viernes, 13 de julio de 2012

CAPÍTULO 10


-¿Qué vais a hacer? Yo aún no lo tengo claro, creo que voy a improvisar.
Caía la tarde del tercer día de los entrenamientos, encontrando a todos los tributos sentados en una sala, con aspecto tenso; algunos hablando entre ellos, otros en completo silencio. El nerviosismo era palpable, y no era para menos: llegaba el momento de los entrenamientos privados. Puede que no sonase a algo relevante, pero lo era y mucho; de lo que hiciéramos en esa sesión dependerían nuestras puntuaciones. Las puntuaciones se daban en base a un sistema sobre doce puntos, siendo doce la nota más alta, y uno la más baja. Si te daban una nota alta, conseguías atraer la atención de los patrocinadores, pues te señalabas como un tributo con capacidades para ganar los Juegos. Aunque tenía una parte mala, como todo en la vida: los tributos con más nota, al menos el año pasado, fueron los más hostigados. Una puntuación alta te marcaba como un enemigo potencial, cosa que automáticamente suponía un incremento del deseo de verte muerto por parte de los demás.
Marphil, Silk, Brass, Daph, Sand, Valkyrie y yo nos habíamos sentado juntos en la sala donde teníamos que esperar a ser llamados. Daph, que aún no sabía que estrategia usaría, parecía tener hormigas en las manos, no dejando de moverlas. Por lo demás, estaba quieta y tensa, como todos nosotros, esperando a que Marphil fuera llamado. Los tributos iban pasando al gimnasio por el orden de los distritos, primero el chico y luego la chica. Yo sería la última en entrar, lo que no me agradaba, pues seguramente todo lo que hiciera, ya habría sido hecho con anterioridad. Ese era otro punto de desventaja del Distrito 12; incluso para ser puntuados éramos dejados en el último lugar.
Si había de ser sincera, yo no tenía tampoco muy claro lo que iba a hacer. Dust me había dado mil y un consejos durante las jornadas previas, y durante el desayuno de hoy, me había bombardeado a sugerencias, logrando darme una buena jaqueca. Me había repetido hasta la saciedad que lo que debía hacer era enseñarles lo que mejor se me daba, en el caso, el lanzamiento de cuchillos; pero estaba segura de más de un tributo haría lo mismo que yo. Por ejemplo, los del Distrito 10 tal vez lo hicieran; sus habitantes se dedicaban a la ganadería, por lo que seguramente debían de estar habituados al uso de esos instrumentos en los horribles mataderos del distrito. 
Marphil fue llamado finalmente, y vimos como entró en el gimnasio. Paseé la vista por la sala, fijándome en los rostros de los presentes, y pude darme cuenta de una leve diferencia que nos hacía diferentes a unos de otros. Silk, Brass, en definitiva, los demás profesionales, estaban tensos, concentrados, pensando seguramente en la estrategia a llevar a cabo. Pero los tributos de distritos menos acomodados, parecían preocupados, casi angustiados. El pequeño del Distrito 7 no dejaba de temblar en los brazos de su compañera, una chica de unos quince años, de pelo oscuro, ojos verdes y brazos fuertes. Jack, alejado de mi asiento, conversaba en voz baja con la chica del 11, ambos cariacontecidos. ¿Se habría aliado con ella, o simplemente se limitaba a pasar el tiempo hasta la arena haciendo una nueva amiga ya que yo le había dado la espalda persiguiendo la grandeza que los profesionales podían proporcionarme, al acercarme de forma indirecta un poco más a la victoria al aliarme con ellos?
Silk fue llamada poco después. Marphil no volvió, por lo que deduje que, una vez finalizado el entrenamiento, eras conducido a la planta de tu distrito. Eso era una desventaja, pues cuando Jack entrase, yo me encontraría sola, con mi nerviosismo como única compañía, lo cual no era muy indicado. Si me ponía nerviosa podía acabar haciendo algo erróneo durante el entrenamiento.
La sala se iba vaciando poco a poco. Los profesionales entraron decididos, casi ansiosos; los demás, de forma ausente. Cuando la chica del 11 fue llamada, me vi forzada a hacer de tripas corazón y tragarme un poco el orgullo para ir a hablar con mi viejo amigo. Le conocía lo suficiente como para saber que estaría nervioso a más no poder; aparte no me gustaba estar tan distante con él, a pesar de que sabía perfectamente lo que se nos estaba viniendo encima. La amistad de Jack Wood había sido una de las pocas cosas a las que me había aferrado en aquellos meses posteriores a la muerte de mi hermano, cuando el dolor me impedía incluso dejar la casa de mi familia. Jack había sido el que me había sacado de la vivienda, tentándome con ir a correr por el bosque, o simplemente bajar a la ciudad a conseguir algo para llevarnos a la boca. Ir a la arena distanciada de él me era algo inconcebible, casi como la idea de no haberme podido despedir de mi familia antes de ser enviada al Capitolio. Ya había cometido demasiados errores en mi vida como para cometer otro ahora que bien podría encontrarme a unos días de mi muerte.
