martes, 10 de julio de 2012

CAPÍTULO 3


Esa noche, el sueño tardó en llegarme. Daba vueltas y vueltas en la cama, mirando de reojo como la luna trazaba su paso por el cielo a través de mi ventana. Las escenas de la pasada jornada seguían rondando en mi cabeza, produciéndome una fuerte jaqueca que me impedía relajarme lo necesario para dormirme. La pobre loca de Silvana siendo elegida como tributo, Jack siendo presentado ante todos como uno de los “valientes” enviados a la lucha, la decepción al saber que tanto entrenamiento no me iba a servir para nada, los rostros abatidos de los Wood. El dolor que había visto en sus ojos era tan inmenso que me llegaba incluso a asustar; ya habían dado por hecho que su hijo no volvería vivo al Distrito. Lo cierto es que ese pensamiento me sorprendía, sobre todo por la optimista de Alice, capaz de sonreír incluso cuando su vida anterior había quedado reducida a cenizas por la “bondad” del Capitolio. No sé por qué, pero jamás de los jamases habría creído que Jack pudiera ser elegido, simplemente se me hacía imposible imaginarme a ese chico cordial y simpático teniendo que luchar contra otros veintitrés jóvenes.
Durante la cena, habíamos visto los resúmenes de las cosechas, un programa de visionado obligado para todos. Vi con cierta resignación como los tributos eran ovacionados como héroes en algunos distritos, sobre todo en los distritos 1,2 y 4, en los cuales se decía que los niños estaban comenzando a ser entrenados para ir más preparados a los Juegos, una táctica muy similar a la que yo había seguido. En los distritos más pobres, sin embargo, los elegidos apenas si eran aclamados. Este año, el Distrito 7 enviaba a un niño de doce años de aspecto angelical y desnutrido, lo que había provocado entre mi familia un sentimiento de mudo pasmo. A nadie le parecía justo que niños de tan tierna edad fueran enviados, casi siempre eran los primeros en caer. 
Nuestro Distrito, como era habitual, salió en el último lugar. Pude ver bajo una nueva perspectiva el rostro asustado de Silvana, lo que hacía la situación más triste, si es que era posible. Los presentadores, con frialdad, comentaron como la chica se había condenado a sí misma a no poder optar a un voluntario, debido a sus insultos contra el gobierno de Panem. Si la chica hubiera tenido una mínima posibilidad, fuera del tipo que fuese, de ganar los Juegos, estaba segura de que sería suprimida, de un modo u otro. Nadie insultaba al Capitolio sin pagar las consecuencias, y menos en un evento que se retransmitiría en todo Panem. Era extraño que no hubieran ejecutado a la familia de la tributo por su osadía.
Odiando la mala suerte que parecíamos tener siempre, ya fuera de un modo o de otro, me di la vuelta en la cama, volviendo a pensar en Jack. Seguro que se encontraba ahora mismo en un lujoso vagón de tren, siendo mimado por los enviados del Capitolio, probablemente durmiendo entre sábanas de seda… si es que podía dormir, claro. No olvidaba que, para él, ser un tributo no era un premio, ni una oportunidad de mejorar las cosas. Era una sentencia a muerte.

A la mañana siguiente, no encontré las fuerzas necesarias para dejar el lecho e irme a cazar. Tenía mucho que asumir, mucho que asimilar, como para poder volver a la rutina. Escuchaba a mi madre tararear algo, moviéndose por el salón, estaba de buen humor ahora que su “hijita” jamás volvería a entrar en la cosecha. El alivio que su rostro reflejaba cuando volvíamos a casa, era notable, a pesar de que se encontraba disgustada por el avatar acontecido a la familia del Distrito 13. Se había contenido mientras estuvimos dándoles apoyo moral, pero una vez a solas, se había dejado caer en una silla, repitiendo la palabra “gracias” hasta la saciedad. No sabía a quien o a qué agradecía, pero conocía de sobras el motivo por el cual pronunciaba aquella palabra.
