domingo, 15 de julio de 2012

CAPÍTULO 12


Las sábanas se enredaban a mi alrededor, mientras trataba de conciliar el sueño. Por la ventana, veía como la noche iba pasando, poco a poco, con un ritmo casi angustiante. Sentía el paso de las horas como losas sobre mi cuerpo, como enormes pesos que me lastraban, haciéndome sentir peor que asustada. La noche, o eso siempre se decía, sacaba a todos tus fantasmas, a todos tus temores, y los alzaba contra ti, uno tras otro, en una especie de macabro desfile que te impedía conseguir la calma necesaria para poder dormir. Nunca me había considerado una persona cobarde, y solía vanagloriarme de que hubiera pocas cosas en el mundo que me asustaran, pero en esa madrugada oscura y lenta, la amenaza de la muerte era demasiado fuerte como para que pudiera relajarme. Los Juegos empezarían en nada, prácticamente, y estaba comenzando a darme cuenta de lo que podía pasarme. Hasta la fecha siempre me había creído más que capaz de superarlos, mas ahora sabía que podía morir en la arena, pues había visto lo que los otros tributos podían hacer.
Miles de escenas diferentes en las que moría desfilaban ante mis ojos. El paisaje era indeterminado, pues aún no sabía lo que me esperaba en el estadio, pero pude verme morir de hambre, de sed, llena de flechas, decapitada… y a todas esas escenas les seguía una imagen mental del rostro de mis padres, lo que aún me ponía peor. Si yo moría, el sufrimiento para mí habría terminado, pero para ellos no habría hecho más que empezar; tendrían que superar de nuevo la pérdida de la única hija que les quedaba. 
Aquel pensamiento me hizo sentir un nudo en la garganta, que liberé con un sollozo. ¿Estaba comenzando a llorar? No podía permitirme tal cosa, no cuando al día siguiente mi rostro iba a aparecer en todas las pantallas de Panem. Los restos de las lágrimas me harían parecer una chica asustada y preocupada, y eso era algo que llevaba evitando desde que me habían sujetado los Agentes de la Paz en el día de la repesca. Lo mejor que podía hacer era intentar distraer mi mente y procurar descansar, para estar despejada al comienzo de los Juegos y ser capaz de correr a toda velocidad para hacerme con las armas que quería en la Cornucopia.
Me acurruqué de lado y comencé a contar mentalmente, centrándome en la cuenta que llevaba, en los números que iba pensando, para así poder liberarme de la ansiedad que estaba sintiendo desde que me di cuenta de lo que estaba en juego. Y de ese modo tan simple logré dormirme.

La mañana llegó demasiado pronto, al menos a mi parecer. Aunque los Juegos comenzaban tarde, sobre las diez o así, debido a que la gente del Capitolio no era dada a madrugar, yo fui levantada a las siete y conducida a la azotea del Centro de Entrenamiento con la simple compañía de mi estilista. Los tributos emprenderían el camino a la arena individualmente, eso me contó Hermes, mientras subíamos una escalera que accedía a una plataforma situada sobre aquel edificio. Dust y Athenea habían salido hacia el Cuartel Central de los Juegos, donde se encargarían de gestionar los regalos de los patrocinadores y de captar a alguno más que se decidiera en el último momento.
Fuimos izados a un nuevo aerodeslizador, del mismo modo que me soltaron cuando llegué al Capitolio, es decir, soltaron dos escalas que nos petrificaron al entrar en contacto con ellas y nos subieron al interior del aparato, donde una mujer vestida de blanco se acercó a mí con una aguja en la mano, a la cual le lancé una mirada de pavor, pues les tenía pánico. 
Traté de rechazar la punta de la misma cuando la acercó a mi, pero la corriente que me hacía permanecer pegada a la escalera seguía siendo constante, por lo que tuve que resignarme y dejar que introdujera aquel punzante objeto bajo la piel de mi antebrazo.
