martes, 10 de julio de 2012

CAPÍTULO 1


Los cuencos de gachas que componían nuestro habitual desayuno, estaban casi intactos sobre la mesa. A ninguno nos apetecía comer en esa jornada donde dos familias deberían enfrentarse a la pérdida de uno de sus miembros, y menos al hecho de ver como luchaban en un riguroso directo. Nadie es capaz de soportar el ver como sus hijos eran asesinados a manos de otras personas, sin poder hacer nada por ellos salvo sentarte y cruzar los dedos. El año pasado, según se decía, la familia del chico del Distrito 9 se había rebelado contra los Agentes de la Paz enviados al distrito cuando su hijo falleció ensartado por un certero lanzazo de la tributo del Distrito 4. Si los rumores eran ciertos, aquella familia había sido ejecutada en la plaza del aquel distrito, como escarmiento público para los demás. No, nadie se levantaría por motivo de los Juegos, todos apretarían los dientes y mirarían para otro lado. No se podía hacer más.
De reojo, vi como mi padre golpeaba distraídamente con la cuchara contra el cuenco de arcilla basta que contenía la gris papilla que intentábamos deglutir. Su rostro, de piel aceitunada, parecía más serio de lo habitual. Sus ojos grises apenas si brillaban, y se pasaba de vez en cuando la mano de forma distraída por su castaño cabello. Mi madre siempre decía que mi hermano, de haber seguido vivo, se habría parecido a mi padre como una gota de agua a otra. Yo, sin embargo, era una mezcla de ambos progenitores. Tenía la clásica piel olivácea, los habituales ojos grises y el común pelo castaño de la gente de la Veta, pero mezclaba los delicados rasgos de mi madre con la atlética complexión de mi padre. Muchas personas usaban el adjetivo “bonita” para referirse a mí, aunque eso me traía sin cuidado; no consideraba que con un aspecto agraciado pudiera conseguir comida para mi familia. Preferiría ser recordada por otras cosas, como por mis acciones, en lugar de por ser un simple rostro agraciado.
Mi madre, de pie al lado de la ventana, se retorcía las manos, algo angustiada. Parecía a punto de echarse a llorar, y tal vez lo hiciera; el año pasado fue a la plaza con los ojos rojos y las mejillas húmedas. Y no era para menos, pues desde que me había convertido en su única hija, su mayor temor era perderme, o que me pasara algo mientras cazaba. Siempre que volvía del bosque, me abrazaba como si llevara siglos lejos de casa, como si acabara de volver desde la otra punta de Panem. Esos abrazos me ponían de los nervios, no era yo persona de mucho contacto físico, me resultaba agobiante, característica que adquirí después de la rebelión se cobrara el precio de tantas personas. La falta, la pérdida y la rabia me habían modelado para convertirme en una versión despegada y borde de la Chrysta que en un pasado fui. Esa Chrysta no estaría tan obsesa con matar como para estar dispuesta a abandonar a su familia para ir a los Juegos por su propia voluntad. Sí, sabía el precio que tendría esa acción que pensaba realizar, pero conocía con más claridad las ventajas que tendríamos si volvía viva: se acabaría la minería para mi padre, podríamos vivir en una de esas lujosas casas que habían construido hacía cosa de un año para los vencedores de los Juegos. Nunca más volveríamos a vivir rodeados de polvo de carbón.
Terminé mi ración de gachas, para luego ponerme en pie y correr hacia la puerta de nuestra mugrienta casita. Por el camino casi atropellé a Mizzy, un perro de pequeño tamaño que había adoptado no hacía mucho, un día en que me lo encontré jugando en los aledaños de nuestra vivienda. En aquel entonces no era más que un cachorrito pequeño y de color café, el cual se había esponjado últimamente. Tenía la costumbre de ir siempre detrás de mí, o de interponerse en mi camino para que jugara con él; en más de una ocasión había estado a punto de pisarle.
-¿Dónde vas, Chrysta?-preguntó mi padre. Su voz profunda, sonaba más afectada de lo normal-¿Vas a intentar cazar algo?
-Tal vez-dije mientras me paraba a medio paso de cruzar el umbral, y el perro aprovechaba para lamerme las botas de oscuro cuero que calzaba-Con un poco de suerte, a lo mejor encuentro algo de venado para la cena.
-Ten cuidado-me respondió, cogiendo de nuevo la cucharilla de metal y removiendo las gachas de su cuenco, ya seguramente frías. Tomé de un rincón mi mochila de caza, y tras apartar a Mizzy con la punta de la bota, salí a las calles de la Veta. Aquella mañana, el bullicio de los mineros rumbo a las minas brillaba por su ausencia, nadie trabajaba el día de la cosecha, y seguramente, de ser laborable, nadie acudiría a las minas. El miedo paralizaba a todo el mundo en un día como hoy, y seguramente nadie querría separarse de su familia cuando tal vez las horas que les quedaban para estar juntos estaban contadas. Yo era de las pocas que dejaban la vivienda, lo cierto es que no soportaba el ambiente de miedo y muda resignación, ni tampoco la idea de que les iba a traicionar cuando llegase el momento. Veía en sus ojos la esperanza de que me librara de ser escogida, de que capease el sorteo y ya fuera libre por completo, pues era mi último año para ser elegida.
Corrí por entre las casas, llenas de carbonilla, hasta llegar a la más alejada de la zona minera. Conforme me iba acercando a la puerta de la misma, escuchaba como sus habitantes hablaban entre ellos, con un peculiar acento diferente a la tosca cadencia de nuestro distrito. Era la vivienda de los Wood, los exiliados del 13. Su familia y la mía prácticamente eran hermanas desde que se instalaron en la Veta, mi madre les había ayudado cuando ni siquiera tenían una mísera manta, y yo les había llevado algunas piezas de caza cuando apenas si tenían que llevarse a la boca. Jack, su vástago, se convirtió en mi único amigo. ¿Por qué único? Porque con el paso de los días, me demostró que era la única persona que me apoyó cuando la desesperación se abatía sobre mí en puntuales ocasiones. Bueno, y porque es capaz de soportar mis ataques de bordería sin apenas quejarse.
Llamé a la mugrienta puerta de la vivienda, dejando mis nudillos llenos de polvo de carbón en el acto. Fueras a donde fueses en la Veta, aquel infernal polvo flotaba por todas partes. Me abrió una mujer rolliza, de pelo oscuro y ojos verdes, que me regaló una sonrisa al verme parada ante su umbral. Era Alice Wood, matriarca de la familia, una mujer vivaracha que era capaz de enfretarse al peor de sus temores con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Buenos días, Chrysta!-dijo alegremente. Parecía que la cosecha no enturbiaba su buen humor, y eso era algo que me encantaba de ella. Ojalá pudiera ser tan optimista como esa mujer.
-Buenos días, señora Wood-respondí-¿Se encuentra Jack en…?
-¡Buenos días por la mañana, señorita Clearwater!-trinó una voz alegremente, y al instante, casi de un salto, se plantó entre nosotras un muchacho alto, espigado, de pelo moreno, piel blanca y ojos claros, que me saludó con un enorme derroche de energía. Jack Wood en estado puro.
-No se como puedes ser capaz de tenerte en pie todo el día con ese derroche de movimiento-repuse alzando una ceja, y él me tiró amistosamente de un mechón de pelo que se me había soltado de la coleta que solía usar como peinado.
-Ni yo entiendo como alguien puede tener tanta mala leche dentro-repuso él, a lo que sonreí levemente.