Intenté dormir algo más, reprimiendo en mi memoria el rostro aliviado de mi progenitora, pero me fue imposible. Siempre que cerraba los párpados, mi cerebro proyectaba las imágenes de la cosecha, regadas con unas notas de resignación y envidia que me ponían enferma. Parecía no resignarse al hecho de que me había quedado fuera de los Juegos para siempre, un hecho que, lógicamente, debería haberme alegrado y no al revés. El haber perdido la ocasión, significaba que seguiría siendo una pobre chica minera hasta el resto de mis días, significaría que en un futuro, debería bajar yo también a las minas para poder conseguir algo más de dinero. Odiaba esa idea, pues aborrecía las cuevas mineras. Había bajado con el colegio, cuando cada año nos hacían recorrer las minas para irnos habituando al que sería nuestro lugar de trabajo. El olor a carbón junto con el de la tierra húmeda siempre me acababa mareando, y cuando abandonábamos aquellas profundidades, no hacía más que repetirle a la profesora que, al año siguiente, no volviera a llevarnos.
Viendo que el sueño quedaba totalmente fuera de mis opciones, abandoné la cama, acercándome al salón, donde mi madre no tardó en ponerme delante unas porciones de pan seco con algo de queso por encima. El desayuno. El pan basto apenas si pasaba por mi garganta mientras me esforzaba en comer, con la cabeza rebotando entre esta y aquella idea absurda y estúpida, seguramente producto de mi noche en blanco. Mi madre cotorreaba sin parar, ordenando una cosa, reorganizando otra, mientras que yo masticaba en silencio. De repente, un zumbido de estática proveniente del viejo televisor que teníamos sobre una mesita, pegada a una de las paredes, nos hizo volvernos en su dirección. No teníamos electricidad en la Veta salvo unas cuantas horas al día, aunque por la época de los Juegos siempre contábamos con suministro de luz suficiente para ver los acontecimientos. Sin embargo, nadie esperaba que la programación empezara tan temprano, pues el primer evento previo a los Juegos era por la noche, el conocido “desfile” de los tributos. Por tanto, la otra opción justificable era que había pasado algo y se nos informaría, o el gobierno de Panem iba a dar un comunicado.
-Demasiado pronto para los eventos-mi madre había verbalizado mis pensamientos, mientras tomaba asiento en un pequeño taburete de madera, en frente del televisor. Yo, por mi parte, cambié la posición de mi silla para poder ver bien la pantalla.
El sello de Panem salió pocos segundos después, acompañado por las notas del himno. Luego, en pantalla, apareció un hombre de pelo rojo fuego y traje de brillante color negro, que sonreía con una sonrisa algo exagerada a las cámaras que le enfocaban, mientras que se percibía con claridad el bramido del público hacia su persona. Era Pollux Flickerman, un conocido presentador del Capitolio, y uno de los anfitriones de los Juegos. El año pasado, además de comentar las acciones de los tributos en la arena, había entrevistado a los mismos antes de ser enviados al estadio.
No entendía que hacía ese programa a esas horas. No había nada que resumir, nada había pasado todavía. ¿Entonces? ¿Es que tenían un as en la manga para estos Juegos? ¿Acaso iban a retransmitir en directo la llegada de los tributos al Capitolio?
-Buenos días, Panem-dijo el hombre, pero su tono de voz no era el habitual. Él siempre hablaba derrochando entusiasmo, y rara era la ocasión en la que no decía un chiste para iniciar el programa. Esos detalles me hicieron sospechar de que, tal vez, algo había salido mal-Me temo que hoy es una mala nueva la que me lleva a colarme en vuestros encantadores hogares. A nadie le gusta dar una noticia de este contenido, pero nos atañe a todos. A fin de cuentas, la pérdida de uno de nuestros adorados tributos antes de que comiencen los Juegos es algo que a cualquier habitante de nuestro gran país le afecta.
