miércoles, 18 de julio de 2012

CAPÍTULO 14


Siempre nos habíamos quejado en el Distrito 12 de lo crudo de nuestros inviernos, del frío que pasábamos cuando llegaban los meses gélidos del año. Debido a la situación geográfica del distrito, muy al norte y en el corazón de una zona montañosa, raro era el invierno en que no nevaba; y los habitantes de la Veta las pasábamos moradas para conseguir calentarnos un poco. No teníamos apenas carbón para quemar en las estufas, y muchas veces la única solución era meterse en la cama, bien arrebujada entre las mantas, y esperar a que pasara la noche.
Había crecido, pues, acostumbrada a pasar frío, a sentir el cuerpo helado por dentro, a diferencia de mis aliados. En los distritos 1 y 2 tenían mil formas de calentarse, a fin de cuentas ambos eran distritos mimados por el Capitolio; por su parte, el Distrito 4 no podía ser muy gélido cuando estaba tan cerca del mar. Por primera vez en los dos Juegos del Hambre que llevábamos, el ser del distrito minero tenía alguna ventaja, y lo cierto es que me animó de un modo algo mezquino el ver como, conforme había ido cayendo la noche, los otros tributos se iban encogiendo más y más en el interior de sus abrigos, maldiciendo el frío entre dientes. No estaban preparados para soportar el cambio de un ambiente agradable a un sitio tan gélido.
Como gesto altruista, decidí quedarme yo en la primera guardia, pues me sentía demasiado conmocionada para poder dormir. Cuando aún estaba en casa, rumiando la muerte de Nick, consideraba que, matando en los Juegos, podría sacar el odio y la rabia acumulados en mi interior tras lo ocurrido; creía que siempre que acabara con la vida de algún tributo, recordaría a mi hermano, pensando en que, de un modo o de otro, estaría siendo parcialmente vengado. Era una soberana tontería, pero una no elige sus pensamientos cuando estos se desbordan. Mas lo cierto era que no había pensado en él para nada cuando maté aquella misma mañana; simplemente pensaba en sobrevivir, en volver a casa, en salir viva de aquel lugar helado y desolador. Acababa de comprobar como cambiaba tu ideología cuando la línea que señalaba la diferencia entre la vida y la muerte podía ser traspasada de un momento a otro. Hacía unas horas había estado a punto de morir estrangulada, aún podía recordar con desagradable precisión la sensación de asfixia que había sentido cuando Pine trató de ahogarme. ¿Y qué había sentido yo al matarla? Simple alivio por saber que no estaba muerta.
¿Cuántos tributos habían muerto por mi culpa? El chico del 5. Pine. Aquel chico que estaba siendo perseguido por Daph, el cual creía que era del Distrito 10. En total, tres personas. Puede que no fueran muchas, pero lo cierto es que a mí me parecían suficientes, pues me sentía algo abrumada por la facilidad con que los había matado, no facilidad física, sino moral. Esos chicos tendrían también una familia, que confiaban en la esperanza de que pudieran sobrevivir, y yo las había destrozado, justo como el Capitolio nos destrozó a nosotros hacía ya algunos años.
Me mordí el labio, tratando de pensar en otra cosa. ¿No era esto lo que siempre había querido, el venir a los Juegos del Hambre? Había pasado un día entero lamentándome por no haber sido seleccionada como tributo, ¿y ahora estaba debatiendo sobre la moralidad que suponía el permanecer en la arena? No podía decir que no sabía lo que se iba a esperar de nosotros, pues conocía las reglas perfectamente, y era consciente de que, si querías ganar, tendrías que matar. ¿Tan pronto había olvidado que, si yo no mataba, otros me matarían a mí? ¡Pine había sido la prueba de ello!
Un ruido a mis espaldas, me hizo coger el arco con firmeza y girarme para buscar al provocador de aquel sonido. Me encontraba de pie, al lado del fuego que Brass había encendido, con las tiendas de campaña a mi espalda. Una figura salía de estas, envuelta en una manta. A pesar de la escasa luz, pude distinguir un destello dorado proveniente de una larga cabellera rubia. Era Silk, pero aún así no solté el arco, pues aún recordaba como el año pasado la tributo del Distrito 4 asesinó a sus aliados durante la noche, mientras dormían.
La muchacha, sin embargo, parecía no venir en son de guerra, pues alzó ambas manos, como señalando que no llevaba nada con lo que poder atacarme. Bajé un poco el arma que sostenía, pero no la solté del todo, no quería pecar de confiada y luego encontrarme ensartada en una de sus lanzas.
-¿Te importa que te acompañe?-me preguntó en un susurro. Pude ver sus ojos, abiertos de par en par, con una mirada algo perdida. Me dio tanta pena, que transigí, asintiendo levemente para darle a entender que podía quedarse conmigo-No podía dormir-musitó.
