el distrito para costearnos los remedios y medicinas fabricados en el Capitolio, debíamos usar los recursos gratis que teníamos más a mano. La nieve, al estar tan fría, conseguía anestesiar el dolor, y era justo lo que necesitaba, al menos hasta que volviéramos al campamento y pudiera aliviarme el corte.
Me agaché, tomé un puñado de la misma y la apliqué sobre la herida. El alivio fue casi inmediato, aquella gélida capa calmaba el dolor y ocultaba un poco la sangre, al menos hasta que esta la teñía de un fuerte color carmesí.
-Maldita sea su estampa-mascullé, acordándome mentalmente de toda la familia que la chica del 11 pudiera tener, mientras me acercaba a Silk. Esta parecía encontrarse mejor que yo, aunque tenía un corte que rezumaba sangre en una de sus mejillas. Se tocó la herida con aire ausente, para luego lanzarme una suspicaz mirada.
-La próxima vez que quieras ayudarme, no te quedes media hora parada como una idiota-me dijo con cierta frialdad. No entendía a que venía esa recriminación, cuando ella había salido mejor que yo de aquel rifirrafe. De estar ella en mi situación, comprendería perfectamente su acusación, aunque no entendía que pretendía echarme en cara. Vale, había actuado con algo de retraso, no lo iba a negar, pero le había salvado el pellejo al quitarle de encima a Wheel, asesinando a su compañera.
-¿Cómo dices?-inquirí de malas maneras, lanzándole una mirada cargada de reproches-Solo me despisté unos segundos ¿vale? Y tampoco te ha hecho mucha falta mi ayuda, creo que es evidente quien está en mejores condiciones de las dos.
Me miró con una expresión de desdén que me recordó a los primeros días en el Centro de Entrenamiento. Fue como si hubiéramos vuelto al pasado, como si ella volviera a verme  como a una simple minera medio muerta de hambre. ¿Y si ahora intentaba atacarme? Miré a mi alrededor, no había nada donde pudiera parapetarme si me lanzaba un hacha, tendría que confiar en mis piernas para correr. Mas si huía, ¿qué podría hacer? Volver con los profesionales era arriesgado, porque tal vez se pusieran de su parte, lo cual no me hacía ninguna ilusión. En una lucha cara a cara contra Silk, tendría posibilidades, pero en una pelea contra seis tributos hábiles en el manejo de las armas, tenía las de perder.
Esa idea me hizo ser consciente de mi precaria situación. Normalmente, los tributos de un mismo distrito siempre re respaldaban, la prueba había estado en como los del 6 se habían tratado de proteger entre ellos. Marphil, seguramente, ayudaría a su compañera, del mismo modo que Brass y Daph por un lado y Sand y Valkirye por otro, se ayudarían a la hora de la verdad. Yo, por mi parte, me encontraba sola, sin la ayuda de nadie, y eso me preocupaba. ¿Acaso debería haber matado a los demás durante la noche, mientras dormían? Habría sido fácil, muy fácil, y luego habría podido cazar a los demás usando el factor sorpresa. De haber actuado así, tal vez los Juegos ya estarían tocando a su fin, siendo de paso unos Juegos algo cortos… dudaba que el Capitolio dejase que sus ciudadanos no tuvieran al menos un par de semanas de diversión, seguramente me habrían enviado algún muto o similar para que me hostigara y me hiciera padecer.
Sacudí la cabeza, como si con el movimiento pudiera alejar esas ideas de mi mente. No iba a ganar nada jugando al “¿qué habría pasado?”. De haber asesinado a mi alianza, seguramente ya me habrían matado, ¿o es que había sido lo suficientemente tonta como para no ver como los tributos no profesionales que seguían vivos se habían unido entre ellos? Por una vez, había tomado la decisión correcta, la prueba de ello es que seguía estando viva.
Miré de nuevo a Silk, en tensión por si habría de defenderme. Mas la chica había bajado el hacha, mientras que alzaba sus ojos hacia el cielo. ¿Acaso había visto a algún otro tributo entre los árboles? Imité su gesto, pero lo que vi sobre mí no era nada que pudiera suponerme una amenaza, sino todo lo contrario. Acompañado de un leve pitido, un paracaídas plateado caía hacia nosotras, atado a algo que desde mi posición no apreciaba bien. Todos conocíamos la función de aquellos paracaídas, eran los regalos de los patrocinadores; cualquier tributo haría lo que fuera para poder conseguir alguno. El año pasado, para muchos supuso la diferencia entre vivir un día más o morir en ese mismo día la llegada de un regalo de un patrocinador. Normalmente, se solía enviar comida, agua o medicinas, cosas de primera necesidad que un tributo no encontraría con facilidad en el estadio.
¿Para quién sería aquel envío? Que yo supiera, tanto Silk como yo podríamos curarnos con las medicinas que habíamos encontrado en el botiquín, aunque claro, aquel maletín se encontraba lejos, en los páramos que rodeaban la cornucopia, mientras que nosotras nos hallábamos en medio de aquel bosque. Bueno, si el que lo había enviado podía permitirse el dinero que costase aquello que venía ahora hacia nosotras, no lo iba a discutir. Una ayuda siempre es bien recibida.
El paracaídas, finalmente, aterrizó a mis pies. Me agaché, sin dejar de vigilar a Silk por el rabillo del ojo, para recoger un botecito que cabía perfectamente en una de mis manos. Parecía una especie de ungüento, y cuando lo abrí, pude constatar que tenía un olor penetrante, un aroma que me costaba identificar y que hizo que me doliera un poco la cabeza.
-Es una crema cicatrizante-la chica se había acercado, mirando el bote con el ceño levemente fruncido-En mi distrito las venden, las traen directamente desde el Capitolio. Con un par de capas en unos tres días, puedes conseguir cerrar una herida, o eso tardó en cerrarme a mí un corte en la ceja.
Estuve tentada de preguntarle como se habría podido cortar en la ceja, pero supuse que no era el momento ni el lugar para andarse preguntando por anécdotas del pasado. No olvidaba que los tributos se habían internado de nuevo en el bosque, y que podrían saltar sobre nosotras en cualquier momento, al menos Sunset. No olvidaba la mirada de rabia que me había lanzado cuando me vio aparecer, sus oscuros ojos se me habían quedado grabados a fuego en mi memoria. ¿Cómo podía odiarme tanto? ¿Acaso yo había matado a su compañero de Distrito? No, no recordaba haberlo hecho, ni siquiera era capaz de rememorar las facciones del susodicho, hasta que lo vi la noche pasada en el cielo, durante el recuento de las bajas. Sunset debía de tener otro motivo para odiarme, aunque no sabía cual podría ser. A lo mejor es que odiaba a todos los profesionales, por lo que yo, al haberme aliado con ellos, había entrado en su lista negra. Bueno, lo cierto es que daba igual, a fin de cuentas no pensaba hacerme amiga de ella, teniendo en cuenta lo que se esperaba de nosotros. La amistad es algo prohibido para un tributo.
Volví a mirar la crema, observándola con curiosidad. ¿Crema cicatrizante? En ese caso, lo más seguro es que fuera para mí, teniendo en cuenta el corte de mi hombro. Silk, por muy cortada que estuviera, no andaba tan necesitada como yo.
-¿Solo hay que aplicársela?-le pregunté a mi aliada, señalando la crema-¿No hay que desinfectar antes la herida?-recordaba como algunas personas morían por cortes infectados, y no era una muerte especialmente agradable.
-Sí, la misma pomada desinfecta-repuso la aludida-¿No las tenéis en el 12, o qué?-añadió, alzando levemente las cejas.
Su pregunta me molestó. Era conocido por todo Panem que el Distrito 12 era el más pobre de todos los distritos existentes, así pues, ¿cómo podía pensar esa chica que los habitantes de mi distrito podíamos aspirar a conseguir un botecito de esta pomada? Ya nos costaba conseguir comida, de modo que las medicinas eran consideradas como objetos de lujo que casi nadie se podían permitir. Nosotros recurríamos a los boticarios y a los herboristas cuando padecíamos alguna dolencia; además, de tener dinero, no siempre podríamos comprarnos las medicinas del Capitolio. Al estar tan alejados de la ciudad que nos dirigía, los suministros procedentes de la misma llegaban muy de vez en cuando.
-En el 12 faltan muchas cosas-dije con frialdad, desabrochándome la chaqueta, quitándome un guante y comenzando a extender la pomada sobre la herida. Picaba y escocía en un principio, pero luego calmaba aquella sensación, aliviándome por completo el dolor, más incluso de lo que lo había hecho la nieve previamente colocada. Suspiré, de alivio, pero también de sorpresa. Jamás de los jamases habría imaginado que existiera una sustancia capaz de hacer en horas lo que nuestros remedios hacían en días.
Acabé de tratarme la herida, y me dispuse a guardar el botecito, pero vi como Silk se limpiaba la sangre que manaba de una de las heridas de su mejilla con el dorso de la mano. Apreté los labios, y sabiendo que era una estupidez lo que iba a hacer, le tendí la pomada. Ella miró mi mano con cierto recelo, como si no se fiara de mí.
-¿Quieres que yo también me la eche?-me preguntó.
-Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no? Por haberme retrasado media hora-dije, haciéndole un gesto para que la cogiera. Arrugó un poco el ceño, pero luego tomó el bote que le tendía, y se aplicó una capa de crema sobre sus mejillas. Me devolvió la pomada con algo de culpabilidad en sus ojos claros, y se mantuvo en silencio mientras envolvía el bote en el paracaídas y lo guardaba en uno de los bolsillos de mi pantalón.
-Siento haberme pasado antes contigo-musitó, en voz baja-Supongo que tiene que ser duro para ti enfrentarte a alguien de tu distrito, aunque si he de ser sincera, creo que hiciste bien no escogiéndole como aliado. Es un inútil.
-Jack no es un inútil-contesté de modo casi automático, promovida por el recuerdo de la amistad que en un pasado tuvimos-Puede que no sepa manejar un arma o que parezca poca cosa, pero sabe sobrevivir. Todos los que venimos del Distrito 12 sabemos hacerlo, pues caminamos siempre entre la vida y la muerte.
Silk me miró, algo sorprendida, pero luego sacudió una sola vez la cabeza, se estiró y miro a nuestro alrededor. En su rostro se dibujó una expresión preocupada, mientras que giraba sobre sí misma, examinando los lindes del claro.
-¡No consigo adivinar por donde hemos venido!-gimió-¡Todos los laterales del claro son iguales!
Fui a contradecir esa afirmación, pues tras tantos días pasados en los bosques, sabía que siempre había algo que diferenciaba un árbol de otro. Pero cuando me dispuse a examinar los aledaños de nuestra posición, me di cuenta de que Silk tenía razón. Todos eran iguales. Estábamos perdidas, sin comida, sin agua, sin mantas. Íbamos a morir.

