lunes, 16 de julio de 2012

CAPÍTULO 13


Una isla de hielo y nieve, eso era lo que los Juegos nos habían deparado aquel año. Desde mi posición, en una de las veinticuatro placas que había en la explanada donde se encontraba la cornucopia pude ver amplias llanuras gélidas, recubiertas de hielo y escarcha, que acababan muriendo en un mar de un color azul claro; justo enfrente mía, por otra parte, había un bosque de pinos, el único lugar con madera que a simple vista se podía apreciar. La temperatura era muy baja, veía como al respirar se formaban nubes de vapor, mientras que no dejaba de nevar… ¿era cosa mía o la intensidad de aquella ventisca iba en aumentos por momentos?
Decidí que mejor dejaba el reconocimiento del terreno para más adelante, ahora debía centrarme en idear una estrategia rápida para hacerme con los objetos que más necesitaba; no solo armas, sino también provisiones. No podía permitirme pasar una noche a la interperie si al menos una manta o algo por el estilo, o de lo contrario acabaría quedándome congelada antes de que me diera tiempo a matar a algún tributo fuera del baño de sangre inicial.
Teníamos un minuto hasta que un gong sonase y nos liberara de tener que esperar en aquellas placas. No podíamos movernos de ellas, a riesgo de querer volar en pedazos. El año pasado, un chico pareció volverse loco, olvidando que la zona que rodeaba las placas estaba minada, y se abalanzó contra la cornucopia. Lo único que pudieron recoger de él que fuera medianamente grande fue un brazo calcinado.
Pasé los ojos por lo que habían dejado en la explanada. Lejos de la boca de la cornucopia había mantas, guantes, alguna que otra cantimplora. Más cerca de esta, había unas cuantas tiendas de campaña, varias mochilas, y algunos cuchillos. En el mismo borde, habían dejado maletines que parecían contener comida o medicamentos, tanques con agua. Dentro del cuerno dorado, cubierto de escarcha, se encontrarían las armas, como el año pasado.
Decidí que lo mejor que podía hacer era ignorar las provisiones en mi camino hacia el cuerno, hacerme con algunas armas y luego arrebatarles a los demás lo que hubieran cogido. Sonaba rastrero a más no poder, pero era la dinámica de los Juegos, por muy repulsiva que nos fuera. La idea principal era la supervivencia extrema, o al menos eso me parecía a mí, y si quería sobrevivir debía robar a los demás; eso y confiar en que mis aliados hicieran lo propio.
¿Cuántos segundos quedaban? Ni idea, pero no podía ser mucho, ya había pasado un tiempo desde que nos lanzaron al terreno, de modo que el gong sonaría de un momento a otro. ¿Y Jack, donde estaba? Lo busqué a lo largo de las placas de los tributos, para localizarle a seis placas a mi derecha, con una expresión cerrada. ¿Se metería en el baño de sangre de la cornucopia o escaparía de él? Dependíamos de todo lo que había en aquel cuerno, aunque tal vez se pudiera sobrevivir si nada de aquello, ¿quién sabe?
El nítido sonido del gong hizo que mis pensamientos se cortaran, pues el momento de correr había llegado. La velocidad era algo que contaba en aquella especie de carrera; cuanto antes llegara al interior de la cornucopia, mejor. Así pues, no me lo pensé dos veces cuando eché a correr en dirección al cuerno, sorprendiéndome de que no me resbalara en el suelo de hielo que iba pisando; al parecer las botas tenían una suela antideslizante que nos permitía correr sin que nos cayéramos. A ambos lados veía como los otros tributos también se abalanzaban contra algunos objetos situados en la zona limítrofe de la cornucopia; la chica del 6 estaba cogiendo en esos momentos una manta, mientras que su compañero se había hecho con una cantimplora. Bueno, no eran cosas que tuvieran mucha importancia, una manta no era mejor que una tienda de campaña, y una cantimplora no serviría de mucho en un sitio donde la sed no nos atacaría con la fuerza que tendría en un lugar cálido.
Por el borde de mi visión pude ver a Marphil arrojando lejos de sí a un chico que se había cruzado en su camino, el cual chocó contra el hielo con un ruido sordo. No sabía si habría muerto o no, pero no pude evitar pensar “uno menos”.
La nevada se hacía más intensa por momentos, cuando finalmente pude alcanzar la boca de la cornucopia, con Marphil y los demás profesionales pegados a mis talones. En el interior había una especie de vitrina, como la que teníamos en el centro de entrenamiento, donde habían colocado una gran infinidad de armas. Había cuchillos de varios tamaños, espadones, espadas más ligeras, algunas hachas, lanzas, arpones, unos objetos que parecían picos y un arco de metal con un carcaj repleto de flechas del mismo material. Bueno, nos habían dejado bien provistos en ese aspecto, no lo iba a negar.
