martes, 10 de julio de 2012

CAPÍTULO 2


La increíblemente blanca sonrisa de la chica del Capitolio brillaba con fuerza mientras que ella caminaba con paso seguro y firme hacia la urna que contenía las papeletas de las candidatas femeninas. A mi alrededor, se hizo un silencio, mientras que ella, con un tono de voz demasiado alegre para el temor que se respiraba, recitaba con su afectado acento capitolense la conocida y temida frase.
-Las damas, primero.
Estaba segura de que se podía escuchar el sonido de un alfiler cayendo, tan tenso era el ambiente. La chica que tenía al lado, una jovencita de mi misma edad de cabello claro y ojos azules, parecía temblar como si estuviera siendo azotada por un vendaval. Su pelo y sus ojos la identificaban como hija de comerciantes, la clase algo más acomodada que vivía en el Distrito 12, en la ciudad. Su vestido parecía más valioso que un simple retal de mi atuendo.
Arriba, en el escenario, Athenea avanzaba hacia el micrófono, con una papeleta en la mano. La desdobló con dedos ágiles y leyó con su timbre cantarín el nombre en ella escrito.
-¡Silvana Goldfield!-trinó con un entusiasmo casi terrorífico, y la chica que tenía al lado, la rubia y temblorosa chica, se puso de un horrible color verde. Parecía a punto de vomitar, mientras que intentaba caminar hacia el estrado, donde la mujer capitolense pasaba nerviosamente el peso de su cuerpo de un pie a otro. Sus perfiladas cejas se movían nerviosamente, mientras que un par de Agentes de la Paz tomaban a la desdichada por los brazos y la arrastraban hacia el escenario, prácticamente. La muchacha parecía una muñeca entre sus manos, dejándose llevar, casi anonadada, mientras que yo, interiormente, reprobaba aquel comportamiento. ¿Aquella había sido la designada por la suerte para ser una tributo? Parecía de la misma pasta que la del año anterior, igual de débil, igual de prescindible. De reojo, mientras Silvana era subida al estrado, pude ver como mi madre suspiraba, agradecida. Claro, para ella, el horror a verme en el lugar de la criatura que en esos momentos ponía sus pies sobre las tablas, acababa de pasar para siempre. Nuestros ojos se cruzaron, y en ellos vi el alivio reflejado con una claridad casi dolorosa, tanta, que mis tripas incluso se encogieron involuntariamente. ¿De veras quería yo traicionarla, por un simple sueño? No podía ser peor persona ni aunque me entrenara para ello.
De repente, un grito desgarrador nos hizo envararnos a todos los asistentes. El mentor de nuestro distrito intentaba calmar a la tributo, que en esos momentos se retorcía entre las manos de los que la custodiaban. Sus globos oculares estaban especialmente abiertos, con un gesto enloquecido que casi hacía suponer que la chica estaba poseída. 
-¡Dejadme!-bramaba con toda la fuerza de sus pulmones-¡No quiero ir, no quiero morir! ¡Quiero seguir viva! ¡Soltadme! ¡No quiero ser una simple carnaza para el maldito Capitolio!
Se había vuelto loca. Los murmullos entre las filas de asistentes comenzaron a extenderse como la pólvora, mientras que los alaridos de Silvana cortaban el aire del mediodía.
-Pobre chica-susurró una niña de la Veta, situada dos filas detrás de mí-Dicen que no está muy bien de la cabeza. 
Lo cierto es que Silvana bien podía estar loca, viendo como berreaba por ser liberada. Athenea, con el gesto compugnido, se giró hacia el alcalde, musitando algo. El hombre asintió con la cabeza, y la chica fue introducida en el interior del edificio de justicia, bien sujeta por los agentes. Aún dentro de la mole de piedra, sus gritos eran audibles.
-Vaya, una chica con carácter-jadeó la mujer, recuperando la sonrisa-Y ahora, el candidato masculino…
¿Qué? ¿No iba a pedir voluntarios? ¿No iba a darme la ocasión de poder ofrecerme por esa pobre loca que en esos momentos debía de encontrarse en alguna lúgubre dependencia de aquel edificio? Nadie parecía haberse dado cuenta de ese puntual hecho, mientras que la mujer tomaba una papeleta de la segunda de las urnas. No podía hacerlo, no podía arrebatarme la ocasión… intenté alzar la voz, hacerme notar, decirle que se estaba saltando un paso protocolario, pero mi garganta estaba seca, y las palabras que intenté pronunciar se vieron reducidas a un graznido.
-Y el tributo masculino-dijo la mujer nuevamente, abriendo el nuevo papelito con dedos ágiles-es ¡Jack Wood!
Fue como si me hubiera caído a una piscina helada. ¿Jack, tributo? Jamás se me pasó por la cabeza que él fuera a ser enviado a los Juegos, era como si creyera que por el simple hecho de ser del Distrito 13, iba a poderse librar de tal destino. Estaba claro que los Wood deberían haberse empadronado en el 12, pues el nombre de su hijo había entrado en la cosecha. Con los ojos picándome por las lágrimas que no osaba derramar, vi como mi amigo era subido al escenario, y presentado por Athenea, que sonreía el doble, si es que era posible.
-¿Algún voluntario?-preguntó, escaneando a la multitud con sus ojos azules. Nadie habló, como era de esperar, por lo que Jack también pasó bajo custodia-¡Bueno!-exclamó-Ya tenemos a los dos valientes que lucharán por la victoria en los próximos y esperados Juegos del Hambre. ¡Qué emoción! No olvidéis que…
Mi garganta, parecía decidida a seguir chirriando, pero estaba demasiado confusa como para poder permitirme el lujo de callarme. Quería ir a los Juegos, a pesar de que Jack sería mi contrincante de acudir. No podía dejarle marchar, a sabiendas de que apenas sobreviviría unos días en la arena.
-¿No va a pedir ningún voluntario para sustituir a la chica?-dije en alto, y mi voz chirrió. Me aclaré la garganta, y proseguí-Ese es el protocolo, ¿no es cierto?
La mujer me sonrió, nerviosa, atusándose su plateado y artificial cabello. Parecía nerviosa por algo, y el tono de su voz fue más estridente de lo normal cuando me dirigió la palabra. Era como si lo ocurrido la hubiera superado por completo.
-Bueno, querida, hemos considerado que el caso de la señorita Goldfield carece del beneficio de un voluntario-trinó con una falsa sonrisa.
Continuó hablando algo más, pero no escuchaba. Mi oportunidad se había ido a paseo, y estaba segura de que la culpable había sido Silvana, queriendo o sin querer. Al haber insultado al Capitolio, se había condenado a sí misma… y su condena había sido el ser enviada a los Juegos. Ahí se veía la poca credibilidad que le daban a nuestro distrito; ya daban por sentado que nuestros tributos morirían.