lunes, 23 de julio de 2012

CAPÍTULO 16


La sensación vagamente familiar de estar cruzando la frontera entre la vida y la muerte volvía a notarse en mi pecho, al escuchar aquellas voces. Si les dieran por tendernos una emboscada, nos iríamos al otro barrio antes de que nos diéramos cuenta, y eso no me hacía ninguna gracia, pues, si yo moría, ¿quién iba a cuidar de mi familia? Mi regreso era lo único que podía proporcionarles una ayuda para salir del pozo de miseria en el que habíamos estado viviendo todos estos años.
Silk parecía casi tan preocupada como yo; su rostro casi parecía tan pálido como la nieve que nos rodeaba. Habíamos pecado de presuntuosas al atrevernos en aquel lugar sin contar con el respaldo de algún que otro aliado, pero claro, cegadas por el hecho de ser profesionales, habíamos olvidado las nociones básicas que otorgaba la lógica en estas situaciones. La chica hizo un gesto para pedir silencio, mientras sacaba una de sus hachas. No la había visto usarlas, más que nada porque durante el baño de sangre había empleado una de las lanzas que había cogido su compañero de distrito, pero supuse que debería de manejarlas con soltura, teniendo en cuenta que debía de haber sido entrenada en su manejo y recordando que se había decidido por ellas nada más pisar la Cornucopia.
-¿Qué pretendes hacer?-musité casi sin voz, por si acaso nos escuchaban.
-Examinar el terreno-fue la respuesta que obtuve, viendo como la chica se limpiaba los restos de nieve de sus pantalones y empezaba a caminar con cuidado, tratando de no hacer ruido, aunque era algo simple, teniendo en cuenta que la nieve amortiguaba nuestros pasos. Las huellas, sin embargo, eran harina de otro costal, pues íbamos dejando un rastro fácil de seguir para cualquiera, incluso para los más inexpertos. Confiaba en que aquella alianza fuera lo suficientemente débil o estuviera lo bastante mal aprovisionada como para evitarnos el temer un ataque por la espalda. Si mal no recordaba, las armas que había en el interior de la Cornucopia las habíamos cogido nosotros, pero no olvidaba los cuchillos de monte que habían dejado por los alrededores, los cuales no nos habíamos molestado en coger. Tal vez alguno de los otros los había recogido, confiando en poder valerse con ellos, ahorrándose la necesidad de tener que seguirnos al interior de la Cornucopia. ¿Recordaba a algún tirador de cuchillos? No, pero podía estar equivocada.
Seguí a mi compañera por entre los árboles, tratando de imitar su paso liviano y silencioso. Técnicamente no me podía suponer un problema el hacer algo que había repetido hasta la saciedad en los bosques del 12, pero estaba nerviosa por la idea de poder ser atacada de un momento a otro, lo que me hacía no ser tan cuidadosa y sigilosa como normalmente era. Casi como un acto reflejo, aferré uno de mis cuchillos en la mano, apretando los dedos en torno al mango del mismo, cosa que hacía cuando me ponía nerviosa. Las voces, por su parte, se iban aclarando, y pude distinguir el sonido de una que me era dolorosamente familiar, una voz que me traía recuerdos de días de sol y bosque en el Distrito 12. La voz de Jack.
Definitivamente, el mundo era un pañuelo. No había pasado ni un día desde que los Juegos se iniciaron, y ya iba rumbo al primer encontronazo con el que en tiempos fue mi mejor amigo. ¿Moriría Jack hoy? Teniendo en cuenta que tanto Silk como yo contábamos con armas y con el factor sorpresa, unido al hecho de que conocía lo suficiente a aquella chica como para saber que, de poder matar a alguien, lo haría, me hizo suponer, con un escalofrío, que Jack podría estar perfectamente diciendo las que serían sus últimas palabras. O tal vez no. Si yo lanzara un cuchillo contra Silk, podría evitar que siguiera adelante, que se encontrara con aquel grupo. Podría decir que la mató otro tributo en el bosque, en un momento dado en el que la perdí de vista, nadie dudaría de ello, pues podría ser algo totalmente verídico, ¿cierto?
Mas, ¿qué me convenía más? Si yo mataba a la chica del 1, perderíamos a una aliada, lo cual a lo mejor nos podría perjudicar en un futuro. Silk era lo más parecido que tenía a una amiga en la alianza, y su apoyo podría serme decisivo cuando las cosas se torcieran tanto que nos enfrentásemos unos a otros. ¿Y si ese momento llegaba antes de tiempo? Yo llevaría todas las de perder, pues me apostaba el cuello a que cada uno se iría con el compañero de su distrito, dejándome a mí en una posición muy débil. Tal vez en ese momento, Silk intercediera por mí… o tal vez simplemente me matase, no olvidaba que nadie era de fiar en la arena, por muy apacible o amigable que pareciera. Pero a pesar de eso, la opción de matar a Silk en ese momento, a pesar de lo fácil y simple que parecía, era la menos aconsejable. Definitivamente, si tenía que elegir a un aliado para seguir en los Juegos, la chica era más útil que Jack, por mucho que me doliera asumirlo.
La susodicha, se acababa de detener, ocultándose tras un grueso tronco que de seguro tapaba su etérea figura. Con cuidado, elegí el tronco que se encontraba a la derecha del que ella había usado como parapeto, no muy separado, tras el cual me posicioné y pude echar un vistazo a la otra alianza que se había formado.
Unos metros más allá de nuestra posición, se abría una especie de pequeño claro en aquel bosque, donde habían acampado algunos de los tributos supervivientes. Reconocí a la chica del 11, que estaba envuelta en una manta, comiendo algo que parecían piñones, junto con una pareja, él con el pelo rojo y ella castaña, que parecían ocupados levantando una especie de muro de nieve. Jack, de rodillas no muy lejos de la chica del 11, estaba limpiando un cuchillo de aspecto simple en la nieve, murmurando algo a lo que su compañera asentía.
-Sería muy simple-me dijo Silk, moviendo los labios-No parecen armados, podríamos matarlos en menos de un minuto.
Me giré de nuevo hacia el claro, viendo con aprensión a Jack. Uno de los chicos que estaban alzando los muros de nieve le había dicho algo, y él había soltado una pequeña sonrisa, una sonrisa que me transportó al día de la Cosecha, cuando me saludó con una similar, antes de irnos al bosque, antes de que los Juegos destruyeran lo que había habido entre nosotros. ¿De veras iba a tener que matarlo ya? ¿Qué pensarían de mí en el Distrito 12? Me imaginé a los Wood en la plaza del distrito, viendo junto con el resto de los habitantes los Juegos en las pantallas que instalaban para tal menester. ¿Me estarían viendo en esos momentos, o los vigilantes habrían captado algo más interesante que enseñar en pantalla? De no haber por otras zonas alguna pelea o algún tributo muriendo de un modo o de otro, Silk y yo debíamos de estar saliendo por todas las pantallas de Panem.
-No sabemos si tienen algún modo de defenderse-respondí en el mismo tono, viendo como ella negaba con la cabeza, con una sonrisa despectiva en sus finos labios.
-Lo dudo mucho-musitó, casi riéndose-Calculo que en cuestión de cinco minutos habremos liquidado a ese impertinente grupito.
La chica aferraba el hacha de un modo que me indicaba que se encontraba lista para lanzarla. La mera visión de esa despiadada profesional irrumpiendo en aquel campamento, lanzando sus hachas con ciega furia contra los congregados, me produjo una sensación de agobio. No debería pensar en ellos así, teniendo en cuenta que eran de una alianza rival a la nuestra, pero el fantasma de mi amistad con Jack seguía siendo fuerte. No quería verle morir, aunque fuera algo imposible si quería ganar los Juegos.
Fui a hacerle una señal a Silk para que nos retirásemos y volviéramos al campamento, con la excusa de reunir a más aliados para atacarles, pero ella ya había comenzado a moverse cuando me encontré dispuesta a intervenir. Había olvidado que, debido a su delgadez, era rápida y sigilosa, por eso, cuando me había sentido capacitada para hablar, ella ya había alzado el hacha y la había lanzado.
No pude evitar cerrar los ojos cuando escuché un sonido seco, de metal clavándose en algo. ¿Quién habría muerto? ¿Jack? Esperaba que no, esperaba que hubiera podido evitar el primer tiro de Silk y hubiera echado a correr, refugiándose en el bosque. No era un mal escalador, podría subirse a un árbol y confiar en que la chica pasase de largo…
-¡Profesionales!-alguien gritó, un grito que sonó femenino, aunque la voz que lo había pronunciado era algo ronca. Cuando reuní el valor para abrir un ojo, pude ver a la chica castaña aferrándose un muñón ensangrentado. La mano, junto con el hacha de Silk, se encontraba unos pasos más atrás. Al parecer, el tiro de mi aliada la había cercenado.
En esos momentos, Silk corría con la máxima velocidad que sus piernas se lo permitían, sacando una nueva hacha de su abrigo, sosteniéndola en su mano, analizando, calculando, a quien se la iba a lanzar. Se detuvo un segundo, mirando en mi dirección, demandándome que la ayudara, cosa que me veía obligada a hacer, teniendo en cuenta que la rubia era mi aliada.
Haciendo de tripas corazón, enfundé el cuchillo de nuevo, sacando el arco del carcaj, lugar donde lo transportaba, y colocando una flecha en el mismo, para luego correr fuera de los árboles, en pos de mi aliada. La nieve se levantaba en remolinos bajo mis pies, mientras corría, sin atreverme a disparar a nadie.
-¡Proteged a Engine!-gritó de nuevo aquella voz ronca, que en esos momentos pude comprobar que era de la chica del 11. Deduje que Engine debía ser del Distrito 6, por el nombre que ostentaba (motor).
-¡Sunset!-exclamó la aludida, tratando de correr en dirección a la tributo del 11, aunque sus piernas fallaban, seguramente debido al dolor.
-¡Chrysta, la tienes a tiro, joder!-gritó Silk, recuperando de paso el hacha lanzada y arrojando otra que sostenía en su mano contra la chica del 6. Esta la esquivó por los pelos, rodando sobre la nieve, mientras que su compañero de distrito, se abalanzaba contra Silk, sacando un cuchillo similar al que había visto limpiar a Jack segundos antes. La profesional no parecía asustada de tal arma, y pude ver como le lanzaba una de sus sonrisas de suficiencia al tributo, blandiendo el hacha. Parecían a punto de empezar una danza extraña, viendo las posiciones que estaban adoptando, él aguijoneándola, ella expectante.
-¿Dónde está Leaf?-la voz de Jack resonó en mi cerebro con fuerza, haciendo que dejase de vigilar a mi aliada, y que clavase los ojos en él. Mi mirada se encontró con la suya, y pude ver en sus ojos un desafío mudo. “¿Te atreves?” parecía decir “¿Te atreves a matarme?”
No sabía quien podía ser Leaf, pues mis ojos se clavaron en Sunset, que en esos momentos corría como una endiablada, lanzando algo que sostenía en una de sus manos en mi dirección. Escuché el sonido del metal cortando el aire, y de forma casi automática, me lancé hacia un lado, con la esperanza de evitar el cuchillo que la chica me había arrojado. Pero actué una milésima de segundo tarde, pues pude notar como el cuchillo penetraba en mi hombro izquierdo, haciendo que un chorro de cálida sangre se vertiera en la susodicha zona.
Me sentí como el día previo, cuando Pine, la chica del 7, me había intentado estrangular. Los ojos de Sunset brillaban de un modo escalofriante, mientras corría en mi dirección. De forma maquinal, me arranqué el cuchillo del brazo, arrojándolo lejos de mí, mientras que me incorporaba de la nieve y trataba de disparar en su dirección. Pero el brazo herido no dejaba de temblarme, de tal modo que la flecha no alcanzó su diana, aterrizando en la nieve a unos metros de la tributo del 11.
-¡Wheel!-gritaba Engine, aunque no miré en la dirección en la que este se encontraba luchando contra Silk, pues bastante tenía con Sunset cada vez más cerca.
-Eres miserable-me espetó con su ronca voz. Al verla tan de cerca, pude constatar el fiero aspecto que ostentaba en esos momentos, con el ceño fruncido y el oscuro rostro contorsionado en una mueca de desprecio-Estás dispuesta a asesinar a traición al que fuera tu amigo. Eres peor que las ratas.
No sabía como conocía mi relación con Jack, pero me traía al pairo. El hecho de que me hubiera insultado ya era suficiente como para que la marcara como un objetivo a matar, de modo que le regalé un gesto altivo.
-Y tú le vas a hacer compañía a los gusanos-respondí, introduciendo la mano en el abrigo, aferrando uno de mis cuchillos y lanzándolo contra ella, la cual lo esquivó con agilidad, regalándome de paso una mirada condescendiente. Bueno, podría ser todo lo ágil que pudiera, pero yo estaba armada, y ella solo poseía sus manos desnudas. Antes o después acabaría muriendo.
Por el rabillo del ojo, capté como Engine se ponía en pie, comenzando a correr en dirección a su compañero de distrito, que en esos momentos acorralaba a Silk contra el tronco de un árbol. Mi cabeza me gritaba que me enzarzara en una pelea con Sunset, pero mi lealtad para con la alianza me llamaba en ese mismo momento; no podía dejar que Silk luchara sin ayuda. De modo que, el cuchillo que ya había seleccionado para lanzárselo a Sunset, voló en dirección contraria, clavándose en la espalda de Engine. Esta se desplomó a cuatro patas sobre la nieve, tosiendo una lluvia de gotitas de sangre sobre el blanco suelo, mientras que Silk aprovechaba la ocasión para hundirle el hacha por completo a Wheel en la pierna.
Engine parecía estar en las últimas, viendo como no dejaba de escupir sangre. Era cuestión de tiempo que muriera, de modo que no pasaría nada si yo aceleraba un poco el proceso. Corrí en dirección a la moribunda, pescando el cuchillo de su espalda y agarrándola por el pelo, alzando su cabeza, para luego cortarle el cuello con la hoja de la misma arma. No había liberado su cabeza de mi agarre cuando el cañonazo rompió el aire, haciéndome saber que Engine ya había fallecido.
Wheel, cojeando, se acercó a su fallecida compañera, mientras que yo, justo a tiempo, me giraba para ver como Sunset caía sobre mí como una loca, con los dientes expuestos en una mueca de odio. Como pura defensa, hundí el cuchillo en la parte del cuerpo que encontré más a mano, curiosamente el mismo brazo en el que ella me había herido. La chica soltó un grito agudo, lanzándome una mirada de odio supremo. Sus dedos se engarfiaron en un gesto de rabia, y se dispuso volver a saltar sobre mí… cuando unos brazos la sujetaron, haciendo que su rostro se mudara por una expresión de sorpresa.
-¡Déjala!-gritaba Jack, para luego mirarme a mí-¡Largaos de aquí, ya habéis matado a un tributo, ¿no?! ¿No es eso lo que queríais? ¡Fuera!
Casi a rastras, se alejó del claro, llevándose a Sunset consigo. Silk y Wheel seguían enzarzados en una pelea, pero cuando este vio a su alianza marcharse, retrocedió un par de pasos, sin dejar de mirar a la chica del 1.
-Pienso vengar la muerte de Engine-dijo, antes de salir cojeando lo más rápidamente tras los demás.