¿Qué? ¿Estaban diciendo que un tributo había muerto? ¿Cómo era eso posible? Según se decía, cuando los tributos eran elegidos, pasaban a ser custodiados por agentes de la paz en todo momento. Tal vez en el tren las cosas fueran diferentes, pero aun así me extrañaba que no fueran vigilados. ¿Quién habría fallecido? ¿Y qué pasaría por ello?
-Todos recordamos a la… encantadora señorita del Distrito 12, Silvana Goldfield-prosiguió el presentador, logrando que un escalofrío me recorriera por la espalda. ¿Silvana… había muerto?-Una chica peculiar, con unas ideas un tanto erróneas. Al parecer, decidió que no estaba lista para los Juegos, y tomó una decisión cobarde: ha sido encontrada esta mañana muerta en su vagón; al parecer se cortó el cuello. Ciudadanos de Panem, guardemos un minuto de respeto por el fallecimiento de esa pobre criatura.
Miré a mi madre, que se había quedado pálida. La muerte de esa pobre chica la había afectado, del mismo modo que a mí me había llenado de curiosidad. ¿Qué iban a hacer con una tributo menos? ¿Mandarían a alguien para escoger a otra chica, o simplemente mandarían a Jack como único representante del Distrito 12 a la arena?
Un fuerte zumbido sobre nuestras cabezas, me hizo dejar el resto del pan sobre la mesa y levantarme de mi asiento para ver que ocurría. Salí de la casa para ver una imponente mole negra que se deslizaba sobre nuestro cielo, con el sello del Capitolio en ella. Era un aerodeslizador, el transporte aéreo del Capitolio. No era habitual que vinieran ese tipo de aparatos hasta nuestro apartado distrito, y si lo hacían, solo significaba una cosa: problemas. Me fijé en como el aparato comenzaba a perder altura, aterrizando en una zona cercana a la ciudad. Al mismo tiempo que mis ojos bajaron siguiendo el ritmo del aerodeslizador, pude ver como un grupo de Agentes de la Paz iban llamado puerta por puerta, sacando a los habitantes de las casas y haciéndolos ir en dirección a la ciudad. Un grupo de mineros, llenos de carbón, se sumaban a la gradual procesión.
Entré de nuevo en la vivienda, casi corriendo, para tirar del brazo de mi madre, que se había quedado estática en su asiento.
-Creo que tenemos que ir a la plaza-djie, instándola a levantarse.
-¿Por qué?-dijo ella con voz ausente. Conseguí levantarla y tiré de ella en dirección a la calle.
-Los Agentes de la Paz están llamando puerta por puerta-repuse-Vámonos, así ahorraremos que husmeen por aquí.
No esperaba que fueran a registrarnos, pero me moría de ganas de saber que era lo que estaba pasando. El miedo a que descubieran los cuchillos de monte que teníamos en casa fue lo único que hizo que mi progenitora se decidiera a caminar. Mizzy, ladrando como loco, vino tras nuestros pasos, aunque no le presté la atención más que necesaria para cogerlo en brazos y llevarlo con nosotras.
-¡Id a la plaza principal!-nos gritó una mujer, uniformada de blanco como los demás Agentes, cuando nos vio salir a la calle-¡Y que la chica forme como en la cosecha!
¿Cómo en la cosecha? Esas palabras rondaban en mi mente mientras llegábamos a la zona indicada, fuertemente vigilada. El escenario del día previo seguía aún allí, con una única urna sobre él. Hoy, además, se encontraban tres personas subidas al mismo, con las manos atadas: un matrimonio y una chica, los tres rubios y de ojos claros. Comerciantes. Seguramente, los Goldfield.