-Bienvenida al club-respondí, dejando definitivamente el arco en el suelo-¿Demasiado frío?
-Si solo fuera eso-bufó la chica, aferrándose los brazos-Siento como si la cabeza me fuera a explotar.
-Sí, me suena esa sensación-dije con algo de sarcasmo, sorprendida por no ser la única que había estado dándole vueltas a lo sucedido.
-No dejo de pensar en que tal vez yo acabe como esos chicos de la cornucopia-suspiró Silk, en un tono de voz muy bajo-con todos los que quedamos en pie, tal vez acabe muerta.
Aquello me había dejado de piedra. Silk venía de un distrito donde los Juegos, según se decía, eran considerados como un evento deportivo donde podían defender el honor del distrito del que provenía, y para los cuales se entrenaban. Había visto la facilidad con la que manejaba las armas, a pesar de parecer una chica algo enclenque por su etérea complexión física. Ella no debería estar preocupada por lo que pudiera venir, ni angustiada por lo ocurrido, sino pensando en la victoria, como los demás hacían. Aunque, ¿y si esa falta de miedo a la muerte que ostentaban los demás profesionales solo era fachada? ¿Y si en realidad estaban tan asustados como los tributos de los distritos pobres, solo que lo intentaban disimular?
No sabía como consolarla, cuando su miedo bien podría acabar siendo real. Con todos los que éramos, raro era que no muriéramos; las posibilidades de sobrevivir eran muy reducidas. A lo mejor ella también se había preguntado antes de que los Juegos empezaran quien de nosotros sería su asesino, o quien de los elegidos como tributos volvería a pisar el Capitolio.
-Puede que aún quede para que llegue el momento en el que tengamos que morir-me limité a contestarle. Los Juegos acababan de empezar, y aún podían pasar muchas cosas antes de que llegase la final, con dos tributos únicamente, que deberían enzarzarse en una pelea a muerte, de la cual saldría el vencedor de los mismos.
-Quien sabe-respondió ella-Tal vez alguno de nosotros muera antes de tiempo por frío, hambre o cualquier enfermedad, ¿recuerdas lo que dijo Marcus el primer día de entrenamientos?
Claro que lo recordaba, pero trataba de olvidarlo. La idea de que la muerte me podía esperar en un bocado de comida, en una simple herida o en una noche congelada, me ponía los pelos de punta.
-Pero nosotros tenemos comida que sabemos que no nos hará daño-repuse-agua potable, tiendas y mantas para pasar el frío y botiquines con medicinas. No corremos el mismo riesgo que los demás, que andan por ahí fuera sin nada que llevarse a la boca, y con unas pocas mantas para resguardarse de la helada de la noche. Un trozo de cecina a que mañana tendremos algún muerto por culpa del frío.
Silk hizo un amago de risa, pero luego volvió a ponerse seria. Se acercó a las pequeñas llamitas que aún quedaban en la hoguera, y se calentó las manos. No llevaba los guantes que nos dieron antes de ser lanzados a la arena, lo cual me pareció una estupidez, pues ¿y si se le congelaban las manos? Ella dependía de sus manos para poder proseguir viva, puesto que su táctica, como la del resto de nosotros, era incisiva, más que otra cosa.
-Nunca me ha gustado el frío-dijo cuando hubo frotado sus dedos-Siempre que en el Distrito 1 nevaba, lo cual pasaba en raras ocasiones, me metía en casa y me pegaba a la chimenea, con una taza de chocolate caliente entre las manos. Por lo que sé-añadió-en tu distrito es muy común que haga frío, y según me han dicho, apenas si podéis resguardaros del mismo.
-Sí, tenemos inviernos gélidos-contesté-y poco carbón para calentarnos, pero nos buscamos la vida como podemos: usamos mantas, dormimos en grupos para calentarnos unos a otros…
-La vida en el 12 tiene que ser dura-repuso con un cierto tono interrogante.
-Te acostumbras-respondí de forma escueta, pues no me apetecía hablar del distrito en ese momento, cuando seguramente una cámara me estaba grabando. La gente ya sabía que era un lugar pobre y alejado del Capitolio, pero no quería que se hicieran una idea peor que la que ya tenían.
-Vete a dormir si quieres-susurró Silk-Yo haré el siguiente turno, pues creo que tu tiempo ya ha pasado.
Musité un agradecimiento y me introduje en una tienda donde Daph y Valkyrie aún seguían dormidas. Me acurruqué debajo de una de las mantas que habíamos conseguido y traté de conciliar el sueño. Al menos me encontraba en una tienda, calentita y resguardada del gélido viento nocturno, y no ahí fuera, a la interperie, luchando contra el frío.

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