Me acerqué, viendo como me miraba con recelo. Aquel gesto me dolió, el Jack de los viejos tiempos me habría saludado de forma vigorosa, o tal vez me hubiera recibido con un comentario jocoso, pero jamás de los jamases me habría mirado como si fuera a lanzarme a su cuello de un momento a otro. Los Juegos nos estaban cambiando poco a poco, y eso que no habían empezado. ¿Qué metamorfosis nos esperaba entonces en la arena, cuando viéramos morir a nuestros compañeros, cuando tuviéramos que matar para sobrevivir? Prefería no saberlo, al menos de momento.
-¿Qué tal?-dije algo tensa-¿Ya has pensado en lo que vas a hacer?
-¿Vas a volver a intentar ser simpática conmigo ahora que tus amiguitos profesionales no están?-repuso con algo que era ¿resentimiento? en la voz. Su reacción me dejó de una pieza, era como si fuera de nuevo una desconocida para él.
-No voy a negar que he estado algo irritante estos días-musité-pero no he olvidado que eres mi amigo, Jack. No tengo tan mala memoria.
-Pues a veces lo parece-señaló el aludido-¿Has olvidado acaso las caras de alivio de tus padres cuando no saliste en la cosecha para los primeros Juegos? Parecían estar agradeciendo a todo lo que pudiera haber en el mundo que proporcionara suerte el hecho de que hubieras capeado a la muerte. Eras lo único que les quedaba después de lo que le pasó a tu hermano, y lo has dejado todo a un margen para venir, incluso cuando no era tu obligación. Según me han dicho, no llegaron a leer el nombre de la papeleta, pues antes de que se hiciera esto, te presentaste voluntaria.
Suspiré. Al parecer Jack no estaba dispuesto a enterrar el hacha de guerra. Era como si él estuviera más molesto que mi familia por mi presencia en los Juegos, cuando él estaba bien enterado de mis intenciones desde un principio.
-Tal vez mi nombre aparecía escrito en la papeleta seleccionada-respondí-Tal vez Silvana no murió por una simple desgracia, sino que su suicidio ya estaba marcado. Tal vez yo tuviera que venir a los Juegos de un modo o de otro.
-¿Insinúas que ahora crees en el destino?-inquirió Jack, alzando una ceja-¿Crees en que veintitrés de nosotros hemos nacido para morir en los Juegos?
-Ya no se ni en lo que puedo creer-musité-Pero me gusta creer que estamos aquí para hacer algo, que no somos simples entes que tienen que luchar contra lo que la vida les depara. Me gusta pensar en que he sido enviada al mundo con un objetivo, aunque ese sea morir en la arena. Si mi muerte va a ayudar a que en un futuro todo mejore, ¿por que iba a negarme a ello?
-Estás loca-me respondió-No hay nada que nos marque. Solo nuestras acciones. Me lo dijiste hace mucho tiempo.
Fui a responder pero no supe que decir. No iba a negar que esa frase era mía, acababa de ser desarmada con algo que yo misma había esgrimido en el pasado. Permanecí en silencio hasta que poco después, Jack fue llamado, y este se alejó pasillo abajo.
-¡Sé que puedes conseguir una buena puntuación!-exclamé, pero no supe si me escuchó.
Pasé la media hora que Jack estuvo en el gimnasio sentada, sola, con la cabeza entre las manos. ¿Cómo había podido complicarse todo de este modo, como una amistad tan sólida se había quebrado? Jamás de los jamases imaginé que fuera a acudir a los Juegos con Jack, siempre me imaginaba a mi compañero de distrito como un chico anónimo y desconocido por mí, que no complicaba todo como estaba haciendo el hijo de los Wood. Todo habría sido más simple de no conocernos, no me cabía duda.
A los treinta minutos de ser Jack llamado, me llegó el turno. Caminé pasillo abajo hasta desembocar en el gimnasio, para darme cuenta de que las cosas no iban a ser tan simples como imaginé. Los vigilantes estaban hablando entre ellos, más preocupados por un pato asado que habían servido, que por mí, como debería ser. No me atrevía a comenzar sin su permiso, pero me daba la impresión de que ni siquiera sabían que estaba en el gimnasio.
Algo molesta, me llevé los dedos a la boca y solté un penetrante y fuerte silbido, logrando que se me prestara la atención merecida. 
-Chrysta Clearwater-dije con calma, pronunciando con claridad para que me entendieran, como Dust me había aconsejado-Distrito 12.
Cuando me hube presentado, me encaminé hacia las armas. ¡Los cuchillos! Llevaba días deseando cogerlos, pero me había aguantado las ganas, siguiendo los consejos de mi mentor. Me hice con una media docena, para luego, inspirada momentáneamente, hacerme con un arco y un carcaj. Se me había ocurrido una forma de reunir los tres campos en los que me había entrenado en uno: una especie de sesión de caza. Para ello me serviría de parte del recorrido de obstáculos, usando los maniquíes que lanzaban contra nosotros como dianas. Esperaba que, de ese modo, no fuera una tributo repetitiva y no me dieran una mala nota.