Como en la jornada previa, me situé con las chicas en una zona delimitada con cuerdas. En los rostros que me rodeaban había miedo, dudas, temor. Solté a Mizzy, que corrió hasta las piernas de mi madre, mientras que adoptaba una postura tensa, expectante. ¿Qué iba a pasar? La presencia de los Goldfield no me calmaba en absoluto, parecía como si fueran a castigarlos por la decisión de su hija. El alcalde del distrito subía en esos momentos al escenario, acompañado de un hombre robusto y de aspecto severo, con el uniforme de Agente de la Paz. No le habíamos visto antes por el Distrito, por lo que supuse que sería alguien llegado en el aerodeslizador que hacía poco había visto.
Discutió en voz baja con el alcalde, negando este último varias veces con la cabeza. Entonces, el hombre de uniforme avanzó hacia el micrófono, se aclaró la garganta y su voz, dura, profunda y severa, resonó por la plaza.
-Habitantes del Distrito 12-comenzó-Nos ha traído hoy aquí un asunto oficial. La hija de la familia Goldfield, Silvana, la tributo de este distrito, ha cometido hoy una enorme traición contra el Capitolio. Se ha quitado la vida, cuando no estaba en sus manos ese beneficio, por lo que nuestro gobierno, para evitar que en un futuro sea esta una práctica común, ha decidido dar un escarmiento público a esta familia de traidores. Nuestro presidente, ha decidido, que, como castigo por los actos de la señorita Goldfield, sus padres sean ejecutados y su hermana, Dandelion, sea convertida en avox.
Un murmullo horrorizado corrió entre la multitud. La pobre niña condenada a ser avox, parecía más pálida que nunca. Todos conocíamos que era lo que le esperaba; los avox eran traidores a los que se les cortaba la lengua y se les obligaba a servir en el Capitolio. Ese, a mi parecer, era un destino mucho peor que la muerte. Prefería morir de pie, que vivir el resto de mis días arrodillada.
Dos Agentes hicieron avanzar al matrimonio, y arrodillarse. Cuando estuvieron posicionados, primero él y luego ella, recibieron un balazo en la cabeza. Ambos cuerpos se desplomaron sobre el escenario, mientras que a mi alrededor, todos contenían la respiración. El miedo era palpable, el miedo y el asco.
Retiraron los cadáveres mientras que un nuevo Agente de la Paz sacaba un extraño y afilado cuchillo, y ordenaba a otros que sujetaran a la niña y le abrieran la boca. Aparté la vista cuando vi como el filo del arma se acercaba a la sonrosada lengua de la criatura, pero no pude evitar escuchar su grito de dolor. Alguien, en las filas de atrás, tuvo un ataque de arcadas. Estaba siendo un espectáculo repugnante, pero al mismo tiempo “moralizante”. Ver como una simple niña era mutilada de ese modo por los actos de su hermana, quitaría a los futuros candidatos a tributos la idea de la cabeza de arrebatarse la vida. Así era como el Capitolio nos “educaba” mediante la violencia y la barbarie.
Limpiándose las manos manchadas de sangre, el Agente enviado volvió al micrófono. ¿Qué iba a ocurrir ahora?
-Ahora que la justicia, por fin ha sido aplicada-comenzó, y un murmullo de desacuerdo floreció entre nosotros. ¿A qué cosa se llamaba justicia en Panem?-Vamos a elegir a una nueva tributo que sustituya a la fallecida señorita Goldfield. Veremos quien será la valiente que deberá competir en los Juegos.
Se encaminó hacia la urna, con paso lento, mientras que mi respiración se aceleraba. Una segunda oportunidad para ir a los Juegos se estaba mostrando ante mí. No tendría que ser minera, podría aspirar a algo mejor. Todo dependía de la suerte, del papelito escogido… pero, ¿y si no era yo, y no volvían a pedir voluntarios? No iba a permitir quedarme fuera otra vez. Había que hacer algo desesperado, y hacerlo ya.
Así pues, aparté a las otras chicas, mientras me abalanzaba al frente del grupo, saliéndome de la zona delimitada.
-¡Me presento voluntaria!-grité-¡Me presento voluntaria como tributo!

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