martes, 10 de julio de 2012

CAPÍTULO 5


-¡Le he dicho que tengo que hablar con la nueva antes que nada! ¡Hay mucho por concretar!
-¿Pero quiere dejar de increparme con ese soez y vulgar ademán de su Distrito? ¡Antes tengo que dejarla presentable, ya se sabe que si la materia prima no es muy buena, ha de dedicarse más tiempo a ella! ¡Y no me escupa cuando pronuncie, botarate!
Aquella pelea entre Hermes, mi estilista; y el que era ahora mi mentor, cuyo nombre era incapaz de recordar, ¿o directamente no lo conocía? Llevaba ya unos buenos cinco minutos de duración. Todo había empezado cuando fui introducida en el Centro de Renovación, acompañada por Athenea y Hermes, que parloteaban entre sí de como el desgraciado final de la pobre Silvana les iba a ayudar a conseguir una mayor publicidad. Ambos parecían disconformes con trabajar para el distrito minero, aunque sinceramente, eso no me extrañaba; el año pasado no fuimos de los mejores distritos, y nada podía asegurarle a esa pareja de capitolenses que las cosas fueran a mejorar este año. 
El plan inicial habría sido que Hermes hubiera pasado conmigo a una sala donde me esperaría ya mi atuendo para el desfile, para luego, ya ataviada, ser presentada a los demás miembros que conformaban todo el equipo del Distrito 12. Pero por suerte o por desgracia, cuando apenas estábamos entrando en la estancia deseada, nos salió al paso aquel enorme hombre con todas las trazas de los habitantes de la Veta, que con muy malos modales, exigió poder cruzar unas palabras conmigo antes de que el estilista comenzara a prepararme. Tal vez, de haberse hecho todo como él pedía, seguramente ya habríamos terminado aquella pequeña entrevista, pues dudaba que fuera a someterme a un riguroso interrogatorio. Pero no, Hermes, realmente enfurecido por su poca delicadeza al interrumpirnos, se había enzarzado en una acalorada discusión con él. ¿El resultado? Me habían mandado dentro de la estancia, donde acabé tirada en un sofá, esperando resignada a que aquellos dos dejaran de gritarse como dos críos. Ninguno parecía dispuesto a dar su brazo a torcer, por lo que me quedaba pasar un rato más a solas.
Desde mi improvisada cama, donde me había tumbado de forma poco protocolaria, podía examinar como era el sitio donde me habían metido. El interior de aquel edificio, a fe de ser sincera, no distaba mucho del aerodeslizador: paredes oscuras, luces fluorescentes, alguna que otra ventana ocasional… de no ser por la fala de la leve vibración que sacudía al aerodeslizador mientras volaba, se podría haber dicho que estaba aún dentro del aparato.
Busqué una postura algo más cómoda, estropeando de paso el trabajo que mi equipo de preparación había efectuado con mi pelo, justo cuando la puerta de acceso se abrió, dando paso a aquel impasible ser que se definía a sí mismo como “mi mentor”.
-¡Solo cinco minutos!-vociferó el estilista desde la puerta, para recibir como respuesta un gruñido de parte del interpelado. Este, tomó asiento en el mismo sofá donde yo me encontraba tumbada, logrando que me incorporara de un respingo, encogiendo las piernas debajo de mi cuerpo. Los grises ojos del hombre me recorrieron de arriba abajo, mientras que en su rostro se esbozaba una mueca que me resultaba difícil de interpreta. ¿Estaba disgustado por lo que veía? ¿Esperaba, tal vez, a una de esas jovencitas de encantador aspecto? Desde luego, si eso era lo que buscaba, yo no era su chica. Infravaloraba demasiado el físico como para ser una de esas frívolas.
-¡Qué me aspen!-dijo finalmente, mientras fruncía levemente el ceño-¡Nos han mandado a una fregona humana!
Su voz era ronca, como si los años le hubieran hecho mella en su garganta. Su acento era el clásico y tosco de nuestro distrito, y hablaba arrastrando las palabras, como si su mera pronunciación le diera pereza. Aunque lo cierto es que en ese momento me preocupaba más aquel comentario sobre mi persona. ¿Fregona? Había miles de adjetivos para usar en una frase que sonaban la mitad de ofensivos. Agreste, verbigracia. Rústica. Descuidada. Estaba claro, fuera como fuese, que la delicadeza no era una virtud de aquel hombre, viendo como me había soltado aquello a bocajarro. Las estilistas del aerodeslizador no habían cesado de quejarse de algunos aspectos míos, pero siempre con una especie de doble intención, usando palabras que no sonaban tan acusadoras. En cambio, mi interlocutor se las había apañado para irritarme en el primer intercambio de palabras que teníamos, y eso no me hizo ninguna gracia. Una vocecita en mi cabeza me impulsaba a morderme la lengua, a regalarle una sonrisa sarcástica y mandarle a paseo, pero lo cierto es que eso no iba conmigo. Yo no era de quedarme callada y menos cuando me atacaban de una forma tan directa. Era demasiado orgullosa como para eso.