Esa misma noche, la familia Wood vino a cenar con nosotros. Jace Wood, el patriarca, parecía anonadado, en tanto que Alice no dejaba de llorar. Mi madre les sirvió sendas tazas de té caliente, que la pareja rechazó. No era para menos, acababan de despedirse de su hijo, seguramente para siempre.
Mizzy, como queriendo ayudar, se había sentado al lado de la pareja, lamiendo las manos de cada uno de ellos por turno, como queriendo reconfortarlos. Yo, por mi parte, me había retirado a un discreto segundo plano, sin ánimo alguno de intervenir en la desdicha de esa familia. Lo cierto es que su suerte era pésima, viendo que no eran más que unos exiliados que ahora perdían a su vástago por culpa de aquellos que los habían echado de su hogar.
-Tal vez Jack sobreviva-les decía mi padre con tono sosegado, como si fuera una de esas rimas que se usan para calmar a los niños-No todo está perdido.
-Mi hijo no sabe luchar-se lamentó Jace con verdadero dolor-No sabe defenderse, ¡perecerá en cuanto sea lanzado a ese maldito estadio!
-¿Por qué se nos castiga de este modo?-gimió Alice-¿Qué hemos hecho para merecer esta serie de desgracias?
Me acerqué con paso vacilante. La pérdida de Jack también me dolía, aunque suponía que mi dolor no se podía comparar al de su familia. Tal vez sonase incluso hipócrita por mi parte el intentar compararlo.
-Jack venía conmigo a los bosques. Algo de supervivencia sí sabe.
Era una mentira piadosa, al menos en parte. Es cierto que me acompañaba a veces a cazar, pero él jamás empuñó un arma, ni rastreó a una presa. Era un chico pacífico, y acababa de ser enviado a un lugar donde solo asesinando podría sobrevivir. Por mucho que me doliera, él no tenía muchas opciones.
La luz que entraba por la ventana era cada vez menor. La noche caía, y las primeras estrellas hacían acto de presencia. Lejos, en cualquier punto de Panem, Jack, junto con aquella pobre loca llamada Silvana, cruzaban el país en un lujoso tren, en dirección al Capitolio. Los “héroes” de la cosecha estaban en camino de la enorme ciudad que dirigía nuestro país. Y yo, me había quedado fuera.

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