Dejamos atrás la Veta, para cruzar la alambrada e internarnos en los bosques. No me apetecía cazar, pero consideraba que era un buen momento para entrenarme un poco, antes de que los tributos fueran elegidos. Jack no compartía ese punto de vista conmigo, por lo que se quedó sentado a los pies de un árbol, mientras que yo recuperaba el arco y los cuchillos de uno de los escondites, y comenzaba a marcar dianas por la zona. Como objetivo solía usar los troncos de los árboles, los cuales marcaba con un tajo del cuchillo.
Me posicioné en el centro de la zona delimitada por las marcas, sosteniendo el primero de los cinco cuchillos en una mano. Lo sospesaba, buscando el equilibrio, mientras que mentalmente iba seleccionando las dianas.
-Entonces, ¿lo vas a hacer?-dijo Jack de buenas a primeras. Me giré para mirarle, con expresión interrogante.
-¿El qué?-pregunté-¿Lanzar? En cuanto coja el punto al cuchillo…
-No, eso no-suspiró-Lo de ir a los Juegos. ¿De veras estás decidida a ello?
Sujeté el cuchillo con fuerza, lanzándolo luego con un gesto del brazo. El arma voló hacia la diana marcada, clavándose con firmeza en el árbol deseado. Tomé un nuevo cuchillo, mientras rumiaba la respuesta. Jack me conocía demasiado bien, y estaba claro que sabía de mis dudas sobre lo que era más apropiado. Era algo que a veces me ponía de los nervios.
-Sabes que sí-dije, lanzando el arma nuevamente-He entrenado para esto muchos días. Estoy preparada para acudir; además, es mi última oportunidad para ser escogida.
-Piénsatelo-me contestó, acomodándose mejor en su improvisado asiento-Hay mucho en juego, Chrys, no lo olvides.
Suspiré. Conocía el riesgo que asumiría si acudía, sabía que podía morir. Pero consideraba que morir luchando era mejor a pasarme toda mi vida sometida al poder del Capitolio, que ser una simple “esclava” del mismo por el resto de mis días. Estaba cansada de tener que vivir siempre con el miedo a ser ejecutada o castigada por cazar en el bosque, estaba harta de ver como mi familia, a veces se moría de hambre. Había cosas que eran necesario cambiar, y que su cambio requería de medidas drásticas.
-¿Quieres tirar?-dije, ofreciéndole un cuchillo, pero él negó con la cabeza.
-Sabes perfectamente que eso no es lo mío. Soy más de quedarme sentado admirando el paisaje-repuso con una risita.
-Flojo-señalé.
-Bestia-me respondió.

