miércoles, 11 de julio de 2012

CAPÍTULO 8


Las palabras de mi mentor resonaban en mi cabeza mientras que Jack y yo cogíamos el ascensor para ir al gimnasio. Este se encontraba en una planta subterránea, la cual no habíamos visto el día previo. Salimos disparados hacia abajo en cuanto mi compañero pulsó el botón, al mismo tiempo que no dejaba de repetirme para mis adentros lo que habría de hacer cuando llegásemos. Hacerme notar… bueno, no iba a serme complicado, tenía la costumbre de acabar agrediendo verbalmente a todo con el que me cruzaba, y no me cabía duda de que, con los nervios a flor de piel como estábamos todos, acabaríamos discutiendo.
El ascensor se detuvo, y al abrirse las puertas, pude contemplar por primera vez aquel lugar que solo estaba reservado a los ojos de unos pocos elegidos cada año. Aunque los Juegos del Hambre eran un espectáculo mediático, los entrenamientos de los tributos jamás eran visualizados; los espectadores solo recibían menciones de como habían ido transcurriendo las jornadas en las cuales se preparaban. Por eso, cuando vi por primera vez el gimnasio, tuve que controlarme para que en mi expresión no se viera el asombro que me había llenado al ver semejante lugar.
Era una sala gigantesca, de colores oscuros. Pude ver varias galerías de tiro, una zona con cuerdas y demás útiles para trepar, una especie de irregular pista de obstáculos, y una serie de pequeñas zonas donde había cosas tales como fogatas, tiendas de campañas, pantallas que en esos momentos estaban en blanco…
Me adelanté a mi compañero y me acerqué al círculo que los tributos presentes, que ya eran bastantes, habían formado en torno a un hombre de raza negra y atlético aspecto. Me situé entre un chico de pelo oscuro, ojos claros y anchas espaldas, y una chica de pelo rubio y ojos azules, que parecía algo aburrida. La joven era la chica del Distrito 1, que el día previo había estado admirando en viva voz su atuendo para el desfile. El chico, según me informó el número de su ropa de entrenamiento, era del Distrito 2. Sin haberlo planeado, me había puesto entre dos profesionales.
Me percaté de que la tributo del 1 me miraba de reojo, con algo que no pude catalogar en sus ojos. Alcé una ceja, de forma indiferente. Si pensaba que iba a ser inferior a ella por venir del 12, le iba a dar en su pequeña naricita con uno de mis cuchillos. Mi gesto pareció divertirla, porque me lanzó una sonrisita sarcástica.
-Supongo que todo esto será nuevo para ti-dijo. Tenía una voz aguda, y su pronunciación era muy diferente de la de nuestro distrito; marcaba mucho las eses-Seguro que en ese nido de carbón del que vienes no tenéis ni donde caeros muertos.
-A ver si la que va a caer muerta vas a ser tú antes de tiempo-la amenacé con los dientes apretados, ganándome las miradas de algunos tributos cercanos a nosotras-No voy a dejar que me mates con tanta facilidad como mi predecesora hubiera podido hacer, de modo que no te equivoques conmigo.
-A ver si vas a ser tú la que…
Sus palabras fueron interrumpidas por el hombre que se encontraba en medio del círculo que habíamos formado. Supuse que sería el entrenador jefe o algo similar, viendo por un lado su imponente condición física, y por el otro, como cuando miraba a los demás, estos se quedaban en silencio, esperando a sus palabras.
-Mi nombre es Marcus-dijo con voz terriblemente profunda-y no os voy a engañar. Dentro de dos semanas, veintitrés de vosotros estaréis muertos, y muchos de los fallecidos no lo habrán hecho por culpa de una herida de arma. La mayoría moriréis por causas naturales: hambre, deshidratación, frío, agotamiento, infecciones, intoxicaciones. Así que no os centréis únicamente en las armas, sino pasad tiempo en puestos dedicados a la supervivencia. Y no olvidéis una cosa-alzó un dedo de forma autoritaria-No os podéis atacar entre vosotros. Ya tendréis tiempo en la arena.
