domingo, 29 de julio de 2012

CAPÍTULO 17


La batalla acontecida nos había dejado a Silk y a mí algo tocadas. El dolor en el brazo herido era muy agudo, y el calor de la sangre seguía siendo algo primordial en el mismo, pues notaba su cálido y húmedo tacto. No teníamos ni vendas ni medicinas para poder tratar aquel corte, por lo que tendría que improvisar, cosa que hacíamos mucho en el Distrito 12. Al menos, teníamos un “analgésico” natural a puñados: nieve. Como apenas si teníamos dinero en el distrito para costearnos los remedios y medicinas fabricados en el Capitolio, debíamos usar los recursos gratis que teníamos más a mano. La nieve, al estar tan fría, conseguía anestesiar el dolor, y era justo lo que necesitaba, al menos hasta que volviéramos al campamento y pudiera aliviarme el corte.
Me agaché, tomé un puñado de la misma y la apliqué sobre la herida. El alivio fue casi inmediato, aquella gélida capa calmaba el dolor y ocultaba un poco la sangre, al menos hasta que esta la teñía de un fuerte color carmesí.
-Maldita sea su estampa-mascullé, acordándome mentalmente de toda la familia que la chica del 11 pudiera tener, mientras me acercaba a Silk. Esta parecía encontrarse mejor que yo, aunque tenía un corte que rezumaba sangre en una de sus mejillas. Se tocó la herida con aire ausente, para luego lanzarme una suspicaz mirada.
-La próxima vez que quieras ayudarme, no te quedes media hora parada como una idiota-me dijo con cierta frialdad. No entendía a que venía esa recriminación, cuando ella había salido mejor que yo de aquel rifirrafe. De estar ella en mi situación, comprendería perfectamente su acusación, aunque no entendía que pretendía echarme en cara. Vale, había actuado con algo de retraso, no lo iba a negar, pero le había salvado el pellejo al quitarle de encima a Wheel, asesinando a su compañera.
-¿Cómo dices?-inquirí de malas maneras, lanzándole una mirada cargada de reproches-Solo me despisté unos segundos ¿vale? Y tampoco te ha hecho mucha falta mi ayuda, creo que es evidente quien está en mejores condiciones de las dos.
Me miró con una expresión de desdén que me recordó a los primeros días en el Centro de Entrenamiento. Fue como si hubiéramos vuelto al pasado, como si ella volviera a verme  como a una simple minera medio muerta de hambre. ¿Y si ahora intentaba atacarme? Miré a mi alrededor, no había nada donde pudiera parapetarme si me lanzaba un hacha, tendría que confiar en mis piernas para correr. Mas si huía, ¿qué podría hacer? Volver con los profesionales era arriesgado, porque tal vez se pusieran de su parte, lo cual no me hacía ninguna ilusión. En una lucha cara a cara contra Silk, tendría posibilidades, pero en una pelea contra seis tributos hábiles en el manejo de las armas, tenía las de perder.
Esa idea me hizo ser consciente de mi precaria situación. Normalmente, los tributos de un mismo distrito siempre re respaldaban, la prueba había estado en como los del 6 se habían tratado de proteger entre ellos. Marphil, seguramente, ayudaría a su compañera, del mismo modo que Brass y Daph por un lado y Sand y Valkirye por otro, se ayudarían a la hora de la verdad. Yo, por mi parte, me encontraba sola, sin la ayuda de nadie, y eso me preocupaba. ¿Acaso debería haber matado a los demás durante la noche, mientras dormían? Habría sido fácil, muy fácil, y luego habría podido cazar a los demás usando el factor sorpresa. De haber actuado así, tal vez los Juegos ya estarían tocando a su fin, siendo de paso unos Juegos algo cortos… dudaba que el Capitolio dejase que sus ciudadanos no tuvieran al menos un par de semanas de diversión, seguramente me habrían enviado algún muto o similar para que me hostigara y me hiciera padecer.