-Es un chip de seguimiento-me dijo con tono neutro-Servirá para tenerte localizada en la arena.
Cuando el chip estuvo en su sitio, la corriente se cortó y pude moverme libremente. Con las piernas temblorosas, seguí a mi estilista a una sala de enormes ventanales que dejaban ver el paso del Capitolio bajo nosotros, en la cual habían servido también un estupendo desayuno. Hermes me indicó que comiera algo, mientras él hacía lo propio, pero se me había cerrado el estómago por culpa de los nervios, y la idea de estar dirigiéndome hacia un lugar desconocido y hostil, no ayudaba en lo más mínimo. A eso se le sumaba el desconcierto por lo ocurrido con Jack en los días previos, que no se me iba de la cabeza, y el hecho de que aún iba con la ropa de dormir, pues no me habían dado ni tiempo a cambiarme antes de salir.
Así pues, negué con la cabeza, apretando los labios al sentir una punzada de nervios en el estómago. El hombre puso los ojos en blanco y tendió hacia mi un panecillo con mermelada.
-En unas horas vas a estar sometida a un esfuerzo muy intenso, así que mejor intenta comer algo. Seguro que te ayudará tener la barriga llena.
Con gesto resignado, me senté en el asiento libre, mirando el paisaje que se deslizaba debajo de nosotros. Me llevé el pan a los labios, y cuando el primer trozo entró en mi boca, me supo a simple cartón, tanto en sabor como en textura. Tragué a duras penas y me obligué a dar otro bocado.
Hermes, viendo mi situación anímica, comenzó a jugar con su comida, construyendo figuritas con los panes y los pasteles, haciendo pequeños muros con las piezas de fruta, e incluso llenándose los dedos de chocolate, lo cual, para alguien como él, era algo impensable. Sus intentos de hacerme reír me señalaron que aquel estilista no era un simple y estirado ciudadano del Capitolio, sino que me tenía algo de aprecio, de modo que, como deferencia a sus intentos, me comí el resto del pan para luego tragarme una pera. Comía lento, masticando bien, con la esperanza de calmar mi agitado estómago. Daba el último mordisco a la pera cuando las ventanas del aerodeslizador se oscurecieron, señal inequívoca de que llegábamos al estadio.
Fuimos dejados en unos túneles subterráneos, levemente iluminados, por los cuales fuimos conducidos a una sala sencilla, donde había un cuarto de baño, una mesa y un sofá, en colores verdosos. Era la conocida como la “sala de lanzamiento” desde la cual los tributos seríamos mandados a la arena. Sobre la mesa, había una bolsa que contenía mi ropa para los Juegos; Hermes las fue sacando una por una y dejándolas sobre la superficie.
-Os esperan temperaturas gélidas-dijo cuando todo estuvo fuera. La ropa consistía en unos pantalones de color gris, un cinturón negro, un jersey oscuro, un abrigo de tela gruesa con una capucha forrada con piel, con el número del Distrito, unos guantes finos de color oscuro y unas botas marrones forradas interiormente con piel aislante. 
Me duche, para luego ponerme aquel atuendo, ayudada por Hermes. En la Sala de Lanzamiento, cuya temperatura era agradable, las prendas daban una sensación de bochorno insoportable. Me ayudó a recogerme el pelo en una cómoda cola de caballo, para luego repasar la forma en que las ropas se ajustaban a mí.
-¿Estás cómoda?-me preguntó el estilista. Moví los brazos, las piernas, y di varios pasos, notando como mi cuerpo cabía a la perfección entre aquellas prendas.
-Creo que sí-musité, pues la voz no me salía. 