Dicho esto, se retiró hacia una especie de tribuna que dominaba el gimnasio, y que acababa de percibir en ese momento su presencia. Estaba llena de personas, seguramente vigilantes, para observar nuestro entrenamiento. ¿Ya iban a estar analizándonos? No había pensado en que iba a tener que ponerme debajo de su inquisidora mirada tan pronto, pero claro, era de esperar. Seguramente se harían una idea general de cada tributo durante las jornadas de entrenamientos, motivo por el cual Dust me habría aconsejado mantener en secreto mi punto fuerte. Bien, le haría caso.
Las armas estaban colocadas en una especie de vitrina, que dominaba la parte posterior del gimnasio. Había espadas, dagas, cuchillos, lanzas y arcos, todos de diferentes tamaños y varias características. Los cuchillos me llamaron especialmente la atención; su apariencia era mucho más mortífera que los que había usado en el Distrito 12 para cazar. Estaba segura de que con un simple tajo de uno de ellos podría decapitar a un conejo. 
Haciendo un enorme esfuerzo de voluntad por mi parte, los ignoré, acercándome a los arcos. Estos también eran diferentes a los usados previamente por mi persona, pues eran de metal, como las flechas que había a nuestra disposición. Yo siempre había tirado con un arco de madera, pero esperaba que no hubiera mucha diferencia.
No bien había aferrado el arco, cuando una mano se posó sobre la mía con velocidad, como si fuera a intentar soltar el agarre de mis dedos sobre el arma. Alcé la vista, para encontrarme nuevamente a la chica del 1, acompañada esta vez por su compañero de distrito, y los dos tributos del 2.
-¿No crees que vas demasiado deprisa?-canturreó con sarcasmo-No llegarás a coger ni una mísera flecha en la Cornucopia, así pues, ¿por qué no dejas de perder el tiempo?
Los otros rieron. Apreté los puños, tomando un carcaj de flechas y colgándomelo del hombro con expresión irritada. Dust no me había avisado de lo engreídos que podían ser los chicos de los distritos ricos.
-Cierra tu estúpida bocaza y déjame en paz-respondí-A no ser que quieras que sea yo misma la que te arranque esos dientes tuyos uno por uno.
-La minera nos salió borde-exclamó el chico del 1, con una carcajada, un chico muy similar a su compañera, aunque con los ojos verdes-Me pregunto si luego será tan feroz como intenta parecer.
-Lo dudo, Marphil-señaló la chica del 2, en un tono susurrante. Era alta y de pelo castaño-Ya se sabe el dicho, perro ladrador, poco mordedor.
-Muy cierto, Daph-su compañero, aquel armario empotrado que había estado al lado mía durante la charla introductoria, le dio la razón-Me apuesto los calcetines a que no pasa del baño de sangre.
-Iros a bañaros en mierda-les solté de malas, apartándolos al pasar entre ellos.
Ignoré sus risitas sarcásticas, mientras me dirigía con paso firme a la galería de tiro. Había varias, cada una especializada en una disciplina, la del tiro con arco era la más alejada. Aquel grupito de profesionales parecía haberme cogido interés, pues se habían puesto a caminar en la misma dirección que yo, soltando risitas y burlas por el corto trayecto. Me estaban comenzando a poner de los nervios, pero no podía ponerles un dedo encima. Me prometí a mí misma que en la arena me vengaría de un modo o de otro, y así pude evitar saltar sobre ellos, como realmente deseaba hacer.
Las dianas estaban a diferentes distancias. Escogí la más alejada, a unos trescientos metros, y me posicioné mientras colocaba una flecha en la cuerda del arco. El arma parecía menos flexible que la usada en la Veta, pero confiaba en poder acostumbrarme. Un monitor que rondaba por la zona, se acercó a mí, aunque no me dirigió la palabra, sino que se situó a mi lado, en silencio, como esperando a que le plantease una duda. Pero no le iba a preguntar por algo que conocía tan bien, de modo que simplemente me limité a alzar el arco, tensando la cuerda, apuntando al objetivo. Respiré con calma, y luego, cuando me consideré concentrada, solté la cuerda.