sábado, 21 de julio de 2012

CAPÍTULO 15

A la mañana siguiente, el tiempo empeoró, si es que era posible que hiciera más frío. Cuando abandonamos la tienda en la que habíamos pernoctado, caía una persistente nevada, mientras que el ambiente a nuestro alrededor aún era más gélido. El aire que corría cortaba mi rostro como si fuera un cuchillo; sentía las mejillas tensas y recubiertas de escarcha, aunque mi situación no era tan mala como la de Sand, el último en hacer la guardia, que se había hecho un ovillo en una de las mantas que habíamos conseguido y no dejaba de tiritar.
-Joder-mascullaba Marphil, saltando con fuerza, como si intentase entrar en calor mediante ese movimiento-esto no hay quien lo soporte, hace un frío que corta el aliento.
-Supongo que habrá matado ya a algunos de esos incompetentes que se escondieron por ahí ayer-señaló Daph, metiendo las manos en el interior de su abrigo-¿Se ha escuchado algún cañonazo en las últimas horas?
Sand, sin apenas salir de su nido de mantas, negó con la cabeza. La imagen del pobre chico, aterido de frío, me daba verdadera pena; el pobre no estaba acostumbrado a aquellas temperaturas, y se veía que no sabía como reaccionar cuando las articulaciones se adormecían por el frío. En mi distrito, cuando eso nos pasaba, no nos quedábamos quietos, sino que intentábamos movernos lo máximo posible para poder reactivar la circulación en manos y piernas. Lo que él había hecho era una estupidez, a nadie se le ocurriría permanecer sentado, tratando de calentarse con una manta cuando el calor se había ido ya de tu cuerpo.
-Sand, ¿sientes las piernas? Quiero decir, ¿las notas como adormecidas o sigues percibiéndolas con normalidad?-pregunté. Conocía bien los principios de la congelación en el cuerpo humano, puesto que yo misma los había padecido. Siempre empezaban con una sensación de hormigueo muy intensa en la zona afectada, que luego se quedaba rígida y cuya piel comenzaba a palidecer, para luego ponerse roja y a continuación, negra. Cuando se alcanzaba este color, ya era demasiado tarde, y la zona afectada se adormecía por completo.
El chico trató de ponerse en pie, pero las piernas parecían temblarles. Valkyrie y Brass le ayudaron a mantenerse sobre sus pies, mientras que Sand se revisaba las manos. A primera vista no parecía muy dañado, pero no sabía como se encontraría debajo de las ropas que gastaba, y no era plan de pedirle que se la quitase con el frío que hacía en esos momentos.
-Creo que lo mejor que puedes hacer-repuso Silk con tono pensativo-es meterte en la tienda y tratar de entrar en calor, si sigues aquí afuera solo acabarás perdiendo más temperatura corporal. ¿No es así?
Asentí con la cabeza, viendo como las cosas habían ido cambiando paulatinamente con Silk desde el Centro de Entrenamiento. Estaba segura de que ella no hubiera pedido mi corroboración a algo cuando aún permanecíamos en el Capitolio, ¿acaso habíamos desarrollado algo parecido a una amistad? No lo sabía, pero de ser así, no era precisamente lo más apropiado, sobre todo teniendo en cuenta que aunque ahora mismo fuéramos aliadas, en un futuro aquella alianza tendría que romperse y entonces pasaríamos a ser rivales.
-¿Qué vamos a hacer ahora?-preguntó Valkyrie, sacudiendo la nieve que se había posado sobre su cabeza-¿Quedarnos aquí y esperar a que el frío haga su trabajo, o tratar de empezar a eliminar gente?
-Creo que ya hemos tenido muchas horas reposadas-Brass se estiró en toda su longitud, para luego pescar una de sus lanzas, quitarle la escarcha que la noche había dejado sobre ella, y pasársela sobre los hombros en un gesto casi descuidado-Démosle al Capitolio el espectáculo que creo que esperan recibir con estos Juegos.
Un murmullo de excitada expectación recorrió el círculo, aunque Marphil no participó en él. El chico se aclaró la garganta, para captar la atención de los presentes, al tiempo que señalaba con un gesto vago la explanada que nos rodeaba.
-Creo que primero deberíamos reconocer el terreno-señaló-puesto que en el día que llevamos aquí no hemos salido de esta llanura, y si los demás tienen algo de inteligencia, supongo que se habrán situado en algunas zonas más resguardadas que quizás haya por ahí-volvió a señalar a ninguna parte.
-¿Qué pretendes, que exploremos todo el estadio?-inquirió Daph, frunciendo el ceño, mientras que se cruzaba de brazos-¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Nos va a llevar días!
-Siempre podemos dividirnos-sugirió Silk, que había permanecido callada desde que su compañero habló-cubriríamos más terreno y seguro que, de encontrarnos con alguien, aunque seamos dos o tres, podríamos abatirle. Somos los profesionales, ¿no? ¿Qué nos pueden hacer los demás?
Bastó con mirar las caras de los demás para saber que la sugerencia de Silk había sido aceptada. No era una mala idea, desde luego, aunque seguro que tendríamos problemas para dividirnos, teniendo en cuenta que éramos impares y que uno de nosotros tendría que resignarse y quedarse en el campamento, en vez de salir a conocer el lugar donde tendríamos que movernos en las próximas semanas. Mientras nos sentábamos a desayunar, todos menos Sand, que ya se había retirado, comenzamos a discutir los grupos que formaríamos. En un principio, cada uno quería ir con su compañero de distrito, pero tanto discutimos, tanto protestaron unos y otros, que al final acabamos haciendo unos grupos un tanto dispersos. Brass iría con Marphil hacia el este; Daph y Valkyrie tomarían dirección al sur, mientras que Silk y yo caminaríamos hacia el norte.
Cuando terminamos nuestro más que frugal desayuno, hecho a base de nieve derretida, fruta deshidratada y galletitas saladas, cada uno emprendió el camino indicado. La nevada que había estado cayendo durante la mañana parecía haber remitido, y un débil resplandor en el cielo nos indicó que tal vez, con algo de suerte, tendríamos sol.
-¡Ojalá subiera tanto la temperatura que se derritiera toda esta nieve!-exclamó Silk, con los ojos fijos en el cielo-Podríamos dormir y caminar sin temor a morirnos de frío.
-Si te soy sincera-contesté-creo que, de pasar eso, caeríamos al mar, pues me parece que el suelo de la isla es de hielo, no de roca.
Mis palabras la hicieron quedarse callada, de modo que el único ruido que se escuchaba era el de nuestras quedas pisadas sobre la nieve. No tardamos en vislumbrar el bosque de pinos que había visto el día previo, desde mi placa de lanzamiento, un bosque que se parecía mucho a los que rodeaban el Distrito 12. Tal vez incluso hubiera piezas de caza en su interior.
-Esto no me gusta-musitó la chica, mirando con aprensión los árboles, notando como sus pasos se detenían. Dejé de caminar, para lanzarle una mirada algo suspicaz.
-Solo es un bosque-contesté, haciendo un gesto para que siguiera caminando-No tiene nada de extraño, solo son unos cuantos árboles que crecen juntos. Podemos cortar algunas ramas para tener madera, e incluso arrancar la corteza de ciertos tipos de árboles para tener porciones de comida para llevar.
-Pero si ya las tenemos-me respondió, encogiéndose de hombro-En las mochilas encontramos porciones de comida que podemos llevar con nosotros, y en el campamento tenemos también una buena pila de suministros.
Mientras hablábamos, nos habíamos adentrado unos pasos en el bosque, que comenzaba a espesarse, a pesar de estar en el linde del mismo. Me acerqué a un pino, arrancándole un buen trozo de la corteza, limpiándola de nieve y dividiéndola en dos partes, tendiéndole una a Silk, la cual la miró con cierto asco.
-Es comestible-repuse, viendo el recelo en sus rasgos.
-¿Seguro?-preguntó, parecía desconfiar de aquella porción que tenía entre sus dedos. Bueno, era algo lógico, dudaba que en el Distrito 1 tuvieran que comer pino para poder sobrevivir, como pasaba en el 12. Cuando el hambre te roía las entrañas, comías cualquier cosa que encontraras, incluso aunque fuera nieve fundida con alguna hoja de menta para engañar el estómago.
Intentando convencerla de que no tenía nada de peligroso, me llevé mi trozo a la boca y le propiné un generoso mordisco. La corteza estaba helada, pero tras un tiempo en el calor que proporcionaba la saliva, se iba ablandando hasta ser maleable y deglutible. No sabía a casi nada, pero al menos nos evitaría tener que gastar los alimentos conseguidos. Silk, con un ademán, resignado, siguió mi ejemplo, comiendo un trozo de su porción, con cara de supremo asco. Tragó a duras penas, para luego mirarme con el rostro levemente verdoso.
-Creo que mejor me quedo con lo que tengo en la mochila-señaló, tendiéndome su corteza-Siento deseos de vomitar…
A los pocos segundos de hablar, vi como una ligera arcada sacudía su cuerpo. Siempre había sido incapaz de soportar los vómitos, me daban verdadero asco, y no quería que Silk echara hasta su primera papilla allí mismo, pues no tendría mucha ayuda conmigo. Me alegré de que solo hubiera comido una pequeña porción y no toda la que le di, o de lo contrario ya habría empezado a echarlo todo. Pero, ¿cómo es que a mí no me había pasado nada? ¿Acaso era que mi estómago estaba más acostumbrado a los alimentos bastos y rudos que el suyo? Tal vez fuera eso, de modo que la idea de llevar corteza de pino a los demás aliados quedaba descartada.
-Siéntate aquí-dije con rapidez, señalando a las raíces de un enorme pino, que formaban una especie de sillón de madera-Si te quedas quieta un tiempo a lo mejor se te pasa… ¿quieres beber algo, o comer alguna galleta? Tal vez sea que tienes el estómago vacío.
La chica negó con la cabeza, apretando mucho los labios. Sin dudas, acabaría expulsando el alimento que tanto le estaba costando digerir, solo sería cuestión de tiempo, de modo que decidí ayudarla a que se librara de él con la mayor comodidad posible. Mi madre siempre decía que vomitar era más simple cuando se bebía mucho líquido, pues hacía que la expulsión de lo ingerido fuera más fluida. Siguiendo ese consejo, hice a Silk beberse todo el contenido de su cantimplora, aunque no llegó a vaciarla por completo. Cuando solo quedaba un cuarto del líquido, la chica me apartó a un lado, y expulsó de su cuerpo los restos de la corteza, bajo mi mal disimulado asco.
-Puaj-mascullé, mientras que la chica, recuperando un poco el color de su rostro, removía la nieve para que tapase el vómito.
-Ha sido asqueroso-corroboró ella-pero al menos ya me encuentro mejor. No volveré a comer corteza en mi vida-añadió con una mueca.
Le tendí unos trozos de cecina, con cierta culpabilidad. La idea de comer pino había sido mía, y a ella no le había sentado nada bien, aunque ahora ya tuviera un aspecto menos pachucho que el que había lucido minutos antes.
-Lo siento-musité-no debería haberte dado…
-No era tu intención que me sentara mal-respondió ella, masticando la cecina con tranquilidad-al menos ya sabemos que mi estómago no soporta alimentos tan poco finos como ese. Pero bueno, tú si podrías alimentarte de corteza, eso te da una ventaja si los suministros desaparecieran.
Asentí, y ambas nos quedamos en silencio. Hice un gesto para que se pusiera en pie y prosiguiéramos el camino, cuando un leve murmullo llegó hasta nosotras. Un murmullo que era humano. Había gente en el bosque. Parecía un grupo de unos cuatro tributos. Y nosotras solo éramos dos; estábamos en clara desventaja, a pesar de encontrarnos armadas.