Como no podíamos hacer nada más que sentarnos a esperar a que llegara el momento del lanzamiento, nos acomodamos en el sofá. Me sentía dividida en mis emociones; por un lado estaba asustada por lo que me esperaba, por otro, estaba expectante, pues había entrenado mucho para el momento que se acercaba. Recordaba como me había sentido al perder la cosecha, la sensación de impotencia y de resignación que se me extendía por el cuerpo, que me dejó aquella noche sin poder descansar. ¿Quién me iba a decir a mí, en aquel momento, cuando me lamentaba por la ocasión perdida, que en cuestión de unos días iba a estar en una sala de lanzamiento, esperando para el inicio de los Juegos? ¿Y Jack? Seguro que estaría en una sala similar a esta, ¿se encontraría bien o estaría nervioso? No le había vuelto a ver desde la noche previa, cuando nos separamos para irnos cada uno a su habitación. Me hubiera gustado poder arreglar las cosas un poco con él antes de que los Juegos nos hicieran ser enemigos, aunque tal vez era mejor así. Si ya no éramos amigos, matarle no me sería tan difícil si alguna vez me llegaba el caso, ¿no?
Una amable voz femenina me anuncia que me prepare para el lanzamiento, de modo que me encamino hacia la plataforma que hay en un rincón de la sala. Mis pies parecen de plomo, pues un simple paso me costaba un esfuerzo.
Dejé de caminar, apretando los puños. En mi Distrito teníamos un truco para cuando nuestros estómagos estaban vacíos y no teníamos nada que llevarnos a la boca. No era más que un simple engaño del cerebro, pero nos aliviaba un poco, el tiempo necesario para mendigar alguna sobra a cualquier persona adinerada que habitara en la ciudad. Repetíamos una y otra vez, con convicción, mentalmente, que estábamos llenos, que no teníamos hambre. Llegaba un momento en que tanto repetirlo funcionaba, y el horrible dolor del estómago vacío remitía. Tal vez fuera hora de aplicar ese truco en esta nueva situación.
“Voy a ganar los Juegos del Hambre” me dije mentalmente “Voy a ganar los Juegos del Hambre. Voy a ganar los Juegos del Hambre… ¡Puedo y debo ganarlos!”
El miedo desapareció, dejándome únicamente con la sensación de expectación. Claro que podía ganar, era hábil y tenía buenos aliados; con un poco de suerte y el arma adecuada, además de alguna ayuda esporádica de mis patrocinadores, podría volver a casa.
-¿Estás lista?-me preguntó mi estilista, haciéndome un gesto en dirección a la plataforma. Asentí levemente con la cabeza, para subirme a ella-Sé que puedes ganar, se podría decir que has nacido para ser tributo. Tu destino era venir a la arena, Chrysta, y tal vez sea también que salgas de ella. Buena suerte.
Se retiró un par de pasos de mí. Un cilindro bajó, aislándome del hombre, que me decía adiós con la mano, con una leve sonrisa en el rostro. La plataforma comenzó a elevarse con lentitutd, y pronto dejé atrás la sala de lanzamiento para encontrarme en una especie de tubo oscuro, cálido al principio, pero que se iba volviendo más y más gélido conforme iba acercándome a la superficie. No tardé en ver una luz sobre mi cabeza, y de repente, algo frío cayó sobre mi nariz. Lo recogí con uno de mis dedos enguantados, para ver fugazmente un copo de nieve que se fundió contra la tela de la prenda. En la arena estaba nevando.
Aquello no me asustó. En mi Distrito los inviernos eran gélidos, por lo que el frío no me supondría un problema, al menos no mientras encontrara un buen refugio para pasar las noches. Si me mantenía calentita mientras dormía, no tenía por que morir congelada.
Y finalmente, la luz que había visto sobre mi cabeza se fue haciendo más y más grande, hasta que me cegó por completo, mientras la plataforma llegaba al final del túnel y mis ojos luchaban por acostumbrarse a la luz repentina y cegadora.
-Damas y caballeros-resonó la voz de Octavius, el que fuera el presentador de los Juegos del año pasado-¡Que den comienzo los Segundos Juegos del Hambre!
Miré lo que nos esperaba, y un pensamiento me vino a la cabeza: nos íbamos a helar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario