martes, 10 de julio de 2012

CAPÍTULO 4


Fue como si el tiempo se parase, como si nadie osara mover un simple dedo. Las palabras pronunciadas seguían flotando sobre el aire de la plaza, como un miasma, mientras que la multitud callaba, sin saber como reaccionar a lo dicho. No era habitual que en nuestro distrito la gente se ofreciera voluntaria, y menos cuando ni siquiera se había pronunciado el nombre del candidato.
-Me presento voluntaria como tributo-volví a repetir con determinación, viendo como el Agente de la Paz, con la mano dentro de la urna, sosteniendo una papeleta, me miraba anonadado. Di un nuevo paso al frente, librándome de las manos de las chicas que me sujetaban, seguramente creyendo que me había vuelto loca. Aunque claro, había que estar loca como para querer ir por tu propio pie a un lugar donde tu muerte era algo más que probable. Hasta la fecha, ninguna persona se había presentado voluntaria en ninguno de los distritos, aunque todos conocíamos la opción. Lo que yo había hecho era una verdadera estupidez, según el punto de vista de los habitantes del Distrito 12. Muchos, seguramente, me estarían tomando por una suicida en ese preciso momento.
Mas había una cosa que ellos, todos los habitantes del distrito, desconocían. Yo, fuera desde el prisma que fuera, estaba más preparada que cualquier otra chica, o eso consideraba yo. Sabía cazar, sabía usar un arco y un cuchillo, sabía pasar hambre. No era una completa inútil, después de todo, tal vez tuviera verdadera madera de tributo, viendo la preparación que había tenido.
Los asistentes, de forma paulatina, fueron recuperando la capacidad de hablar. Los murmullos se fueron extendiendo, las cabezas se juntaban, cuchicheando. No era una persona muy conocida, pero mi rostro era familiar por ser el de la cazadora furtiva que a veces vendía las presas cazadas en el mercado negro. La movilidad parecía haber vuelto al Agente de la Paz, que en esos momentos terminaba de sacar el papel de la urna y me lanzaba una mirada sorprendida y curiosa.
-Antes deberíamos leer el nombre de la ganadora del sorteo, presentarla y luego preguntar si alguien quiere ocupar su lugar-dijo con un tono algo petulante.
-Creo que no merece la pena-el alcalde me observó de arriba abajo-Es la misma chica que preguntó por la opción de ofrecerse por la señorita Goldfield ayer mismo. Se ve que está interesada en acudir a los Juegos. Déjela, ¿acaso tiene importancia que sea ella o sea otra la enviada?
Esas palabras, mientras eran pronunciadas, me habían tenido completamente quieta en la posición adoptada, completamente tensa, con las piernas separadas y firmemente aposentadas en el suelo de la plaza, y las manos crispadas en puños.
-Está bien-dijo el hombre de mala gana-que suba.
Dos Agentes de la Paz, situados a los pies del escenario, se dirigieron hacia mí, con paso sincronizado, extendiendo las manos para sujetarme los brazos como ayer hicieran con Silvana, como si creyeran que yo fuera a resistirme. Sus dedos, enguantados, casi me rozaban, cuando un grito desgarrado, agónico casi, resonó por la plaza con tanta fuerza que casi parecía inhumano. Era un alarido de pleno dolor, un grito desesperado, que helaba el alma al percibirlo. No parecía articular nada, cuando se repitió, percibiéndose ahora con claridad que era lo que se estaba gritando. Era un nombre. Mi nombre. No me hico falta girarme sobre mis talones para saber quien había sido la persona que había soltado tal grito. Era mi madre, que en esos momentos corría en mi dirección, sus pies tropezando en el adoquinado, sus manos extendidas en mi dirección, sus ojos llenos de lágrimas. Mi padre, lleno de carbonilla y con la ropa de faena de las minas, la seguía, intentando aferrarla, pero sin conseguirlo. Las lágrimas abrían surcos en la porquería de su rostro, a pesar de que intentaba mostrarse impasible. Se suponía que los hombres de nuestro distrito nunca lloraban, que el llanto solo estaba permitido a las mujeres.
-¡Chrysta!-gritaba mi madre, en solo unas cuantas zancadas llegaría a mi posición-¡Chrysta, no! ¡No os la llevéis a ella, por favor, no os la llevéis!
Su dolor era palpable en su temblorosa voz. Varias personas, la mayoría de la Veta, corrieron tras ella, logrando al fin retenerla. Mi padre la sostenía con firmeza, tratando de evitar que se soltara, que se liberara y corriera en mi dirección. Me miraba con una expresión tal de pena y desconcierto, que noté como la garganta se me cerraba. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había podido olvidar el dolor que iba a causar a mi familia mi marcha a la arena? Lo hacía por ellos, pero dudaba que atendieran a las razones que pudiera darles. Estaba segura de que preferirían seguir siendo pobres, teniéndome en casa, que conseguir una vida mejor viéndome a cambio pasar por los Juegos. Sin dudas, había cometido un acto miserable, egocéntrico en todos los aspectos, al ofrecerme de un modo tan desinteresado. Debería haber pensado en las consecuencias de mis actos, antes de ejecutarlos. Pero ya era tarde, ya no había vuelta atrás. Al pronunciar aquellas palabras, había firmado el “contrato”, por llamarlo de alguna forma. Ahora, en ese mismo segundo, por extraño que me resultara, era una tributo.
El tumulto formado por mi familia había hecho que los Agentes permanecieran en sus puestos, como si esperasen que mis progenitores fueran a abalanzarse sobre mí. Viendo que ya habían sido controlados por los demás asistentes, me tomaron por ambos brazos, escoltándome hacia el escenario, desde el cual era vigilada por el enviado del Capitolio, como si se pensase que me fuera a escapar de un momento a otro.
Mis pies parecían de plomo mientras subía las escaleras y era situada enfrente de la multitud, que me miraba con gestos silenciosos y sorprendidos.
-¿Cómo te llamas?-el hombre se aproximó a mí. Despedía un olor dulzón, como a algún tipo de resina, que me mareaba. De cerca, pude constatar que tenía unos extraños tatuajes dorados por toda la cara.
-Chrysta Clearwater-dije con voz firme. Vi como aún sostenía en la mano el papelito de la candidata. Sentía curiosidad por saber por quien me había ofrecido voluntaria, aunque no me parecía apropiado decir tal cosa cuando todo Panem debía estar viéndome.
-Una chica valiente, ya lo creo-aunque era un halago, su voz no era en absoluto simpática-Démosle un aplauso a la nueva tributo del Distrito 12.
No sabía que esperaba. Si un aplauso discreto, si algún tipo de gesto… pero nadie se movió, simplemente se quedaron quietos, mudos, inmóviles, mirando en mi dirección. Lo único que rompía el silencio eran los sollozos de mi madre, sollozos que conseguían arraigarse en mi interior y hacerme sentir especialmente rastrera. Yo, y solamente yo, era la causa de esa angustia que la aquejaba. Había sido feliz durante un día, creyendo que su única hija viva se había librado de ser enviada a los Juegos. Solo un día había durado aquella quimera, hasta que el suicidio de Silvana y mi inmolación la derribaron por completo.
-¿La llevamos al interior de edificio?-inquirió el alcalde, mirándome de soslayo.
-No tenemos tiempo-respondió el hombre, con rudeza-Ha de estar en el Capitolio esta misma noche para el desfile, no podemos distraernos en lo más mínimo. Tenemos que irnos ya.
¿No iba a poder despedirme? Siempre dejaban una hora a los tributos para que se despidieran de sus familiares y amigos, pero al parecer esa opción a mi no se me daba. Me habría gustado poder decirle a mi familia que no se preocuparan, que todo iba a salir bien, que podría ganar los Juegos, que me había entrenado a mí misma durante dos años. Pero claro, iba a serme imposible, pues me mandarían al Capitolio de inmediato. Mas no pensaba irme sin una despedida, fuera del tipo que fuera. Así pues, me llevé los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios, para luego señalar a mi familia con ellos. Ese simple gesto, un gesto de gracias y despedida a un ser querido, hizo que el llanto de mi madre cesase, y me mirase con completa resignación. Con un gesto tembloroso, llevó también los tres dedos de su mano izquierda a sus labios, para señalarme a mí con ellos del mismo modo que yo había hecho. Mi padre también imitó el gesto, del mismo modo que Jace y Alice Wood.
El momento parecía eterno. Me sentía conectada con todos ellos, más que nunca, como si yo no estuviera en esos momentos completamente vigilada. Pero se quebró en cuanto los Agentes de la Paz me hicieron andar, bajando del escenario nuevamente y avanzando por un pasillo que los asistentes habían formado. Conforme íbamos avanzando, la gente repetía el gesto, como si fuera el movimiento de las hojas por el viento. Cuando la plaza quedó a nuestras espaldas, todos los asistentes habían alzados sus manos en mi dirección.

No me llevaron a la estación de tren, sino que me condujeron a una explanada situada a las afueras de la ciudad, donde había aterrizado el aerodeslizador. El despliegue de Agentes de la Paz a su alrededor era apabullante, todos pendientes de mis gestos conforme me iba acercando al enorme medio de transporte. No habría tren para mí, para la sustituta del 12; iba a ser enviada por los aires, lo más rápido posible.
Accedimos al interior del aerodeslizador por una empinada rampa que se perdía en las entrañas del aparato. Yo, junto con mi escolta, fui la última en entrar, de modo que cuando mis pies se posaron en el interior, el acceso fue cerrado con rapidez a mis espaldas, con un sonido que me encogió el corazón. Me sentía presa en aquella estancia en penumbra, iluminada por tubos de luz de un azul fluorescente, sin ventanas y sin puertas visibles. Los Agentes se desperdigaron por la zona mientras que sentía como el suelo comenzaba a vibrar bajo mis pies. Despegábamos.
No sabía que debía hacer. ¿Me quedaba allí, esperando a que vinieran a por mí? ¿O tenía que hacer otra cosa? Me sentía intimidada por las miradas de los presentes, que estudiaban mis movimientos con precisión. Seguramente yo iría más vigilada, por si se me ocurría suicidarme.
Una puerta disimulada en la pared que había a mi izquierda, se abrió, dejando paso a las tres personas más estrafalarias que había visto en mis años de vida. Eran tres mujeres, altas y excesivamente delgadas. Una de ellas tenía la piel azulada y el pelo de un color azul muy oscuro; otra, poseía una melena verde y una piel artificialmente sonrosada. La tercera estaba muy bronceada, y tenía tatuajes en sus brazos, y un pelo corto y de color rosa chicle.
Las miré, sorprendida, mientras que las tres, sin dejar de parlotear, se acercaban hacia mí.
-…menudo día, tener que cruzar todo Panem para recoger a una nueva tributo… ¡ni que una fuera un pájaro!
-Piensa en la publicidad, querida, vamos a ser el distrito más comentado por el desastroso incidente de esa loca…
-¿Qué vamos a hacer en este lugar? ¡No tendremos las mismas facilidades que en el Centro de Renovación!
Me rodearon como si fuera una presa indefensa, comenzando a toquetearme por todas partes: el pelo, el rostro, los brazos… no dejaban de hacer comentarios sobre mi aspecto físico y sobre lo que deberían retocar de mí antes de que llegásemos al Capitolio. Supuse que me encontraba ante mi equipo de preparación, aquellos que se encargarían de darme una imagen “agradable” antes de que fuera presentada ante el Capitolio. Consideraba ese hecho una pérdida total de tiempo, pero conocía la importancia del aspecto en la búsqueda de patrocinadores, de aquellos que, económicamente, financiaban a un tributo durante los Juegos. 
Se presentaron como Acqua la mujer de pelo y piel azul; Jeda la del pelo verde, y Madya la del pelo rosa. Me condujeron por un pasillo pobremente iluminado hacia una sala donde en cuyo centro se alzaba una camilla. Las paredes, completamente opacas, despedían un inquietante brillo. Antes de que me tumbaran en la camilla, pude ver una enorme mesa llena de botes y extraños utensilios.