miércoles, 18 de julio de 2012

CAPÍTULO 14


Siempre nos habíamos quejado en el Distrito 12 de lo crudo de nuestros inviernos, del frío que pasábamos cuando llegaban los meses gélidos del año. Debido a la situación geográfica del distrito, muy al norte y en el corazón de una zona montañosa, raro era el invierno en que no nevaba; y los habitantes de la Veta las pasábamos moradas para conseguir calentarnos un poco. No teníamos apenas carbón para quemar en las estufas, y muchas veces la única solución era meterse en la cama, bien arrebujada entre las mantas, y esperar a que pasara la noche.
Había crecido, pues, acostumbrada a pasar frío, a sentir el cuerpo helado por dentro, a diferencia de mis aliados. En los distritos 1 y 2 tenían mil formas de calentarse, a fin de cuentas ambos eran distritos mimados por el Capitolio; por su parte, el Distrito 4 no podía ser muy gélido cuando estaba tan cerca del mar. Por primera vez en los dos Juegos del Hambre que llevábamos, el ser del distrito minero tenía alguna ventaja, y lo cierto es que me animó de un modo algo mezquino el ver como, conforme había ido cayendo la noche, los otros tributos se iban encogiendo más y más en el interior de sus abrigos, maldiciendo el frío entre dientes. No estaban preparados para soportar el cambio de un ambiente agradable a un sitio tan gélido.
Como gesto altruista, decidí quedarme yo en la primera guardia, pues me sentía demasiado conmocionada para poder dormir. Cuando aún estaba en casa, rumiando la muerte de Nick, consideraba que, matando en los Juegos, podría sacar el odio y la rabia acumulados en mi interior tras lo ocurrido; creía que siempre que acabara con la vida de algún tributo, recordaría a mi hermano, pensando en que, de un modo o de otro, estaría siendo parcialmente vengado. Era una soberana tontería, pero una no elige sus pensamientos cuando estos se desbordan. Mas lo cierto era que no había pensado en él para nada cuando maté aquella misma mañana; simplemente pensaba en sobrevivir, en volver a casa, en salir viva de aquel lugar helado y desolador. Acababa de comprobar como cambiaba tu ideología cuando la línea que señalaba la diferencia entre la vida y la muerte podía ser traspasada de un momento a otro. Hacía unas horas había estado a punto de morir estrangulada, aún podía recordar con desagradable precisión la sensación de asfixia que había sentido cuando Pine trató de ahogarme. ¿Y qué había sentido yo al matarla? Simple alivio por saber que no estaba muerta.
¿Cuántos tributos habían muerto por mi culpa? El chico del 5. Pine. Aquel chico que estaba siendo perseguido por Daph, el cual creía que era del Distrito 10. En total, tres personas. Puede que no fueran muchas, pero lo cierto es que a mí me parecían suficientes, pues me sentía algo abrumada por la facilidad con que los había matado, no facilidad física, sino moral. Esos chicos tendrían también una familia, que confiaban en la esperanza de que pudieran sobrevivir, y yo las había destrozado, justo como el Capitolio nos destrozó a nosotros hacía ya algunos años.
Me mordí el labio, tratando de pensar en otra cosa. ¿No era esto lo que siempre había querido, el venir a los Juegos del Hambre? Había pasado un día entero lamentándome por no haber sido seleccionada como tributo, ¿y ahora estaba debatiendo sobre la moralidad que suponía el permanecer en la arena? No podía decir que no sabía lo que se iba a esperar de nosotros, pues conocía las reglas perfectamente, y era consciente de que, si querías ganar, tendrías que matar. ¿Tan pronto había olvidado que, si yo no mataba, otros me matarían a mí? ¡Pine había sido la prueba de ello!
Un ruido a mis espaldas, me hizo coger el arco con firmeza y girarme para buscar al provocador de aquel sonido. Me encontraba de pie, al lado del fuego que Brass había encendido, con las tiendas de campaña a mi espalda. Una figura salía de estas, envuelta en una manta. A pesar de la escasa luz, pude distinguir un destello dorado proveniente de una larga cabellera rubia. Era Silk, pero aún así no solté el arco, pues aún recordaba como el año pasado la tributo del Distrito 4 asesinó a sus aliados durante la noche, mientras dormían.
La muchacha, sin embargo, parecía no venir en son de guerra, pues alzó ambas manos, como señalando que no llevaba nada con lo que poder atacarme. Bajé un poco el arma que sostenía, pero no la solté del todo, no quería pecar de confiada y luego encontrarme ensartada en una de sus lanzas.
-¿Te importa que te acompañe?-me preguntó en un susurro. Pude ver sus ojos, abiertos de par en par, con una mirada algo perdida. Me dio tanta pena, que transigí, asintiendo levemente para darle a entender que podía quedarse conmigo-No podía dormir-musitó.
-Bienvenida al club-respondí, dejando definitivamente el arco en el suelo-¿Demasiado frío?
-Si solo fuera eso-bufó la chica, aferrándose los brazos-Siento como si la cabeza me fuera a explotar.
-Sí, me suena esa sensación-dije con algo de sarcasmo, sorprendida por no ser la única que había estado dándole vueltas a lo sucedido.
-No dejo de pensar en que tal vez yo acabe como esos chicos de la cornucopia-suspiró Silk, en un tono de voz muy bajo-con todos los que quedamos en pie, tal vez acabe muerta.
Aquello me había dejado de piedra. Silk venía de un distrito donde los Juegos, según se decía, eran considerados como un evento deportivo donde podían defender el honor del distrito del que provenía, y para los cuales se entrenaban. Había visto la facilidad con la que manejaba las armas, a pesar de parecer una chica algo enclenque por su etérea complexión física. Ella no debería estar preocupada por lo que pudiera venir, ni angustiada por lo ocurrido, sino pensando en la victoria, como los demás hacían. Aunque, ¿y si esa falta de miedo a la muerte que ostentaban los demás profesionales solo era fachada? ¿Y si en realidad estaban tan asustados como los tributos de los distritos pobres, solo que lo intentaban disimular?
No sabía como consolarla, cuando su miedo bien podría acabar siendo real. Con todos los que éramos, raro era que no muriéramos; las posibilidades de sobrevivir eran muy reducidas. A lo mejor ella también se había preguntado antes de que los Juegos empezaran quien de nosotros sería su asesino, o quien de los elegidos como tributos volvería a pisar el Capitolio.
-Puede que aún quede para que llegue el momento en el que tengamos que morir-me limité a contestarle. Los Juegos acababan de empezar, y aún podían pasar muchas cosas antes de que llegase la final, con dos tributos únicamente, que deberían enzarzarse en una pelea a muerte, de la cual saldría el vencedor de los mismos.
-Quien sabe-respondió ella-Tal vez alguno de nosotros muera antes de tiempo por frío, hambre o cualquier enfermedad, ¿recuerdas lo que dijo Marcus el primer día de entrenamientos?
Claro que lo recordaba, pero trataba de olvidarlo. La idea de que la muerte me podía esperar en un bocado de comida, en una simple herida o en una noche congelada, me ponía los pelos de punta.
-Pero nosotros tenemos comida que sabemos que no nos hará daño-repuse-agua potable, tiendas y mantas para pasar el frío y botiquines con medicinas. No corremos el mismo riesgo que los demás, que andan por ahí fuera sin nada que llevarse a la boca, y con unas pocas mantas para resguardarse de la helada de la noche. Un trozo de cecina a que mañana tendremos algún muerto por culpa del frío.
Silk hizo un amago de risa, pero luego volvió a ponerse seria. Se acercó a las pequeñas llamitas que aún quedaban en la hoguera, y se calentó las manos. No llevaba los guantes que nos dieron antes de ser lanzados a la arena, lo cual me pareció una estupidez, pues ¿y si se le congelaban las manos? Ella dependía de sus manos para poder proseguir viva, puesto que su táctica, como la del resto de nosotros, era incisiva, más que otra cosa.
-Nunca me ha gustado el frío-dijo cuando hubo frotado sus dedos-Siempre que en el Distrito 1 nevaba, lo cual pasaba en raras ocasiones, me metía en casa y me pegaba a la chimenea, con una taza de chocolate caliente entre las manos. Por lo que sé-añadió-en tu distrito es muy común que haga frío, y según me han dicho, apenas si podéis resguardaros del mismo.
-Sí, tenemos inviernos gélidos-contesté-y poco carbón para calentarnos, pero nos buscamos la vida como podemos: usamos mantas, dormimos en grupos para calentarnos unos a otros…
-La vida en el 12 tiene que ser dura-repuso con un cierto tono interrogante.
-Te acostumbras-respondí de forma escueta, pues no me apetecía hablar del distrito en ese momento, cuando seguramente una cámara me estaba grabando. La gente ya sabía que era un lugar pobre y alejado del Capitolio, pero no quería que se hicieran una idea peor que la que ya tenían.
-Vete a dormir si quieres-susurró Silk-Yo haré el siguiente turno, pues creo que tu tiempo ya ha pasado.
Musité un agradecimiento y me introduje en una tienda donde Daph y Valkyrie aún seguían dormidas. Me acurruqué debajo de una de las mantas que habíamos conseguido y traté de conciliar el sueño. Al menos me encontraba en una tienda, calentita y resguardada del gélido viento nocturno, y no ahí fuera, a la interperie, luchando contra el frío.