Ponía las manos sobre el arco, cuando Daph se abalanzó como una posesa sobre las lanzas, empezando a hacerse con ellas. Viendo que si me dormía en los laureles me iba a quedar sin muchas armas, me hice con una docena de cuchillos, justo cuando los demás profesionales iban llegando a sus armas favoritas. Marphil y Brass habían seleccionado unas espadas y algunas lanzas; Silk se había aprovisionado de hachas, Sand y Valkyrie habían cogido los arpones, y Daph se encontraba en esos momentos seleccionando algunas dagas.
No merecía la pena quedarse más tiempo en el interior de la cornucopia, cuando ahora los suministros eran lo que nos importaba. Casi obedeciendo a una orden muda, salimos de la oquedad para volver a enfrentarnos a la nevada, al frío y a las rencillas que habían comenzado a florecer por el páramo donde nos encontrábamos. Habíamos tardado poco en conseguir armarnos, por lo que, salvo por alguna que otra excepción, los demás tributos seguían por la zona, intentando conseguir algo.
-¡Dividíos el trabajo!-bramó Brass, su voz sonó nítida en aquel desierto helado-¡Marphil, Silk, encargaos de los suministros! ¡Sand, Valkyrie, conseguid los medicamentos y los objetos de acampada! ¡Daph, Chrysta y yo mataremos a todo el que se nos cruce!
-¿Quién te ha nombrado jefe?-le espeté, sacando uno de los cuchillos con los que me había hecho. Era más parecido a los del Centro de Entrenamiento que a los que usaba en casa, por lo que supuse que un corte del mismo podría ser más dañino que si usara mi viejo cuchillo de monte.
-¡Cierra el pico y mata, minera!-me respondió Daph, lanzándose como una centella en contra de una chica que en esos momentos agarraba una mochila. Casi con delicadeza, usando las dos manos para manejar la lanza, la ensartó con una rapidez pasmosa, haciendo que sobre la nieve recién caída se derramara una lluvia de gotitas de color rubí.
Siguiendo su ejemplo, empecé a correr, apretando con fuerza el mango del cuchillo en mi enguantada mano, mientras buscaba a alguien que se nos acercara. Pude ver a un chico ¿del Distrito 5, tal vez? Corriendo en dirección a una tienda de campaña, a por la que en esos momentos, pero desde una zona más alejada, se dirigía Sand. Recordé lo acordado, mi trabajo era matar, no conseguir provisiones, por lo que ese chico era cosa del tributo del 4, no mía. Pero si no lo mataba, si lo dejaba irse con la tienda, me estaba perjudicando a mí misma de forma indirecta. No quedaba otra que quitar a aquel muchacho del mapa, para así despejarle el camino a mi aliado.
Fue rápido, no lo iba a negar. No me costó mucho tiempo alzar el brazo y lanzar el cuchillo contra el chico, el cual se incrustó en la espalda del mismo, haciendo que este se desplomara sobre la tienda que tan cerca estuvo de coger. No me paré a lamentar su muerte, pues cada fallecimiento me hacía estar un pasito más cerca de casa. Rescaté el cuchillo de su espalda, sin limpiar la sangre que lo manchaba, no había tiempo, había que seguir “limpiando” la zona.
Volví al centro del páramo. Silk y Marphil estaban reuniendo una pila de agua y comida de un tamaño considerable. Una chica se había acercado a ellos, pero el tributo del 1 le había cortado la cabeza usando un espadón. La escena había sido macabra a más no poder, tanto, que incluso había tenido que apartar la vista. Sand y Valkyrie parecían haber conseguido también un buen puñado de objetos de acampada, que ordenaban ágilmente; Daph y Brass se hallaban algo alejados, cada uno por una zona, matando a cualquiera que se les pusiera a tiro.
De buenas a primeras, unas manos se ciñeron en torno a mi garganta, apretando, cortándome la respiración. Un tributo se había acercado por mi espalda, aprovechando mi momentáneo despiste para intentar matarme. Escuchaba ruidos extraños salir de mi garganta, mientras boqueaba en busca de aire, moviéndome con la esperanza de soltar el agarre. Sentía como la visión me fallaba, unas manchas negras bailaban ante mis ojos, mientras que en un gesto desesperado, trataba de soltar las manos de mi agresor.
Alguien gritó, no supe ni quien ni qué. En la mano derecha sentía el peso del cuchillo, por lo que, más ahogada que otra cosa, hice lo único que podía hacer: clavarlo en los dedos que me estrangulaban con la esperanza de que me soltaran.