-Tal vez yo sea una fregona, pero me da a mí que en esta habitación, de las dos personas que ha, no soy la que necesita pasar por un buen baño. ¿No huele mal?-añadí, tapándome teatralmente la nariz.
La mirada que me lanzó en ese momento me hizo plantearme seriamente la opción de haberme pasado con mis palabras. No era que el hombre oliera mal, pero me daba la impresión de que era lo único con lo que medianamente le había podido increpar que no sonase pueril. Tal vez en ese mismo momento habría debido empezar a recitar una disculpa, pero me era imposible tal cosa. Era lo suficientemente consciente de mis defectos como para saberlos enumerar, y el orgullo me superaba. Yo jamás vocalizaba una frase de disculpa, simplemente aparecía al día siguiente como si nada hubiera pasado, como si lo ocurrido hubiera sido olvidado. Pero lo cierto es que, a lo largo de mis años de vida, eran pocas las ocasiones en las que había pronunciado la palabra “perdón”.
Me preparé para un aluvión de insultos, pero este no llegó. Para mi sorpresa, mi mentor sonreía de una forma cínica, como si mi comportamiento le hubiera divertido.
-Tienes carácter-dijo arrugando levemente la nariz al hablar-Me gusta, no pareces la clásica chica que se amilane cuando alguien le ladre a la cara. Mi nombre es Dust, Dust Ashes. ¿Y, tú eres…?
-Chrysta, Chrysta Clearwater-respondí, saboreando en mi mente el extraño nombre de mi mentor. Polvo en su nombre de pila, y cenizas en su apellido. No sabía en que podían estar pensando sus padres al llamarle de esa manera, aunque no iba a negar que resultaba algo original.
-Tienes un nombre cursi-dijo Dust, sin pelos en la lengua-De no verte cara a cara, habría pensado que eras una de esas chicas idiotas de la ciudad. 
-Habló el hombre con nombre de suciedad-rebatí, casi instintivamente. No me dio tiempo ni a recordar que no me encontraba enzarzándome en unas de mis habituales peleas en la Veta.
Mi comentario le hizo soltar una carcajada sarcástica, como si le hubiera contado un chiste. A mi parecer, mis intentos por ser borde no estaban funcionando, o era que ese hombre, directamente, estaba por encima de cualquier tentativa de frialdad por mi parte.
-Paso de ponerme a discutir contigo, mocosa-dijo una vez que se hubo serenado-Se me va a pasar el tiempo que ese amanerado de ahí fuera me ha dado para hablar contigo, y no habré hecho otra cosa que colmarte de insultos. Ya tendremos tiempo para ello, no te creas que te voy a dejar en paz. Lo cierto es que me siento levemente intrigado por tu… comportamiento. ¿De veras estás tan loca como para venir a los Juegos por tu propia voluntad? Se te ve inteligente, aunque claro, a lo mejor eres más idiota que una cabra.
Estuve muy tentada de balitar en ese momento, como eficaz respuesta a su “encantador” discurso. No me apetecía en lo más mínimo ponerme a narrarle la lista de motivos por los cuales había alzado la mano de forma altruista para ser enviada a la arena, pues consideraba que no era algo que le incumbiera. Quien sabe si se iba a poner en cuanto saliera de la estancia a contarle a todo aquel que se cruzara en su camino que su tributo se creía una profesional. Sí, estaba casi segura de que todos tomarían a risa que una chica de la Veta se considerara una profesional, sobre todo teniendo en cuenta a las dos tributos anteriores del distrito. Una inútil y una suicida. Seguramente, yo sería la “loca”. De modo que decidí dar una respuesta corta y poco reveladora.
-Nunca está de más tener un poco de acción en la vida, ¿no? ¿Y qué mejor que los Juegos para ello?-dije con calma, recostándome un poco contra el respaldo. Había sonado como una desequilibrada mental, pero no me importaba. Aquel tipo no me inspiraba confianza alguna, aunque debería hacerlo, después de todo, él sería quien me ayudara a ser patrocinada.
-¿Acción?-el hombre alzó una ceja y soltó un ruidito que parecía algo a medio camino entre una risa y una tos-¿Tú sabes de lo que estás hablando? ¿Tú sabes lo que te espera en la arena? Esto no es tan simple como bajar a las minas. Aquí tu vida va a depender de un hilo, y es muy posible que dicho hilo sea cortado. ¿De verás eres tan inconsciente?
-Mire-repuse perdiendo la poca paciencia que tenía-Se muy bien lo que me espera en cuanto los Juegos comiencen, no tengo mierda en los ojos y pude ver el año pasado todo lo que ocurrió. Puedo sonar a la clásica chica pretenciosa y estúpida al decir esto, pero no soy una completa inútil. Cierto, no se manejar armas sofisticadas o mortales como una lanza o una espada, pero se sobrevivir con un arco y un cuchillo, se alimentarme yo sola, y creo ser capaz de plantar cara a los otros tributos.
Mis palabras le hicieron volver a mirarme, como si antes no me hubiera visto bien. Soltando una especie de bufido, me agarró por los brazos y me hizo ponerme en pie.