Me encaramé al inicio del recorrido de obstáculos más largo que pude encontrar. Consistía en una serie de bloques, a diferentes alturas unos de otros, que conformaban un camino plagado de maniquíes que eran lanzados contra ti. El objetivo del ejercicio era esquivarlos, pero en esa ocasión no solo los evitaría, sino que los atacaría.
Empecé a correr, sacando un cuchillo del cinto. Mi paso por los bloques activó el mecanismo que lanzó al primer muñeco contra mí. Se precipitó por mi derecha, mientras que yo rápidamente aferraba el mango del cuchillo y lo lanzaba contra él. El sonido del arma penetrando en el plástico que lo componía, me hizo saber que había dado en el blanco, pero no me detuve a mirar, sino que seguí con el recorrido. El siguiente se abalanzó sobre mí desde arriba, pero antes de que me tocase, se llevó un flechazo en la cabeza. Si había de ser sincera, incluso estaba disfrutando de aquel ejercicio, era como estar cazando por los bosques del distrito, como en los viejos tiempos, cuando todo era más fácil, cuando Nick aún vivía, cuando cada año las familias con hijos entre doce y dieciocho años no se echaban a temblar a la llegada de la primavera.
Era genial. Casi volaba sobre los bloques, mis flechas eran certeras; mis cuchillos, asesinos. Un maniquí se acercó tanto que me dio ocasión de desgarrarle el cuerpo usando una de las armas arrojadizas. A otro, simplemente, lo estrangulé usando las manos desnudas.
Apenas quedaban unos metros, por lo que, llena de orgullo, decidí pavonearme un poco, haciendo una especie de salto para llegar al último bloque del recorrido. Pero en ese gesto, no vi venir a un maniquí que colisionó contra mi cuerpo, casi tirándome del bloque al que me había subido. Me aferré a la superficie sobre la que me encontraba, luchando por incorporarme, para luego sacar el último cuchillo que me quedaba, abalanzándome contra el muñeco. Había olvidado que era un simple pelele inanimado, que no me podía hacer nada. Solo sentía ciega ira y ciega rabia por mi fallo. Clavé el cuchillo en el pecho del mismo, una y otra vez, gritando mi rabia como una posesa. Cuando me recuperé un poco de ese acceso de ira, pude comprobar que el pelele había sido reducido a un simple montoncito de gomas de diferentes formas.
-Retírese-ordenó uno de los vigilantes, un hombre joven de pelo castaño. Obedecí, alejándome con paso altivo.

-¡Qué nervios, qué nervios, qué nervios!
Era ya de noche, y nos encontrábamos en el salón del Distrito. Athenea no paraba de moverse de un lado para otro, gesto imitado por Iris y Hermes, que también se encontraban con nosotros. Dust, Jack y yo, nos limitábamos a estar sentados en el sofá, con los ojos fijos en la televisión. De un momento a otro, darían las puntuaciones de los tributos por la misma, para que todo Panem nos viera.
-¡Seguro que tendremos buenas puntuaciones, seguro!-recitaba en esos momentos Athenea, como deseando que, por repetirlo, las puntuaciones fueran a ser altas.
-Me estás dando un mareo de campeonato-se quejó Dust, llevándose una mano a los ojos. Jack había encogido las piernas sobre el sofá y miraba fijamente a la pantalla, esperando a que se encendiese. Le imité, y a los pocos segundos de clavar los ojos en la oscura pantalla, esta se iluminó y mostró a Pollux Flickerman con un traje de color camel, que sonreía a la cámara.
-¡Buenas noches, Panem!-exclamó con tono jovial. Los estilistas y Athenea corrieron a sentarse en el sofá con nosotros-Estoy seguro de que estáis deseando conocer las puntuaciones de estos jóvenes héroes que pronto se enfrentarán al mayor desafío de sus vidas.
Se escucharon aplausos. Athenea, Hermes e Iris se sumaron a ellos con entusiasmo.
-Así pues, ¡empecemos!-repuso el presentador, haciéndose a un lado para que la pantalla que había a sus espaldas fuera visible. 
Las puntuaciones se mostraban junto a una foto del tributo y el escudo de su Distrito. Las puntuaciones de Marphil, Silk, Brass, Daph, Sand y Valkyrie oscilaban entre el ocho y el diez. El Distrito 6 no superó el siete. El niño del Distrito 7 consiguió un cinco. A Jack le dieron un siete, lo que según Dust, no estaba mal. Ahora, mi turno. Un diez. ¡Un diez!
-¡Maldita seas, Chrysta, eres una jodida mina!-exclamó Dust, sacudiéndome el pelo con fuerza. Athenea lanzaba grititos agudos; Hermes no dejaba de hablar consigo mismo sobre la cantidad de patrocinadores que iba a conseguir, sobre todo cuando vieran el atuendo que estaba preparando para mi entrevista. Pero no le presté atención, pues en ese momento, me acercaba a Jack, ignorando el alboroto que se había montado.
-Tienes madera de tributo ahí dentro, Jack. Pero eso no significa que vayas a ganarme.
Me di cuenta en el último momento que había metido la pata. Mi orgullo acababa de volver a ganarme en la partida que a veces intentaba entablar contra él.

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