lunes, 16 de julio de 2012

CAPÍTULO 13


Una isla de hielo y nieve, eso era lo que los Juegos nos habían deparado aquel año. Desde mi posición, en una de las veinticuatro placas que había en la explanada donde se encontraba la cornucopia pude ver amplias llanuras gélidas, recubiertas de hielo y escarcha, que acababan muriendo en un mar de un color azul claro; justo enfrente mía, por otra parte, había un bosque de pinos, el único lugar con madera que a simple vista se podía apreciar. La temperatura era muy baja, veía como al respirar se formaban nubes de vapor, mientras que no dejaba de nevar… ¿era cosa mía o la intensidad de aquella ventisca iba en aumentos por momentos?
Decidí que mejor dejaba el reconocimiento del terreno para más adelante, ahora debía centrarme en idear una estrategia rápida para hacerme con los objetos que más necesitaba; no solo armas, sino también provisiones. No podía permitirme pasar una noche a la interperie si al menos una manta o algo por el estilo, o de lo contrario acabaría quedándome congelada antes de que me diera tiempo a matar a algún tributo fuera del baño de sangre inicial.
Teníamos un minuto hasta que un gong sonase y nos liberara de tener que esperar en aquellas placas. No podíamos movernos de ellas, a riesgo de querer volar en pedazos. El año pasado, un chico pareció volverse loco, olvidando que la zona que rodeaba las placas estaba minada, y se abalanzó contra la cornucopia. Lo único que pudieron recoger de él que fuera medianamente grande fue un brazo calcinado.
Pasé los ojos por lo que habían dejado en la explanada. Lejos de la boca de la cornucopia había mantas, guantes, alguna que otra cantimplora. Más cerca de esta, había unas cuantas tiendas de campaña, varias mochilas, y algunos cuchillos. En el mismo borde, habían dejado maletines que parecían contener comida o medicamentos, tanques con agua. Dentro del cuerno dorado, cubierto de escarcha, se encontrarían las armas, como el año pasado.
Decidí que lo mejor que podía hacer era ignorar las provisiones en mi camino hacia el cuerno, hacerme con algunas armas y luego arrebatarles a los demás lo que hubieran cogido. Sonaba rastrero a más no poder, pero era la dinámica de los Juegos, por muy repulsiva que nos fuera. La idea principal era la supervivencia extrema, o al menos eso me parecía a mí, y si quería sobrevivir debía robar a los demás; eso y confiar en que mis aliados hicieran lo propio.
¿Cuántos segundos quedaban? Ni idea, pero no podía ser mucho, ya había pasado un tiempo desde que nos lanzaron al terreno, de modo que el gong sonaría de un momento a otro. ¿Y Jack, donde estaba? Lo busqué a lo largo de las placas de los tributos, para localizarle a seis placas a mi derecha, con una expresión cerrada. ¿Se metería en el baño de sangre de la cornucopia o escaparía de él? Dependíamos de todo lo que había en aquel cuerno, aunque tal vez se pudiera sobrevivir si nada de aquello, ¿quién sabe?
El nítido sonido del gong hizo que mis pensamientos se cortaran, pues el momento de correr había llegado. La velocidad era algo que contaba en aquella especie de carrera; cuanto antes llegara al interior de la cornucopia, mejor. Así pues, no me lo pensé dos veces cuando eché a correr en dirección al cuerno, sorprendiéndome de que no me resbalara en el suelo de hielo que iba pisando; al parecer las botas tenían una suela antideslizante que nos permitía correr sin que nos cayéramos. A ambos lados veía como los otros tributos también se abalanzaban contra algunos objetos situados en la zona limítrofe de la cornucopia; la chica del 6 estaba cogiendo en esos momentos una manta, mientras que su compañero se había hecho con una cantimplora. Bueno, no eran cosas que tuvieran mucha importancia, una manta no era mejor que una tienda de campaña, y una cantimplora no serviría de mucho en un sitio donde la sed no nos atacaría con la fuerza que tendría en un lugar cálido.
Por el borde de mi visión pude ver a Marphil arrojando lejos de sí a un chico que se había cruzado en su camino, el cual chocó contra el hielo con un ruido sordo. No sabía si habría muerto o no, pero no pude evitar pensar “uno menos”.
La nevada se hacía más intensa por momentos, cuando finalmente pude alcanzar la boca de la cornucopia, con Marphil y los demás profesionales pegados a mis talones. En el interior había una especie de vitrina, como la que teníamos en el centro de entrenamiento, donde habían colocado una gran infinidad de armas. Había cuchillos de varios tamaños, espadones, espadas más ligeras, algunas hachas, lanzas, arpones, unos objetos que parecían picos y un arco de metal con un carcaj repleto de flechas del mismo material. Bueno, nos habían dejado bien provistos en ese aspecto, no lo iba a negar.
Ponía las manos sobre el arco, cuando Daph se abalanzó como una posesa sobre las lanzas, empezando a hacerse con ellas. Viendo que si me dormía en los laureles me iba a quedar sin muchas armas, me hice con una docena de cuchillos, justo cuando los demás profesionales iban llegando a sus armas favoritas. Marphil y Brass habían seleccionado unas espadas y algunas lanzas; Silk se había aprovisionado de hachas, Sand y Valkyrie habían cogido los arpones, y Daph se encontraba en esos momentos seleccionando algunas dagas.
No merecía la pena quedarse más tiempo en el interior de la cornucopia, cuando ahora los suministros eran lo que nos importaba. Casi obedeciendo a una orden muda, salimos de la oquedad para volver a enfrentarnos a la nevada, al frío y a las rencillas que habían comenzado a florecer por el páramo donde nos encontrábamos. Habíamos tardado poco en conseguir armarnos, por lo que, salvo por alguna que otra excepción, los demás tributos seguían por la zona, intentando conseguir algo.
-¡Dividíos el trabajo!-bramó Brass, su voz sonó nítida en aquel desierto helado-¡Marphil, Silk, encargaos de los suministros! ¡Sand, Valkyrie, conseguid los medicamentos y los objetos de acampada! ¡Daph, Chrysta y yo mataremos a todo el que se nos cruce!
-¿Quién te ha nombrado jefe?-le espeté, sacando uno de los cuchillos con los que me había hecho. Era más parecido a los del Centro de Entrenamiento que a los que usaba en casa, por lo que supuse que un corte del mismo podría ser más dañino que si usara mi viejo cuchillo de monte.
-¡Cierra el pico y mata, minera!-me respondió Daph, lanzándose como una centella en contra de una chica que en esos momentos agarraba una mochila. Casi con delicadeza, usando las dos manos para manejar la lanza, la ensartó con una rapidez pasmosa, haciendo que sobre la nieve recién caída se derramara una lluvia de gotitas de color rubí.
Siguiendo su ejemplo, empecé a correr, apretando con fuerza el mango del cuchillo en mi enguantada mano, mientras buscaba a alguien que se nos acercara. Pude ver a un chico ¿del Distrito 5, tal vez? Corriendo en dirección a una tienda de campaña, a por la que en esos momentos, pero desde una zona más alejada, se dirigía Sand. Recordé lo acordado, mi trabajo era matar, no conseguir provisiones, por lo que ese chico era cosa del tributo del 4, no mía. Pero si no lo mataba, si lo dejaba irse con la tienda, me estaba perjudicando a mí misma de forma indirecta. No quedaba otra que quitar a aquel muchacho del mapa, para así despejarle el camino a mi aliado.
Fue rápido, no lo iba a negar. No me costó mucho tiempo alzar el brazo y lanzar el cuchillo contra el chico, el cual se incrustó en la espalda del mismo, haciendo que este se desplomara sobre la tienda que tan cerca estuvo de coger. No me paré a lamentar su muerte, pues cada fallecimiento me hacía estar un pasito más cerca de casa. Rescaté el cuchillo de su espalda, sin limpiar la sangre que lo manchaba, no había tiempo, había que seguir “limpiando” la zona.
Volví al centro del páramo. Silk y Marphil estaban reuniendo una pila de agua y comida de un tamaño considerable. Una chica se había acercado a ellos, pero el tributo del 1 le había cortado la cabeza usando un espadón. La escena había sido macabra a más no poder, tanto, que incluso había tenido que apartar la vista. Sand y Valkyrie parecían haber conseguido también un buen puñado de objetos de acampada, que ordenaban ágilmente; Daph y Brass se hallaban algo alejados, cada uno por una zona, matando a cualquiera que se les pusiera a tiro.
De buenas a primeras, unas manos se ciñeron en torno a mi garganta, apretando, cortándome la respiración. Un tributo se había acercado por mi espalda, aprovechando mi momentáneo despiste para intentar matarme. Escuchaba ruidos extraños salir de mi garganta, mientras boqueaba en busca de aire, moviéndome con la esperanza de soltar el agarre. Sentía como la visión me fallaba, unas manchas negras bailaban ante mis ojos, mientras que en un gesto desesperado, trataba de soltar las manos de mi agresor.
Alguien gritó, no supe ni quien ni qué. En la mano derecha sentía el peso del cuchillo, por lo que, más ahogada que otra cosa, hice lo único que podía hacer: clavarlo en los dedos que me estrangulaban con la esperanza de que me soltaran.
No lo hicieron, pero la presión aflojó un poco, permitiéndome zafarme en parte de la mortal presa, pero haciéndome tropezar, rodando hacia el suelo y arrastrando a mi agresor conmigo. Este resultó ser una chica, la chica del Distrito 7, para ser más exactos. ¿Cómo se llamaba, Pine? No me acordaba, pero desde luego, se había ganado mi odio por semejante intento. Vi en sus ojos verdes que ella no parecía muy contenta tampoco conmigo, y pude apartarme a tiempo de esquivar por los pelos una nueva tentativa de ahorcamiento.
Actué sin pensar, alzando de nuevo el ya sangriento cuchillo y atravesándole la garganta con el mismo a la chica. Sacándolo de la misma, Brass llegó a mi altura, algo manchado de sangre.
-Esa zorra sabía lo que se hacía-dijo escupiendo al lado de la fallecida-Nos la hemos quitado de encima nada más empezar, eso nos conviene-sus ojos recorrieron la zona de mi cuello-Sí, mejor así.
Si algo bueno había sacado de aquel ataque, era que ahora me encontraba mucho más alerta. Me encargué de mantener mis espaldas bien vigiladas, y para ello me parapeté contra la cornucopia, dejando el uso de los cuchillos y valiéndome del arco, cuyo uso me permitía situarme a una distancia más alejada que de seguir usando las armas previas. Fue muy fácil acertarle a un chico que corría siendo hostigado por Daph y sus lanzas. Cuando el muchacho cayó sobre el suelo, no contenta, la tributo del 2 lo atravesó como hiciera antes con su primera víctima, haciendo que un asqueroso sonido retumbase por el lugar.
Los encargados de las provisiones, habían dejado de buscar más y estaban sumándose a nosotros. Se manejaban bien, y cuando fuimos a darnos cuenta, el páramo había quedado desierto, salvo por los cadáveres. El baño de sangre había terminado.
Un cañonazo rompió el aire. Y luego otro. Y otro más. Así hasta doce veces. El cañonazo siempre sonaba cuando un tributo fallecía, aunque mientras duraba el baño de sangre, no se hacía sonar. Conté doce disparos, antes de que se enmudeciera. La mitad de los tributos ya había muerto; doce de nosotros continuábamos en pie.
Hicimos un repaso de lo que habíamos conseguido. Teníamos comida y agua para no pasar hambre durante semanas, varias mantas, tres tiendas para dos personas, varios botiquines y varias mochilas que repartimos entre nosotros, una justo para cada cabeza. Cada una de ellas tenía algo distinto en el interior; la mía contenía una cantimplora, unas extrañas gafas de sol, un bote con cecina y un saco de dormir blanco. No estaba nada mal.
Mientras repasábamos lo conseguido, llegó el aerodeslizador que sacaría los cadáveres de la arena. Usando una pinza, subió a los tributos fallecidos, para luego desaparecer del cielo, en el cual se veía ya la cercanía de la noche.
-¿Acampamos aquí?-inquirió Valkyrie, limpiándose las manos en la chaqueta, las cuales se le habían llenado de nieve.
-No creo que podamos mover toda esa comida-repuso Sand, observando con ojo crítico lo conseguido-Acampemos, comamos algo, repongámonos y salgamos a cazar.
Todos estuvimos de acuerdo, por lo que volvimos a repartirnos el trabajo. Daph, Sand y yo, que estábamos algo heridos (Daph había recibido una fuerte pedrada en un brazo que se lo había dejado algo tocado, y Sand sangraba por un mordisco proporcionado por un tributo) nos dedicamos a revisar los botiquines y a tratar de restablecernos, mientras Brass trataba de encender un fuego, y Silk y Marphil montaban las tiendas.
Ya era noche cerrada cuando nos sentamos alrededor de la pequeña hoguera prendida, comiendo carne desecada y fruta deshidratada, con los ojos fijos en el cielo. Cuando caía la noche hacían una proyección en este de los tributos fallecidos.
Comenzó a sonar el himno de Panem, mientras aparecía en el cielo el sello del Capitolio, con una frase bajo el mismo: “A los caídos”
Los primeros en aparecer fueron los dos tributos del 3, seguidos de los del 5; de Pine, la chica del 7. Los dos tributos del 8, 9 y 10 también habían muerto, del mismo modo que el chico del 11. El sello volvió a brillar una última vez antes de que todo volviera a quedarse a oscuras.
Me quedé pensativa. Jack también había sobrevivido al primer día de los Juegos. ¿Dónde estaría? ¿Y con quien, si es que estaba aliado?