Sacudí la cabeza, como si con el movimiento pudiera alejar esas ideas de mi mente. No iba a ganar nada jugando al “¿qué habría pasado?”. De haber asesinado a mi alianza, seguramente ya me habrían matado, ¿o es que había sido lo suficientemente tonta como para no ver como los tributos no profesionales que seguían vivos se habían unido entre ellos? Por una vez, había tomado la decisión correcta, la prueba de ello es que seguía estando viva.
Miré de nuevo a Silk, en tensión por si habría de defenderme. Mas la chica había bajado el hacha, mientras que alzaba sus ojos hacia el cielo. ¿Acaso había visto a algún otro tributo entre los árboles? Imité su gesto, pero lo que vi sobre mí no era nada que pudiera suponerme una amenaza, sino todo lo contrario. Acompañado de un leve pitido, un paracaídas plateado caía hacia nosotras, atado a algo que desde mi posición no apreciaba bien. Todos conocíamos la función de aquellos paracaídas, eran los regalos de los patrocinadores; cualquier tributo haría lo que fuera para poder conseguir alguno. El año pasado, para muchos supuso la diferencia entre vivir un día más o morir en ese mismo día la llegada de un regalo de un patrocinador. Normalmente, se solía enviar comida, agua o medicinas, cosas de primera necesidad que un tributo no encontraría con facilidad en el estadio.
¿Para quién sería aquel envío? Que yo supiera, tanto Silk como yo podríamos curarnos con las medicinas que habíamos encontrado en el botiquín, aunque claro, aquel maletín se encontraba lejos, en los páramos que rodeaban la cornucopia, mientras que nosotras nos hallábamos en medio de aquel bosque. Bueno, si el que lo había enviado podía permitirse el dinero que costase aquello que venía ahora hacia nosotras, no lo iba a discutir. Una ayuda siempre es bien recibida.
El paracaídas, finalmente, aterrizó a mis pies. Me agaché, sin dejar de vigilar a Silk por el rabillo del ojo, para recoger un botecito que cabía perfectamente en una de mis manos. Parecía una especie de ungüento, y cuando lo abrí, pude constatar que tenía un olor penetrante, un aroma que me costaba identificar y que hizo que me doliera un poco la cabeza.
-Es una crema cicatrizante-la chica se había acercado, mirando el bote con el ceño levemente fruncido-En mi distrito las venden, las traen directamente desde el Capitolio. Con un par de capas en unos tres días, puedes conseguir cerrar una herida, o eso tardó en cerrarme a mí un corte en la ceja.
Estuve tentada de preguntarle como se habría podido cortar en la ceja, pero supuse que no era el momento ni el lugar para andarse preguntando por anécdotas del pasado. No olvidaba que los tributos se habían internado de nuevo en el bosque, y que podrían saltar sobre nosotras en cualquier momento, al menos Sunset. No olvidaba la mirada de rabia que me había lanzado cuando me vio aparecer, sus oscuros ojos se me habían quedado grabados a fuego en mi memoria. ¿Cómo podía odiarme tanto? ¿Acaso yo había matado a su compañero de Distrito? No, no recordaba haberlo hecho, ni siquiera era capaz de rememorar las facciones del susodicho, hasta que lo vi la noche pasada en el cielo, durante el recuento de las bajas. Sunset debía de tener otro motivo para odiarme, aunque no sabía cual podría ser. A lo mejor es que odiaba a todos los profesionales, por lo que yo, al haberme aliado con ellos, había entrado en su lista negra. Bueno, lo cierto es que daba igual, a fin de cuentas no pensaba hacerme amiga de ella, teniendo en cuenta lo que se esperaba de nosotros. La amistad es algo prohibido para un tributo.
Volví a mirar la crema, observándola con curiosidad. ¿Crema cicatrizante? En ese caso, lo más seguro es que fuera para mí, teniendo en cuenta el corte de mi hombro. Silk, por muy cortada que estuviera, no andaba tan necesitada como yo.
