martes, 10 de julio de 2012

INTRODUCCIÓN



La leve luz del sol colándose por la ventana y jugando tras mis párpados, creando sombras rojizas, hizo que mi leve sueño se viera quebrado, logrando que dejase atrás las vaporosas figuras que poblaban aquel mundo etéreo para que volviera a la realidad. Con un gesto perezoso, abrí los ojos levemente, encontrándome con la imagen de un primer e inmaculado rayo de luz solar que se colaba por la ventana llena de carbonilla de mi pequeño cuartito. Debía de ser la primera hora de la mañana, la hora a la que habitualmente mi padre comenzaba a prepararse para acudir a la mina, y yo me deslizaba fuera de la cama, aún medio dormida, para empezar pronto mi jornada como cazadora furtiva.
A mi madre ese “trabajo” mío no le hacía mucha gracia. Siempre que me veía salir de casa con mi vieja bolsa de caza colgada a la espalda, bien repleta de trozos de tela negra entre los que guardar las presas capturadas por si a alguien le daba por abrirme la mochila al estar yo despistada, me lanzaba una mirada de supremo disgusto. Sabía tan bien como yo cual sería el castigo por mis actividades en contra de la ley, pero por mucho que intentara disuadirme con mil y un argumentos, no dejaría de seguir cruzando la verja que separaba el Distrito 12, lugar donde residíamos, de los bosques. Era casi nuestra mayor fuente de ingresos, pues el sueldo de mi padre como minero no daba para más.

Tal vez no se mostrara tan en contra si mi hermano, Nicholas, siguiera vivo. Me sacaba unos diez años, y había sido él, junto con mi progenitor, el que me había enseñado a desenvolverme bien entre los árboles. Cuando era pequeña, siempre que salía de casa para ir a cazar, corría detrás suya por las calles de la Veta, alzando los bracitos, pidiéndole con esa muda súplica que me llevara con él. No lo conseguía, pues aunque mi hermano ardiera en deseos de que le acompañara, mi madre no se lo permitía. Además, mi padre le recordaba que, siendo tan pequeña, no sería más que un estorbo.
Solo me dejó acompañarle cuando cumplí los doce años. Fue entonces cuando aprendí a manejar los arcos que escondíamos en oquedades de rocas, alejadas estas de los límites del bosque cercano al distrito, y a lanzar los cuchillos de monte que mi padre poseía, los cuales desconocía de donde provenían. No era habitual que un minero de la Veta poseyera ese tipo de armas, y estaba segura, aun siendo tan pequeña, que de llegar a oídos de algún Agente de la Paz, el castigo sería más que inmediato. Había la amenaza de un levantamiento en el aire por aquellos días, y las medidas de seguridad comenzaban a endurecerse. A pesar de todo, el acceso a los bosques por la alambrada, seguía siendo posible. Tal vez consideraban que éramos lo bastantes sumisos como para no osar quebrar una de las leyes que el Capitolio nos había impuesto.

Nick, mi hermano… de seguir vivo, seguramente hoy estaría despotricando contra las nuevas medidas del Capitolio sobre los distritos. Había perecido a las puertas de dicha ciudad, cuando el ejército rebelde trató de escalar las montañas que la rodeaban. Recordaba bien aquellos días, cuando el Distrito 13, con el apoyo de los demás, se sublevó contra el tiránico régimen que había en Panem por cortesía del gobierno del Capitolio. La pobreza y el hambre hicieron que la población se levantara, rugiendo y pidiendo igualdad. Tenía yo quince años cuando sucedió, cuando mi hermano abandonó la casa para unirse al ejército rebelde. Mis padres trataron de disuadirlo, no porque no quisieran que el yugo del Capitolio cayera, sino porque temían que le ocurriese algo. Una suposición que acabó siendo acertada. Jamás olvidaría los gritos de dolor de mi madre cuando recibimos un mensaje del capitán del escuadrón donde militó mi hermano, en el cual se nos informó de su fallecimiento. Yo me sentí como si me hubieran echado encima un balde de agua helada; su pérdida me dejó perdida y desorientada. Habíamos pasado demasiado tiempo juntos, y la idea de tener que rehacer mi vida sin su presencia, se me hacía increíblemente insoportable.
Pocos meses después del fallecimiento de Nick, el Distrito 13 fue arrasado hasta sus cimientos. Algunos habitantes del mismo lograron escapar antes de la masacre, instalándose en otros distritos. Aquí mismo, en la Veta, teníamos a una de esas familias exiliadas, los Wood. Habían llegado un par de jornadas antes de que el distrito fuera bombardeado sin piedad; su hijo Jack, un muchacho de mi misma edad, no había tardado en hacerse amigo mío.
Pero la destrucción del 13 no fue la única repercusión de nuestro alzamiento. Aún se nos deparaba un castigo mucho peor. Aquella triste primavera, el Capitolio, en un comunicado oficial, nos informó de que, como castigo por la osadía de los distritos a rebelarse contra el gobierno, se habían creado unos “juegos” especiales, los cuales habían sido bautizados como los Juegos del Hambre. Cuando la gente supo la dinámica de esos juegos, los gritos de dolor y de rabia rasgaron el aire primaveral del distrito. Nos obligaban a entregar cada año a un chico y a una chica para ser enviados a una lucha a muerte en un estadio al aire libre, donde solo uno podía sobrevivir. ¿Y qué pasaba con el ganador? Este recibía una vida fácil y cómoda, y el distrito del mismo, alimentos durante un año.
Puede que para cuando los Juegos nos fueron entregados, yo ya estuviera algo loca, no lo sé. Pero yo no los vi con los mismos ojos que los demás. La muerte de mi hermano me había dejado llena de rabia, y con ganas de hacer correr sangre. La opción de ir a los Juegos era la válvula de escape perfecta para ello, a pesar de que los contrincantes a los que me enfrentaría no serían culpables de su fallecimiento. Pero no lo veía así; a mis ojos, además de poder desahogarme, podría lograr, si ganaba, que el nombre de mi hermano no cayera en el olvido. No sabía como, pero sabía que era más que posible.
Por eso mismo, con ciega obsesión, comencé a entrenarme en los bosques con vistas a los Juegos. Lanzaba cuchillos hasta que el brazo me dolía, practicaba el arco una y mil veces, corría por largos trechos, siempre tratando de superar mis límites físicos. No tardé en volverme fibrosa, delgada y atlética, y cuando la primera cosecha para los primeros Juegos tuvo lugar, a mi edad de diecisiete años, me sentía expectante por poder acudir. Mas no hubo suerte, pues fue otra la elegida. Consideré ese avatar como una ocasión para entrenarme aún más e ir más preparada a los siguientes, de modo que me resigné. Pocas semanas más tarde, en una pantalla instalada en la plaza principal del distrito, vi como la chica fallecía en un páramo desértico, luchando por conseguir algo de un enorme cuerno dorado llamado cornucopia. Su familia aún sigue llorando aquella pérdida.

-Chrysta. ¡Chrysta! ¡Te has quedado dormida! ¿No vas a salir a cazar hoy?
La voz de mi madre me hizo salir de la duermevela en la que me había sumido. Recordando el pasado, había vuelto a dormirme. No parecía haber pasado más de dos horas desde que fui despertada por la luz. Desde el salón de la casita, escuchaba los pasos de mi padre, seguramente deambulando por la estancia. Sí, hoy no iría a trabajar, ni él ni nadie. Porque era el día de la cosecha nuevamente, para los segundos Juegos del Hambre.

3 comentarios:

  1. UUUUUUUUUUUOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! CHULADAAA ENGA ENGAA ! XDDD

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