domingo, 15 de julio de 2012

CAPÍTULO 12


Las sábanas se enredaban a mi alrededor, mientras trataba de conciliar el sueño. Por la ventana, veía como la noche iba pasando, poco a poco, con un ritmo casi angustiante. Sentía el paso de las horas como losas sobre mi cuerpo, como enormes pesos que me lastraban, haciéndome sentir peor que asustada. La noche, o eso siempre se decía, sacaba a todos tus fantasmas, a todos tus temores, y los alzaba contra ti, uno tras otro, en una especie de macabro desfile que te impedía conseguir la calma necesaria para poder dormir. Nunca me había considerado una persona cobarde, y solía vanagloriarme de que hubiera pocas cosas en el mundo que me asustaran, pero en esa madrugada oscura y lenta, la amenaza de la muerte era demasiado fuerte como para que pudiera relajarme. Los Juegos empezarían en nada, prácticamente, y estaba comenzando a darme cuenta de lo que podía pasarme. Hasta la fecha siempre me había creído más que capaz de superarlos, mas ahora sabía que podía morir en la arena, pues había visto lo que los otros tributos podían hacer.
Miles de escenas diferentes en las que moría desfilaban ante mis ojos. El paisaje era indeterminado, pues aún no sabía lo que me esperaba en el estadio, pero pude verme morir de hambre, de sed, llena de flechas, decapitada… y a todas esas escenas les seguía una imagen mental del rostro de mis padres, lo que aún me ponía peor. Si yo moría, el sufrimiento para mí habría terminado, pero para ellos no habría hecho más que empezar; tendrían que superar de nuevo la pérdida de la única hija que les quedaba. 
Aquel pensamiento me hizo sentir un nudo en la garganta, que liberé con un sollozo. ¿Estaba comenzando a llorar? No podía permitirme tal cosa, no cuando al día siguiente mi rostro iba a aparecer en todas las pantallas de Panem. Los restos de las lágrimas me harían parecer una chica asustada y preocupada, y eso era algo que llevaba evitando desde que me habían sujetado los Agentes de la Paz en el día de la repesca. Lo mejor que podía hacer era intentar distraer mi mente y procurar descansar, para estar despejada al comienzo de los Juegos y ser capaz de correr a toda velocidad para hacerme con las armas que quería en la Cornucopia.
Me acurruqué de lado y comencé a contar mentalmente, centrándome en la cuenta que llevaba, en los números que iba pensando, para así poder liberarme de la ansiedad que estaba sintiendo desde que me di cuenta de lo que estaba en juego. Y de ese modo tan simple logré dormirme.