-¿Solo hay que aplicársela?-le pregunté a mi aliada, señalando la crema-¿No hay que desinfectar antes la herida?-recordaba como algunas personas morían por cortes infectados, y no era una muerte especialmente agradable.
-Sí, la misma pomada desinfecta-repuso la aludida-¿No las tenéis en el 12, o qué?-añadió, alzando levemente las cejas.
Su pregunta me molestó. Era conocido por todo Panem que el Distrito 12 era el más pobre de todos los distritos existentes, así pues, ¿cómo podía pensar esa chica que los habitantes de mi distrito podíamos aspirar a conseguir un botecito de esta pomada? Ya nos costaba conseguir comida, de modo que las medicinas eran consideradas como objetos de lujo que casi nadie se podían permitir. Nosotros recurríamos a los boticarios y a los herboristas cuando padecíamos alguna dolencia; además, de tener dinero, no siempre podríamos comprarnos las medicinas del Capitolio. Al estar tan alejados de la ciudad que nos dirigía, los suministros procedentes de la misma llegaban muy de vez en cuando.
-En el 12 faltan muchas cosas-dije con frialdad, desabrochándome la chaqueta, quitándome un guante y comenzando a extender la pomada sobre la herida. Picaba y escocía en un principio, pero luego calmaba aquella sensación, aliviándome por completo el dolor, más incluso de lo que lo había hecho la nieve previamente colocada. Suspiré, de alivio, pero también de sorpresa. Jamás de los jamases habría imaginado que existiera una sustancia capaz de hacer en horas lo que nuestros remedios hacían en días.
Acabé de tratarme la herida, y me dispuse a guardar el botecito, pero vi como Silk se limpiaba la sangre que manaba de una de las heridas de su mejilla con el dorso de la mano. Apreté los labios, y sabiendo que era una estupidez lo que iba a hacer, le tendí la pomada. Ella miró mi mano con cierto recelo, como si no se fiara de mí.
-¿Quieres que yo también me la eche?-me preguntó.
-Es lo mínimo que puedo hacer, ¿no? Por haberme retrasado media hora-dije, haciéndole un gesto para que la cogiera. Arrugó un poco el ceño, pero luego tomó el bote que le tendía, y se aplicó una capa de crema sobre sus mejillas. Me devolvió la pomada con algo de culpabilidad en sus ojos claros, y se mantuvo en silencio mientras envolvía el bote en el paracaídas y lo guardaba en uno de los bolsillos de mi pantalón.
-Siento haberme pasado antes contigo-musitó, en voz baja-Supongo que tiene que ser duro para ti enfrentarte a alguien de tu distrito, aunque si he de ser sincera, creo que hiciste bien no escogiéndole como aliado. Es un inútil.
-Jack no es un inútil-contesté de modo casi automático, promovida por el recuerdo de la amistad que en un pasado tuvimos-Puede que no sepa manejar un arma o que parezca poca cosa, pero sabe sobrevivir. Todos los que venimos del Distrito 12 sabemos hacerlo, pues caminamos siempre entre la vida y la muerte.
Silk me miró, algo sorprendida, pero luego sacudió una sola vez la cabeza, se estiró y miro a nuestro alrededor. En su rostro se dibujó una expresión preocupada, mientras que giraba sobre sí misma, examinando los lindes del claro.
-¡No consigo adivinar por donde hemos venido!-gimió-¡Todos los laterales del claro son iguales!
Fui a contradecir esa afirmación, pues tras tantos días pasados en los bosques, sabía que siempre había algo que diferenciaba un árbol de otro. Pero cuando me dispuse a examinar los aledaños de nuestra posición, me di cuenta de que Silk tenía razón. Todos eran iguales. Estábamos perdidas, sin comida, sin agua, sin mantas. Íbamos a morir.

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