La flecha voló con rapidez hacia su destino, clavándose en el centro de la diana que había en el pecho de una silueta humana dibujada en una lámina negra. No me dejé impresionar por ese detalle, y continué lanzando flechas a las diferentes láminas. El monitor añadió dianas móviles a aquel puesto, las cuales abatí con la misma facilidad. Las horas de caza habían dado su fruto, no era nada diferente a cazar pájaros o presas de mayor tamaño.
No me detuve hasta que el carcaj quedó vacío. Me giré hacia los profesionales, que en esos momentos me miraban con una expresión muy diferente de la que antes habían tenido.
-Perdonad, pero necesito espacio vital-les espeté de malas maneras-No hay quien respire con cuatro moscas cojoneras pegadas a mi espalda.
Para mi sorpresa, no entraron a mi burla. Se miraron entre ellos, y luego la chica del 1, aquella pija y superficial chica, avanzó un paso y me tendió la mano, la cual miré con recelo.
-Soy Silk-se presentó. Ignoré su gesto, pero a los pocos segundos, su compañero hizo lo mismo.
-Marphil.
-Brass-repuso el chico del 2, aunque sin hacer el mismo gesto.
-Daph-añadió su compañera.
Parecían haber cambiado de opinión respecto a mi persona con gran rapidez. Tal vez mi demostración de tiro con arco les había hecho pensar en la opción de que no era tan inútil solo por ser del distrito minero. Mi orgullo y mi amor propio me impulsaban a ignorarles e irme a probar suerte en otro puesto, pero las palabras de mi mentor resonaron con claridad en mi mente: hacerme notar y lograr aliarme con los profesionales. Así pues, me tragué a duras penas el orgullo y haciendo de tripas corazón, me forcé a hacer un gesto con la cabeza hacia ellos.
-Chrysta-dije con voz firme.

-No sé que habrás hecho, encanto, pero esta misma tarde me han abordado los mentores del Distrito 1 y 2, pidiéndome que te alíes con sus tributos.
Estábamos de nuevo en el comedor de nuestra planta, sentándonos a la mesa para cenar. El día no había ido mal del todo, después de tirar unas cuantas flechas, había pasado por el puesto de agilidad, donde superé varios niveles sin apenas ser rozada por los objetos que nos lanzaban los monitores para impedirnos avanzar. La tarde la había pasado memorizando plantas comestibles y tratando de encender fuego. No había hablado con Jack en toda la jornada, pues no coincidimos en casi ningún puesto.
Alcé los ojos hacia Dust, que me miraba con gesto elocuente. Parecía esperar mi consentimiento a su comentario, aunque creía que sabría lo que iba a decir.
-¿Y me vas a dar una recompensa por ello?-repuse mientras tomaba un vaso de la mesa y un avox me ofrecía vino, el cual acepté.
-Por supuesto encanto-señaló Dust con sarcasmo-Seguir viva. ¿Te parece suficiente?
Jack no abría la boca, se limitaba a comer en silencio. Athenea, a su lado, nos miraba muy atenta.
-Supongo que no me queda otra que aceptar esa alianza-suspiré, probando el líquido carmesí, el cual encontré excesivamente amargo.
-No entiendo de que te quejas-Athenea alzó la voz, blandiendo un tenedor con un trozo de carne pinchado en él-Vienes de un distrito paupérrimo y el primer día recibes solicitudes de alianza de los más cualificados. No todos los años tendremos a una profesional de tu distrito, querida, así que aprovecha la ocasión.
Me daba la impresión de que, de aceptar, sería ella la que se aprovechase pero no dije nada. No me apetecía ponerme a discutir con ella.
-Sin duda, estábamos de suerte cuando la otra tributo murió-señaló Dust con suficiencia-Nos ha llegado una verdadera joya. Sigue como hasta la fecha, encanto, y tendrás la victoria al alcance de tu mano.
No dijo nada sobre Jack, lo cual me entristeció para mis adentros. Acababa de darme cuenta de que era la favorita del equipo. Y eso, por extraño que fuera para mi, no me pareció justo.

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