La mañana llegó demasiado pronto, al menos a mi parecer. Aunque los Juegos comenzaban tarde, sobre las diez o así, debido a que la gente del Capitolio no era dada a madrugar, yo fui levantada a las siete y conducida a la azotea del Centro de Entrenamiento con la simple compañía de mi estilista. Los tributos emprenderían el camino a la arena individualmente, eso me contó Hermes, mientras subíamos una escalera que accedía a una plataforma situada sobre aquel edificio. Dust y Athenea habían salido hacia el Cuartel Central de los Juegos, donde se encargarían de gestionar los regalos de los patrocinadores y de captar a alguno más que se decidiera en el último momento.
Fuimos izados a un nuevo aerodeslizador, del mismo modo que me soltaron cuando llegué al Capitolio, es decir, soltaron dos escalas que nos petrificaron al entrar en contacto con ellas y nos subieron al interior del aparato, donde una mujer vestida de blanco se acercó a mí con una aguja en la mano, a la cual le lancé una mirada de pavor, pues les tenía pánico. 
Traté de rechazar la punta de la misma cuando la acercó a mi, pero la corriente que me hacía permanecer pegada a la escalera seguía siendo constante, por lo que tuve que resignarme y dejar que introdujera aquel punzante objeto bajo la piel de mi antebrazo.
-Es un chip de seguimiento-me dijo con tono neutro-Servirá para tenerte localizada en la arena.
Cuando el chip estuvo en su sitio, la corriente se cortó y pude moverme libremente. Con las piernas temblorosas, seguí a mi estilista a una sala de enormes ventanales que dejaban ver el paso del Capitolio bajo nosotros, en la cual habían servido también un estupendo desayuno. Hermes me indicó que comiera algo, mientras él hacía lo propio, pero se me había cerrado el estómago por culpa de los nervios, y la idea de estar dirigiéndome hacia un lugar desconocido y hostil, no ayudaba en lo más mínimo. A eso se le sumaba el desconcierto por lo ocurrido con Jack en los días previos, que no se me iba de la cabeza, y el hecho de que aún iba con la ropa de dormir, pues no me habían dado ni tiempo a cambiarme antes de salir.
Así pues, negué con la cabeza, apretando los labios al sentir una punzada de nervios en el estómago. El hombre puso los ojos en blanco y tendió hacia mi un panecillo con mermelada.
-En unas horas vas a estar sometida a un esfuerzo muy intenso, así que mejor intenta comer algo. Seguro que te ayudará tener la barriga llena.
Con gesto resignado, me senté en el asiento libre, mirando el paisaje que se deslizaba debajo de nosotros. Me llevé el pan a los labios, y cuando el primer trozo entró en mi boca, me supo a simple cartón, tanto en sabor como en textura. Tragué a duras penas y me obligué a dar otro bocado.
Hermes, viendo mi situación anímica, comenzó a jugar con su comida, construyendo figuritas con los panes y los pasteles, haciendo pequeños muros con las piezas de fruta, e incluso llenándose los dedos de chocolate, lo cual, para alguien como él, era algo impensable. Sus intentos de hacerme reír me señalaron que aquel estilista no era un simple y estirado ciudadano del Capitolio, sino que me tenía algo de aprecio, de modo que, como deferencia a sus intentos, me comí el resto del pan para luego tragarme una pera. Comía lento, masticando bien, con la esperanza de calmar mi agitado estómago. Daba el último mordisco a la pera cuando las ventanas del aerodeslizador se oscurecieron, señal inequívoca de que llegábamos al estadio.
Fuimos dejados en unos túneles subterráneos, levemente iluminados, por los cuales fuimos conducidos a una sala sencilla, donde había un cuarto de baño, una mesa y un sofá, en colores verdosos. Era la conocida como la “sala de lanzamiento” desde la cual los tributos seríamos mandados a la arena. Sobre la mesa, había una bolsa que contenía mi ropa para los Juegos; Hermes las fue sacando una por una y dejándolas sobre la superficie.
-Os esperan temperaturas gélidas-dijo cuando todo estuvo fuera. La ropa consistía en unos pantalones de color gris, un cinturón negro, un jersey oscuro, un abrigo de tela gruesa con una capucha forrada con piel, con el número del Distrito, unos guantes finos de color oscuro y unas botas marrones forradas interiormente con piel aislante. 
Me duche, para luego ponerme aquel atuendo, ayudada por Hermes. En la Sala de Lanzamiento, cuya temperatura era agradable, las prendas daban una sensación de bochorno insoportable. Me ayudó a recogerme el pelo en una cómoda cola de caballo, para luego repasar la forma en que las ropas se ajustaban a mí.
-¿Estás cómoda?-me preguntó el estilista. Moví los brazos, las piernas, y di varios pasos, notando como mi cuerpo cabía a la perfección entre aquellas prendas.
-Creo que sí-musité, pues la voz no me salía. 
Como no podíamos hacer nada más que sentarnos a esperar a que llegara el momento del lanzamiento, nos acomodamos en el sofá. Me sentía dividida en mis emociones; por un lado estaba asustada por lo que me esperaba, por otro, estaba expectante, pues había entrenado mucho para el momento que se acercaba. Recordaba como me había sentido al perder la cosecha, la sensación de impotencia y de resignación que se me extendía por el cuerpo, que me dejó aquella noche sin poder descansar. ¿Quién me iba a decir a mí, en aquel momento, cuando me lamentaba por la ocasión perdida, que en cuestión de unos días iba a estar en una sala de lanzamiento, esperando para el inicio de los Juegos? ¿Y Jack? Seguro que estaría en una sala similar a esta, ¿se encontraría bien o estaría nervioso? No le había vuelto a ver desde la noche previa, cuando nos separamos para irnos cada uno a su habitación. Me hubiera gustado poder arreglar las cosas un poco con él antes de que los Juegos nos hicieran ser enemigos, aunque tal vez era mejor así. Si ya no éramos amigos, matarle no me sería tan difícil si alguna vez me llegaba el caso, ¿no?
Una amable voz femenina me anuncia que me prepare para el lanzamiento, de modo que me encamino hacia la plataforma que hay en un rincón de la sala. Mis pies parecen de plomo, pues un simple paso me costaba un esfuerzo.
Dejé de caminar, apretando los puños. En mi Distrito teníamos un truco para cuando nuestros estómagos estaban vacíos y no teníamos nada que llevarnos a la boca. No era más que un simple engaño del cerebro, pero nos aliviaba un poco, el tiempo necesario para mendigar alguna sobra a cualquier persona adinerada que habitara en la ciudad. Repetíamos una y otra vez, con convicción, mentalmente, que estábamos llenos, que no teníamos hambre. Llegaba un momento en que tanto repetirlo funcionaba, y el horrible dolor del estómago vacío remitía. Tal vez fuera hora de aplicar ese truco en esta nueva situación.
“Voy a ganar los Juegos del Hambre” me dije mentalmente “Voy a ganar los Juegos del Hambre. Voy a ganar los Juegos del Hambre… ¡Puedo y debo ganarlos!”
El miedo desapareció, dejándome únicamente con la sensación de expectación. Claro que podía ganar, era hábil y tenía buenos aliados; con un poco de suerte y el arma adecuada, además de alguna ayuda esporádica de mis patrocinadores, podría volver a casa.
-¿Estás lista?-me preguntó mi estilista, haciéndome un gesto en dirección a la plataforma. Asentí levemente con la cabeza, para subirme a ella-Sé que puedes ganar, se podría decir que has nacido para ser tributo. Tu destino era venir a la arena, Chrysta, y tal vez sea también que salgas de ella. Buena suerte.
Se retiró un par de pasos de mí. Un cilindro bajó, aislándome del hombre, que me decía adiós con la mano, con una leve sonrisa en el rostro. La plataforma comenzó a elevarse con lentitutd, y pronto dejé atrás la sala de lanzamiento para encontrarme en una especie de tubo oscuro, cálido al principio, pero que se iba volviendo más y más gélido conforme iba acercándome a la superficie. No tardé en ver una luz sobre mi cabeza, y de repente, algo frío cayó sobre mi nariz. Lo recogí con uno de mis dedos enguantados, para ver fugazmente un copo de nieve que se fundió contra la tela de la prenda. En la arena estaba nevando.
Aquello no me asustó. En mi Distrito los inviernos eran gélidos, por lo que el frío no me supondría un problema, al menos no mientras encontrara un buen refugio para pasar las noches. Si me mantenía calentita mientras dormía, no tenía por que morir congelada.
Y finalmente, la luz que había visto sobre mi cabeza se fue haciendo más y más grande, hasta que me cegó por completo, mientras la plataforma llegaba al final del túnel y mis ojos luchaban por acostumbrarse a la luz repentina y cegadora.
-Damas y caballeros-resonó la voz de Octavius, el que fuera el presentador de los Juegos del año pasado-¡Que den comienzo los Segundos Juegos del Hambre!
Miré lo que nos esperaba, y un pensamiento me vino a la cabeza: nos íbamos a helar.

sábado, 14 de julio de 2012

CAPÍTULO 11


Hay ocasiones en las que desearía poder atrapar las palabras pronunciadas, hacer que estas nunca fueran dichas, que jamás la persona a la que habían sido dirigidas las hubiera escuchado. Y esta era una de esas ocasiones. Las duras palabras que le había dicho a Jack aún parecían flotar en el aire, como un fantasma de algo especialmente desagradable. Athena, Iris y Hermes habían dejado de cotorrear entre ellos; Dust parecía algo ausente, y Jack… bueno, Jack me lanzó una mirada que me dejó de una pieza, como si estuviera mirando a algo especialmente repugnante. Se puso en pie con lentitud, clavando sus ojos oscuros en los míos. Intenté buscar en esos conocidos iris a mi viejo amigo, al chico que me seguía por todo el Distrito 12.
-No se quien eres-me dijo en un tono de voz bajísimo-Es como si no te conociera; he podido ver realmente como eres en estos días. No eres más que una fría y sádica, que está deseando que empiecen los Juegos para empezar a matar.
Dicho esto, se dio media vuelta y se alejó por el corredor que conducía a los dormitorios. Sus palabras me habían dejado patidifusa, teniendo en cuenta que, después de todo, sus ideas no eran infundadas. ¿Tendría Jack razón? ¿Era yo una simple sádica, que gozaba con el dolor y que solo quería matar, matar y matar?

-Bueno chicos, solo os queda el último empujón, y será esta noche.
Dust, sentado a la mesa del desayuno, engullía sin parar una tostada tras otra. Yo más bien me limitaba a cavilar, distraída sobre mi bandeja de pastelillos. Hoy sería el último día que pasaríamos en el Capitolio, antes de que fuéramos enviados a la arena. Para algunos tributos, hoy podía ser el penúltimo día de sus vidas. La idea era tan tétrica que me produjo un escalofrío, mientras que, casi de forma inconsciente, mis ojos iban hacia el elegante reloj plateado que había en una de las paredes de la estancia. Eran las diez de la mañana. Al día siguiente, justo a esa misma hora, estaría en una plataforma, siendo lanzada a la arena; tal vez ya hasta habría dado el primer vistazo a lo que nos esperaba en aquel campo de batalla.
Pero aún quedaba un último paso antes de que la arena llegase a nosotros, por llamarlo de algún modo, y este era el que más complicado me parecía a mí: las entrevistas. El año pasado, la noche de la víspera de lo Juegos del Hambre, los tributos habían sido entrevistados por Pollux Flickerman en un escenario situado en el Círculo de la Ciudad. Los tributos, vestidos para la ocasión, eran sentados en fila al fondo del escenario, e iban siendo llamados uno por uno, primero la chica y luego el chico, para ser sometidos a una entrevista de tres minutos de duración. En el transcurso de la misma habían sido interrogados sobre cosas tales como sus puntuaciones, sus estrategias para la arena, sus planes por si ganaban. Cada uno de ellos respondía de una manera a las preguntas del entrevistador; unos eran ingeniosos, otros eran serios, otros mortíferos. La entrevista era la última ocasión para ganarte al público y lograr patrocinadores, por lo que la forma de comportarse del tributo era primordial en ella. Nadie iba a apoyar a un tributo quejica y llorón; todos apostarían por un tributo decidido y capaz de asesinar.
Si había de ser sincera, tenía más que claro que papel interpretaría en la entrevista, el mismo que había venido haciendo desde que llegué al Capitolio como la suplente de Silvana: la orgullosa, fiera y borde tributo del Distrito 12. Tal vez a Dust no le haría mucha gracia que me comportara de ese modo, aunque creía que sería lo más acertado tras todo lo ocurrido hasta la fecha.
-¿Vamos a preparar la entrevista contigo?-preguntó Jack, sirviéndose una taza con un líquido marrón que olía tentadoramente bien.
-Por supuesto, no vamos a dejar nada al azar para esta noche-el mentor deslizó su silla hacia atrás, estirándose en el proceso-Tengo previsto un papel para cada uno de vosotros. Pero lo vamos a preparar de forma individual; así será todo más real cuando lo escenifiquemos esta noche. Chrysta, empezaré contigo-añadió-Prefiero quitarme los dolores de cabeza cuanto antes, si he de ser sincero, de modo que por la mañana trabajaremos en tu entrevista. Jack, tu turno será esta tarde.
Ambos asentimos y proseguimos en silencio con nuestro desayuno. Cuando hubimos terminado, Jack se fue con su estilista, hablando por lo bajo, mientras que Dust y yo nos retirábamos al dormitorio del mentor, para tener la intimidad suficiente como para empezar a señalar los puntos que debería tocar durante la noche.
-Eres tan amable como un escorpión-dijo el hombre cuando nos hubimos sentado-por lo que veo una soberana estupidez que intentemos jugar esa carta. No te pega nada. Tampoco puedes ir de sexy, eres demasiado ruda como para eso. Te harás la chulita, no se si me entiendes. Tienes que demostrarles que todos los demás te importan menos que una mota de polvo, que estás más que segura de que puedes salir viva de la arena.
Solté un bufido. ¿Tanto secretismo para decirme que iba a comportarme justo como tenía pensado hacerlo? Sentía un comentario mordaz en la punta de la lengua, y fui a decirlo, cuando me contuve. No era plan de empezar una nueva discusión con mi mentor, teniendo en cuenta que la arena estaba a menos de veinticuatro horas de mí. Si se enfadaba conmigo, podría darle por no enviarme nada de lo que los patrocinadores decidieran costearme, y eso no me convenía. No olvidaba lo importante que iban a ser para mí esos paracaídas cuando estuviera en el estadio, muerta de hambre o de sed, o intentando curarme una herida infectada.
-En resumen, pretendes que me dedique a insultar a la gente-dije con calma.
-¡Cielos, no!-Dust casi me tiró de la silla donde me había acomodado, tal fue el gesto de desespero que hizo-Guárdate tus insultos para la arena, aquí solo te van a traer problemas. Nada de insultar a los tributos, al entrevistador o al público.
-¿Cómo voy a insultar al p…?-comencé, pero el hombre me hizo callar.
-No voy a decir que te conozca a la perfección, pues solo te he tratado unos pocos días, pero sí se que tienes un carácter muy mordaz, y puede perjudicarte si sigues con ese comportamiento durante tus tres minutos de preguntas. Intenta ser encantadora a la par que altanera.
-¿Cómo voy a hacer eso?-inquirí-Que yo sepa, son dos adjetivos que no casan entre sí. Nadie denominaría “encantadora” a una persona que parece más que dispuesta a morderles la tráquea a los demás a la primera de cambio.
-Encantadora a tu manera, preciosa-señaló él-No olvides lo que vas a representar: una chica deseosa de que empiecen los Juegos para derramar toda la sangre posible. Suelta algún que otro comentarios de esos que tan comúnmente haces, mandado a tomar viento a algunas personas sin pasarse-añadió lanzándome una mirada inquisitiva-y todo irá bien.
-¿Y al respecto de Jack?-repuse, con algo de tensión en la voz. Lo que me había dicho la noche previa no se me iba de la cabeza.
-Permítete bajar un poco la guardia cuando hables de él. ¿Le conocías de antes?-Dust me miró con curiosidad, apoyando la barbilla en una de sus manos.
-Sí, desde que llegó con su familia al Distrito 12. Se exiliaron del 13 poco antes de que este fuera destruido; creo que el gobierno los admitió porque alegaron no compartir el punto de vista rebelde.
-Lo dicho-repitió mi mentor con satisfacción-Compórtate de un modo algo más humano si le mencionas, solo algo, como si te diera pena tener que luchar contra él en la arena. A lo mejor incluso te da de verdad, vete tú a saber-dijo con una risita, divertido por su comentario. No era para menos, Jack y yo ahora no parecíamos amigos ni por asomo-Lo único que tienes que hacer es no olvidar quien eres para la gente del Capitolio: Chrysta Clearwater, la feroz profesional del Distrito 12.