No lo hicieron, pero la presión aflojó un poco, permitiéndome zafarme en parte de la mortal presa, pero haciéndome tropezar, rodando hacia el suelo y arrastrando a mi agresor conmigo. Este resultó ser una chica, la chica del Distrito 7, para ser más exactos. ¿Cómo se llamaba, Pine? No me acordaba, pero desde luego, se había ganado mi odio por semejante intento. Vi en sus ojos verdes que ella no parecía muy contenta tampoco conmigo, y pude apartarme a tiempo de esquivar por los pelos una nueva tentativa de ahorcamiento.
Actué sin pensar, alzando de nuevo el ya sangriento cuchillo y atravesándole la garganta con el mismo a la chica. Sacándolo de la misma, Brass llegó a mi altura, algo manchado de sangre.
-Esa zorra sabía lo que se hacía-dijo escupiendo al lado de la fallecida-Nos la hemos quitado de encima nada más empezar, eso nos conviene-sus ojos recorrieron la zona de mi cuello-Sí, mejor así.
Si algo bueno había sacado de aquel ataque, era que ahora me encontraba mucho más alerta. Me encargué de mantener mis espaldas bien vigiladas, y para ello me parapeté contra la cornucopia, dejando el uso de los cuchillos y valiéndome del arco, cuyo uso me permitía situarme a una distancia más alejada que de seguir usando las armas previas. Fue muy fácil acertarle a un chico que corría siendo hostigado por Daph y sus lanzas. Cuando el muchacho cayó sobre el suelo, no contenta, la tributo del 2 lo atravesó como hiciera antes con su primera víctima, haciendo que un asqueroso sonido retumbase por el lugar.
Los encargados de las provisiones, habían dejado de buscar más y estaban sumándose a nosotros. Se manejaban bien, y cuando fuimos a darnos cuenta, el páramo había quedado desierto, salvo por los cadáveres. El baño de sangre había terminado.
Un cañonazo rompió el aire. Y luego otro. Y otro más. Así hasta doce veces. El cañonazo siempre sonaba cuando un tributo fallecía, aunque mientras duraba el baño de sangre, no se hacía sonar. Conté doce disparos, antes de que se enmudeciera. La mitad de los tributos ya había muerto; doce de nosotros continuábamos en pie.
Hicimos un repaso de lo que habíamos conseguido. Teníamos comida y agua para no pasar hambre durante semanas, varias mantas, tres tiendas para dos personas, varios botiquines y varias mochilas que repartimos entre nosotros, una justo para cada cabeza. Cada una de ellas tenía algo distinto en el interior; la mía contenía una cantimplora, unas extrañas gafas de sol, un bote con cecina y un saco de dormir blanco. No estaba nada mal.
Mientras repasábamos lo conseguido, llegó el aerodeslizador que sacaría los cadáveres de la arena. Usando una pinza, subió a los tributos fallecidos, para luego desaparecer del cielo, en el cual se veía ya la cercanía de la noche.
-¿Acampamos aquí?-inquirió Valkyrie, limpiándose las manos en la chaqueta, las cuales se le habían llenado de nieve.
-No creo que podamos mover toda esa comida-repuso Sand, observando con ojo crítico lo conseguido-Acampemos, comamos algo, repongámonos y salgamos a cazar.
Todos estuvimos de acuerdo, por lo que volvimos a repartirnos el trabajo. Daph, Sand y yo, que estábamos algo heridos (Daph había recibido una fuerte pedrada en un brazo que se lo había dejado algo tocado, y Sand sangraba por un mordisco proporcionado por un tributo) nos dedicamos a revisar los botiquines y a tratar de restablecernos, mientras Brass trataba de encender un fuego, y Silk y Marphil montaban las tiendas.
Ya era noche cerrada cuando nos sentamos alrededor de la pequeña hoguera prendida, comiendo carne desecada y fruta deshidratada, con los ojos fijos en el cielo. Cuando caía la noche hacían una proyección en este de los tributos fallecidos.
Comenzó a sonar el himno de Panem, mientras aparecía en el cielo el sello del Capitolio, con una frase bajo el mismo: “A los caídos”
Los primeros en aparecer fueron los dos tributos del 3, seguidos de los del 5; de Pine, la chica del 7. Los dos tributos del 8, 9 y 10 también habían muerto, del mismo modo que el chico del 11. El sello volvió a brillar una última vez antes de que todo volviera a quedarse a oscuras.
Me quedé pensativa. Jack también había sobrevivido al primer día de los Juegos. ¿Dónde estaría? ¿Y con quien, si es que estaba aliado?

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