-Déjame que vea…-musitó, mientras me palpaba sin comedimiento alguno, cosa que me incomodaba a más no poder-Sí… demasiado delgada, aunque claro, nadie en el distrito está gordo, se ve que has pasado hambre. Muéstrame tus brazos-ordenó, y estiré los mismos, siendo estos examinados también concienzudamente-Parecen en buena forma… y tus piernas-añadió, bajando las manos hacia esa zona-resultan firmes al tacto, acostumbradas al ejercicio, me atrevería a suponer. Entonces, ¿es cierto?-repuso mirándome a la cara nuevamente-¿Es cierto que este año me ha tocado a una luchadora de verdad?
Asentí levemente, con mal disimulado orgullo. Era la primera vez que alguien usaba el término “luchadora” para referirse a mi persona, y lo cierto es que me agradó. El sonido de esa palabra hacía que me sintiera fuerte, capaz. 
-Perfecto-dijo Dust con satisfacción-Esto nos va a venir de miedo para conseguir patrocinadores. ¡La chica no tan muerta de hambre de la Veta!
-En mi opinión, eso queda aún peor que un simple “tributo femenina del Distrito 12”-dijo una atiplada voz desde la puerta. Alcé la vista, para ver a Hermes, que nos miraba sosteniendo un pequeño y plateado reloj de bolsillo-Ya ha tenido el tiempo otorgado, señor Ashes. Ahora, si es tan amable…
Hizo un recargado gesto en dirección al pasillo. Dust, con un gesto exasperado y nada amable, salió refunfuñando para sí.
-No soporto a la gente tan poco ortodoxa-se quejó de forma exagerada el estilista, acercándose hacia mí-¡Querida! ¡Has estropeado el magnífico trabajo que habían hecho con tus cabellos! Parece como si te hubieras puesto un estropajo como peluca… estos mineros…
Me hizo sentarme de forma brusca, mientras que, con poca delicadeza, comenzó a intentar arreglarme el pelo. No había sido un desastre de tal calibre como él decía, puesto que solamente me había revolcado un poco por el sofá, aunque cualquiera que le escuchase hablar pensaría que había pasado semanas sin cepillarme el pelo. No cesó en su empeño hasta que sus dedos se deslizaban con facilidad entre los mechones, momento en el cual soltó un suspiro frustrado y me hizo levantarme de nuevo.
-Me han dicho que llevabas una ropa horrible cuando fuiste subida al aerodeslizador-se quejó, mirando la sencilla túnica gris que me habían dado cuando el equipo de preparación hubo acabado conmigo-Como si fueras un hombre. A nadie se le ocurriría ir con unos pantalones y unas botas…
-Me visto como me da la gana-espeté, casi sin pensarlo. Había sido un simple acto reflejo: el me insultaba, yo hacía lo mismo.
-Eso lo harías en tu subdesarrollado distrito, pero aquí yo soy el encargado de tu imagen, y no voy a permitir que mi tributo vaya vestida de cualquier manera. Tengo que hacerla destacar entre los demás, y eso es complicado si vas vestida de marimacho, querida.
-¿Marimacho? ¿Es que no sabe hacer otra cosa que insultarme?-exclamé, algo mosca-Porque yo también podría decir unas cuantas cosas-añadí, paseando mis ojos por su antinatural adorno facial.
-Todo depende de la tendencia, encanto, y creo estar más puesto en ellas que tú. Ahora, si eres tan amable, quédate quieta, quiero ver como te queda el traje para el desfile…

Cinco minutos más tarde, me encontré a mí misma descendiendo hacia los sótanos del Centro de Renovación, ataviada con un largo vestido de color negro y moteado en un rojo muy oscuro. Al parecer, en el poco tiempo del que disponía durante mi llegada al Capitolio, mi estilista había renovado el vestido que había preparado para Silvana, haciéndole un corte más severo y duro. Mis brazos iban al descubierto y mi pelo, recogido en la nuca. Ceñía mi frente una extraña diadema dorada con gemas negras, a imitación del carbón. Un collar compuesto por cadenas, ceñía mi cuello.
Aquel atuendo me sorprendía, pues creía que me iban a vestir con algún tipo de prenda minera. O bien Hermes se había dado cuenta de que con semejante aspecto no conseguíamos la atención necesaria, o simplemente había decidido innovar.
Los sótanos no eran más que un enorme establo, donde ya estaban los doce carruajes que nos habrían de llevar por las calles del Capitolio. Algunos tributos ya estaban allí, hablando entre ellos. Pude distinguir a los del Distrito 4, vestidos con vaporosas prendas de color azul. Hablaban con una joven, su mentora, la vencedora de los anteriores Juegos. Había destacado por ser muy hábil en el campo del manejo de las lanzas, seguramente por el parecido que tenían esas armas con los tridentes y los arpones que usaban en su distrito, dedicado a la pesca.
Me aproximé al carruaje de nuestro distrito, tirado por negros caballos, cuando una voz muy conocida, sonó a mis espaldas.
-No sé por qué pude pensar que no ibas a venir. Tenía la esperanza de que fueras lo suficientemente inteligente como para mantenerte al margen de todo esto.

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