Ya casi era de noche cuando mi equipo de preparación había terminado de arreglarme para la entrevista. Me habían peinado el pelo en un recogido trenzado, me habían aplicado varias capaz de maquillaje muy oscuro en el rostro, acentuando y afilando mis rasgos. Hermes había salido a por mi atuendo para el evento, y en esos momentos entraba en mi dormitorio con un paquete en los brazos.
-Vas a estar divina-dijo mientras lo posaba sobre mi cama. Le lancé una mirada sarcástica, viendo el fardo con ojos algo recelosos.
-¿Más vestiditos de gasa o similar?-inquirí de mal humor. Odiaba tener que soportar los tratamientos que mis estilistas me hacían tener que pasar, mas no podía pagar mi frustración con ellos, a fin de cuentas, su misión era dejarme más que presentable, y ellos lo conseguían.
-No, querida, hoy no-canturreó el hombre, mientras sacaba de la bolsa algo que parecían… ¿unos pantalones? ¡Sí, eran unos pantalones de color negro!-He pensado en darte una imagen diferente, y para lo que tengo en mente no va bien un vestido. Voy a presentarte como a una guerrera, y para ello nada mejor que un vestuario a la altura de tu situación.
El vestuario en sí era el más extraño que hubiera visto para las entrevistas. Normalmente, a las chicas les ponían unos vestidos muy elaborados, llenos de complementos. Ninguna chica salió el año pasado con pantalones, y dudaba que este mismo año llevaran algo de ese estilo. Consistía en una especie de camisa de tela gruesa, de color rojo oscuro con un diseño intrincado en color negro, que me llegaba hasta la altura de los muslos. La pieza tenía mangas largas, adornadas con dos lazos de seda negra con bordados en rojo. Un cinturón plateado, unas botas oscuras que me llegaban hasta las rodillas y los ya citados pantalones completaban el atuendo. Me miré al espejo. No era una simple chica, parecía dura, letal. Habían conseguido transformarme en la imagen de una guerrera que no teme a la batalla, aunque fuera en simple apariencia.
Todos en tropel, salimos hacia el ascensor, donde nos reunimos con Dust, Athenea, Jack y sus estilistas. Le habían puesto un traje negro, también con motivos en rojo, aunque parecía incómodo con la chaqueta del mismo, viendo como se tironeaba de los puños una y otra vez. Jamás había visto a Jack ataviado con unas prendas tan elegantes, por lo que su misma imagen casi me resultó chocante; no se parecía en nada al chico que había conocido en el pasado.
Nos saludamos con un seco movimiento de cabeza, sin abrir la boca en ningún momento mientras bajábamos en el ascensor. La planta baja del Centro de Enrenamiento estaba aquella noche llena de tributos que salían de los diferentes ascensores y se iban encaminando hacia la zona que nos era indicada, fuera del edificio, y debajo de un escenario que habían montado en el día de hoy. Reconocí a la tributo del 11, que saludaba a Jack con un gesto, ataviada con un bonito vestido en tonos verdes. A pesar de aquel saludo, no se dirigió hacia ella; casi todos los tributos estaban con sus equipos, dándoles los últimos retoques a sus planes para la entrevista. Dust, con ese mismo objetivo, se había acercado a nosotros.
-Recordad lo que os he dicho-nos susurró-y todo irá bien. Mucha suerte, chicos, os estaré viendo al pie del escenario. Y por lo que más queráis, ¡no metáis la pata!
Asentimos viendo como los mentores y demás se iban marchando de la zona, al mismo tiempo que unos avox nos indicaban por gestos que hiciéramos una fila, poniendo en primer lugar a los tributos del Distrito 1, y así sucesivamente. Escuchamos como la multitud que seguramente se congregaba fuera comenzaba a vociferar. Un avox le hizo una señal a Silk, la primera de la fila, y esta comenzó a subir por una escalera de metal que seguramente conducía al escenario. Todos, sin romper la fila, la seguimos. Lo cierto es que la idea de aquella aparición pública no me gustaba, odiaba tener que hablar delante de mucha gente. Y que de gente… cuando llegué al final de la escalera y vi la multitud congregada, se me cayó el alma a los pies. La multitud del día del desfile parecía haberse multiplicado, viendo la gente que se encontraba allí. Era realmente intimidatorio, y casi sentía el pánico escénico corriendo por mis venas mientras caminaba de forma altiva hacia mi sitio, en un extremo del escenario.
Una vez que todos nos sentamos, apareció Pollux Flickerman, con su brillante cabellera roja y su eterno traje de color dorado con luces que centelleaban. El público gritó hasta la afonía mientras que el hombre hacía un gracioso saludo hacia ellos, con una enorme sonrisa en el rostro. Contó un par de chistes y comenzaron las entrevistas.
Silk fue la primera en acudir, con un vaporoso vestido gris. Se mostró encantadora, ingeniosa. Poco después, Brass fue llamado, una vez que Marphil y Daph pasaron por las preguntas, y se mostró letal y muy seguro. El chico del 7, que dijo llamarse Leaf, se mostró cándido pero astuto, la chica del 11, muy decidida. Cuando su turno terminó, me levanté, agradecida de ver lo firmes que eran mis pasos. Las palabras de Dust resonaban en mi mente, tenía que ser fría, distante. Pollux, justo cuando llegué a su altura, me ofreció la mano, pero siguiendo un impulso repentino, retiré la misma, sentándome directamente.
-Vaya, la chica tiene carácter-dijo con una risita-Y bien Chrysta, hemos de decir que tu llegada a los Juegos fue por la puerta grande, ¿eh? Nadie imaginaba cuando tu predecesora falleció aquel trágico día que su sustituta fuera a ser tan comentada. Y no es para menos, presentarte voluntaria antes de conocer el nombre de la elegida… ¿por qué lo hiciste?
Fruncí levemente el ceño. La palabra “sustituta” no era de mi agrado, me hacía sentir como una simple suplente que había acabado allí por pura casualidad. Bueno, técnicamente así era, pero no lo asumía por el simple hecho de que mi orgullo no me lo permitía. Ser una simple sustituta no era algo que me pudiera hacer especialmente memorable, y yo esperaba poder impresionar.
-Antes que nada-dije con cierta frialdad-no soy la sustituta de nadie. Que quede bien claro; he venido, como bien ha dicho, por propia voluntad, porque realmente quiero participar en los Juegos y porque se que estoy capacitada para ganarlos.
-Nadie lo niega, querida-dijo él con una jovial sonrisa-Obtuviste ni más ni menos que un diez en tu entrenamiento. ¡Un diez! Parece que este año el Distrito 12 va a venir pisando fuerte.
Alcé una ceja, con suficiencia. Yo misma me había sorprendido de mi nota un poco, pero debía actuar como si el diez recibido fuera mucho menos de lo esperado. Me daba la sensación de que iba a parecer demasiado altanera, aunque tal vez eso era lo que buscaban en el Capitolio, a una tributo que se considerara más capacitada que los demás.
-Si he de ser sincera, me sorprendió-el público murmuró algo, mientras que yo proseguía-Esperaba más nota, aunque bueno, un diez tampoco está mal. Demuestra una cosa, que soy una apuesta segura para estos Juegos, y creedme, Panem, lo soy. No voy a dejarme matar con facilidad, por mucho que lo parezca.
La gente aplaudió a mis palabras, cosa que el mismo Pollux hacía. Parecía que ese discursito tonto y banal les había gustado.
-Nadie lo duda-señaló el presentador con una sonrisa-Háblanos ahora de tu familia. ¿Cómo se tomaron tu decisión de acudir a los Juegos?
Suspiré. Pensar en mi familia me dolía, pero no me podía permitir ese lujo; no cuando todo Panem me estaba mirando. Seguro que mis padres estaban en casa, viendo aquel programa, mirándome a través del televisor. No quería que vieran cuanto me dolía su ausencia.
-No les hizo mucha gracia-la voz me tembló un poco-Pero no tienen de que preocuparse, voy a estar perfectamente. Después de todo, ellos fueron el motivo por el que vine. La esperanza de poder darles una vida mejor si ganaba, fue la que me hizo alzar la mano aquel día en el que me ofrecí voluntaria como tributo.
Mis palabras fueron seguidas de un breve silencio. El zumbido que indicaba el final de la entrevista sonó, por lo que Pollux me ofreció el brazo para que me levantara del asiento, el cual rechacé. Me alzó una mano, haciendo que la multitud rugiera.
-¡Chrysta Clearwater, la profesional del Distrito 12!-exclamó, y pude escuchar como la multitud coreaba mi nombre. Volví a mi sitio, cruzándome con Jack, que esquivó mis ojos.
Su entrevista fue amena. Jack siempre había tenido una gran facilidad para decir las cosas sin tapujos. Dijo sin ningún temor que sabía que esos Juegos no estaban hechos para él, que no era más que un pobre torpe, pero que con algo de suerte y ayuda, tal vez las cosas cambiaran a su favor. Dejó caer que era hábil subiendo a los sitios, y cuando le preguntaron sobre la nota de su entrenamiento, se limitó a encogerse de hombros y a decir “que menos daba una piedra y que un siete tampoco era una nota muy baja”. Cuando hubo terminado, el público lo ovacionó y él, con timidez, les dedicó una pequeña reverencia.
Cuando volvió a su sitio, todos nos volvimos a levantar, para escuchar el himno de Panem. Mientras las conocidas notas sonaban, en mi cabeza se iba instalando una idea: el momento de los Juegos estaba a punto de llegar.