Fue lo peor de todo el viaje, sin dudas. Al no tener tiempo para que yo pasara por el Centro de Renovación, debería ser tratada durante el vuelo. Primero me aplicaron una horrible sustancia pegajosa en las piernas, la cual fue retirada con trozos de papel, los cuales se llevaban aquella especie de cataplasma y el pelo que había debajo. Este proceso se repitió en mis brazos y en mis axilas, para luego ser recreado a una menor escala en mis cejas. Una vez listo, fui embadurnada en una especie de crema que alivió mi dolorida piel, dejándola luego suave y tersa. Me lavaron el pelo a conciencia, y le aplicaron productos para que estuviera brillante y sedoso. Todo esto, sin dejar de cotorrear ni un momento, haciendo oídos sordos a mis protestas.
Cuando consideraron que estaba lista, salieron en tropel a mi alrededor, conduciéndome a una nueva estancia, esta con grandes ventanales que permitían ver el paisaje aéreo bajo nosotros, donde se me había servido una comida. Había varios platos con carne, otro con algo que parecía arroz, unos vasos llenos cada uno de un líquido de un color diferente, y un frutero lleno a reventar de piezas de frutas. Nunca había visto tanta comida junta, ni de un aspecto tan extraño. Las piezas de carne formaban dibujos en los platos, las salsas que habían servido por encima realzaban la ilusión, el servicio parecía de porcelana fina… nada que se pudiera comparar con los platos de barro que usábamos en casa.
-¿Cuánto queda para el Capitolio?-pregunté, sirviéndome un poco de todo. Sabía que el viaje en tren duraba menos de un día, pero desconocía cuanto nos llevaría en aerodeslizador.
-Una media hora o así-dijo Jeda, con su clásico y afectado acento del Capitolio-¡El tiempo justo para que comas algo, antes de ser recibida por tu estilista!
Comí en silencio, con los ojos fijos en el cambiante paisaje. ¿Qué distrito sobrevolábamos en esos momentos, el 2, el 1…? No sabía bien cual era nuestra situación exacta en esos momentos, solamente comencé a ubicarme cuando había terminado de comer y pude ver las altas montañas bajo nosotros. Las conocía, eran las montañas que rodeaban la enorme ciudad que nos dirigía. Estábamos llegando.
Finalmente, las sobrepasamos y el Capitolio se abrió a nuestros pies. Mis ojos miraban asombrados los altos edificios, las amplias calles, los diferentes colores que se veían por doquier. Todo era excesivamente colorido, los edificios poseían caprichosas formas, casi de fantasía. La ciudad se extendía hacia donde abarcaba la vista, jamás pude imaginar que una metrópoli pudiera tener tal tamaño.
-¿Precioso, verdad?-trinó Acqua, asomándose a la misma cristalera que yo-No tiene nada que ver con ese distrito tuyo.
-Bueno, se podría decir que no se pueden comparar-respondí, mientras descendíamos poco a poco sobre el tejado de un edificio achatado y oscuro-¿Es el Centro de Entrenamiento?
-¡Por supuesto que no!-exclamó Madya-¿No querrás perderte el desfile, ¿verdad? Es el Centro de Renovación, donde te reunirás con tu compañero y tu mentor, pero antes, deberás pasar por manos de Hermes. Ya sabes, tu estilista-añadió, al ver mi expresión de desconcierto.
No llegamos a tomar tierra, sino que me hicieron aferrarme a una escalera de mano que me hizo quedarme completamente rígida mientras descendíamos hacia el tejado. En este se veían dos figuras, que parecían alzar la vista hacia nosotros. Cuando mis pies, finalmente, se posaron sobre las blancas losas de aquella especie de azotea, pude ver que las dos personas que me estaban esperando eran Athenea, la mujer que seleccionaba los nombres en la cosecha, y un hombre bien entrado en años, de pelo color violeta y gemas moradas implantadas sobre las cejas, ataviado con un traje lavanda, que me lanzó una leve sonrisa en mi dirección.
-¡Bienvenida!-canturreó Athenea. Ese día había mudado su vestido azul de la cosecha por uno verde pistacho-¡Bienvenida al Capitolio, mi queridísima tributo!

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