A mediodía, estaba de nuevo en casa, terminándome de meter en el vestidito blanco que usaba para la cosecha. No era una pieza muy recargada, era un simple traje de lino, sencillo a más no poder. Lo había conseguido hacía no mucho, a cambio de unos cuantos conejos.
Una vez vestida, acompañada por mi familia, nos dirigimos hacia la plaza central, juntándonos a la multitud que descendía en esa dirección. Los Wood se unieron a nosotros poco después, Jack y yo aferrados de la mano, un gesto que habíamos hecho el año pasado. No tenía ningún significado sentimental, al menos por mi parte, pero me sentía más calmada sintiendo a mi amigo tan cerca de mí.
La plaza, para la ocasión, estaba adornada con largos banderines de colores, con el escudo del Capitolio en ellos. Frente al edificio de justicia, que presidía la plaza, habían alzado un estrado donde ya estaba las dos urnas redondas con los nombres de los candidatos. El alcalde del distrito, un hombre mayor, orondo y calvo, ya estaba arriba, junto con la enviada de pelo plateado y enrome sonrisa blanca del Capitolio. Según recordaba, se llamaba Athenea, aunque no tenía yo buena memoria con los nombres.
La gente fichaba, mientras que Jack y yo éramos conducidos a las zonas donde los candidatos a tributos eran situados. Nos separaron por sexo y edad, de modo que con un gesto de despedida, nos separamos, colocándonos en los sitios indicados. De reojo, pude ver como mi madre, aferrada a la mano de mi padre, cruzaba los dedos. Al segundo, la mujer del Capitolio se aclaró la voz y avanzó hacia el micrófono, al mismo tiempo que un hombre de mediana estatura se sumaba a los situados en el estrado. Era el mentor, un hombre elegido por azar por el Capitolio, que indicaría a los tributos durante los Juegos. Técnicamente, este trabajo lo desempeñarían los vencedores de otros años, pero claro, viendo el ritmo de las cosas, de aquí a que el 12 tuviera un mentor campeón, podían pasar muchos lustros.
-¡Felices Juegos del Hambre!-trinó la mujer, juntando las manos en un ademán extasiado. Su vestido, azul impactante, destacaba contra el gris del pétreo muro de su espalda-¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!
Suspiré para mis adentros, cruzando los dedos. Pronto, muy pronto, la tributo para estos Juegos sería escogida. Y esperaba ser yo.

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