lunes, 6 de agosto de 2012

CAPÍTULO 18


A veces era muy simple olvidar que estábamos en plenos Juegos del Hambre y que, por tanto, las trampas como la que se había creado en torno a nosotras era algo de lo más normal del mundo. Por mucho que nosotros luchásemos y tratáramos de sobrevivir a las adversas condiciones que nos habían tocado en aquella arena de nieve y hielo, seguíamos estando a merced de los vigilantes, de esas personas que con un solo dedo podían matarnos para que la audiencia del Capitolio no se aburriera. Recordaba bien como el año pasado, el tributo del Distrito 8 fue víctima de una de sus jugarretas. Era un chico muy capaz, en el 12 muchos estaban seguros de que podía ganar los Juegos; había sobrevivido a muchos ataques, e incluso había matado a la chica del 1, una verdadera maestra en el manejo de la espada. Su final fue tan inesperado como aclamado por aquellos que residían en el Capitolio. Aquella arena era un escarpado terreno montañoso, lleno de pasos traicioneros. Los vigilantes provocaron una horripilante avalancha justo en la zona donde el tributo del 8 había acampado para pasar la noche, matándolo casi en el acto.
Tal vez a Silk y a mí nos esperaba un destino similar al de aquel pobre desgraciado. Aunque habíamos dado un buen espectáculo tanto en la Cornucopia como hacía unos momentos, con aquella escaramuza contra la otra alianza formada, no nos encontrábamos a salvo de los caprichos de aquellos que habían diseñado la arena. Si el Capitolio se había aburrido de nosotras, nos eliminarían antes de que nos diéramos cuenta, cosa que no me hacía ninguna gracia. Morir en los Juegos del Hambre era una realidad que todos teníamos presente, incluso yo misma, aunque lo intentaba disimular bajo una apariencia desalmada y fría. Mas tenía claro que, de morir en la arena, quería morir en una batalla, luchando hasta mi último aliento, no en medio de un bosque, congelada o devorada por las alimañas.
Lo cierto es que sería una muerte un tanto irónica, eso de perecer por no poder encontrar el camino de vuelta al campamento a través de un bosque. Había cruzado demasiados terrenos muy similares al que ahora pisábamos en el Distrito 12, cuando salía a cazar o a entrenarme para cuando fuera enviada a la arena; y ahora no era capaz de encontrar el camino de salida de aquella espesura. Estaba segura de que, de ponerme en serio a buscarlo, antes o después lo acabaría encontrando, pero no disponíamos de tiempo para ello. Apenas si teníamos comida, y los abrigos que llevábamos no nos bastarían para resguardarnos de las heladas nocturnas. Si queríamos sobrevivir, solo podíamos confiar en encontrar de pura casualidad la salida de aquellos árboles, antes de que los vigilantes nos aguijoneasen de nuevo con algún otro suplicio.
Caminé por los bordes del claro, ignorando lo que Silk estaba haciendo. Cuando nos habíamos internado en el bosque, no recordaba haberme ido fijando en lo que nos rodeaba, aunque no tenía dudas de que no era todo tan igual, pues de serlo, me habría dado cuenta. Estaba segura de que aquel avatar que se nos había inmiscuido en el devenir de la jornada, había sido diseñado en el Capitolio, para darle algo de emoción a todo; pues no se me ocurría otro modo para que todas las lindes de aquel claro fueran tan condenadamente idénticas. Todos los troncos tenían las mismas marcas, la nieve, la misma textura, casi la distribución de las agujas de pino sobre las raíces de algunos árboles era idéntica, tan similar, que denotaba su artificialidad. Estábamos en el corazón de una trampa, y dependeríamos de nuestro ingenio y de nuestra habilidad para sobrevivir, además de la suerte, para poder salir airosas.
-¿Ves algo?-la voz de Silk era recelosa, lo que no era para menos. No la conocía mucho, pero por las palabras intercambiadas en esta y aquella ocasión, sabía que ella no era muy dada a estar en un bosque helado y cubierto de nieve. Que estuviera callada y tratara de buscar una solución a nuestro problema, decía mucho en su favor. Tal vez el ser un profesional no se limitaba a saber manejar varios tipos de armas y a mirar a todo el mundo por encima del hombro, sino también incluía cosas como tragarse los propios miedos y enfrentar cualquier situación con la cabeza alta. Esa determinación me hizo mantenerme bajo control, tomando como ejemplo el estoicismo del que mi aliada estaba haciendo gala. Si me desesperaba, si caía en las garras del pánico, solo me perjudicaría a mi misma, y eso era algo que no me convenía. Ya había pasado un mal rato en el pasado, cuando en los bosques, me topé con un avispero, y en lugar de seguir avanzando tranquilamente, si molestar a los insectos, comencé a gritar y a correr como una posesa, llamando la atención de aquellos bichos, que me persiguieron hasta que conseguí sumergirme en un arroyo cercano.
-Nada-respondí, volviéndome hacia ella, y suspirando, frustrada. Me sentía herida en mi orgullo de cazadora al verme encerrada en un ambiente tan familiar para mí como un bosque-Todo es milimétricamente igual en todos los flancos. Me parece que vamos a tener que improvisar.
La chica bufó, mientras pateaba la nieve que había en el suelo, en un gesto que denotaba su enfado. Sin embargo, no exteriorizó lo que le tenía que estar pasando por la cabeza, cosas seguramente nada agradables, lo cual fue de agradecer. Conociendo mi carácter, si Silk comenzaba a echarme en cara nuestra situación, seguramente acabaríamos enzarzándonos en una pelea, y ya había tenido suficiente con salir viva de la batalla contra Sunset y su alianza, y el haber capeado el ataque verbal que Silk me había lanzado antes.
-Tenemos las mismas opciones de encontrar el camino de vuelta que de encontrar en este bosque un árbol que en vez de dar piñas, de pasteles-repuso frunciendo el ceño y acercándose a uno de los bordes-Que yo recuerde, aquella panda de malnacidos tomó este camino cuando se marcharon-repuso señalándomelo-así que si somos inteligentes, debemos descartar esta dirección.
-Bueno, eso solo nos deja unas cuantas más a elegir-señalé, girándome sobre mis pies, abarcando con la vista la mitad del claro a la que Silk daba la espalda. Una corazonada me impulsaba a escoger una dirección de las que se abrían ante mí, tal vez un instinto producido por mis miles de jornadas como cazadora. Pero aunque fuera una elección dentro de una gama más reducida de opciones, seguíamos estando con las de perder.
-¿Qué propones?-la chica llegó a mi altura, y escudriñó los árboles con sus finas cejas fruncidas sobre sus ojos-Que yo sepa, tú eras la curtida en estas lides.
-Pues me temo que mi última idea es probar suerte-dije mientras me mordía el labio-Tendremos que elegir una dirección y caminar lo más recto posible; confío en que, de ese modo, podamos dejar atrás el bosque. A algún sector de la arena tendremos que salir, digo yo.
-Pero corremos el riesgo de empezar a caminar en círculos-dijo ella de forma pensativa, algo acertado a más no poder. De caer en esa situación, las esperanzas se habrían terminado para nosotras.
Saqué uno de mis cuchillos del interior de mi abrigo, aunque posicionándolo de tal forma que a Silk no le pareciera una amenaza contra su vida o algo que la indujera a atacarme. Dependíamos de no repetir el camino, por lo que deberíamos ir señalando el terreno familiar, cosa que hacía mi hermano cuando se internaba en zonas del bosque que no conocía. Él me enseñó como una marca hecha en un tronco podía suponer la diferencia entre encontrar el camino correcto y no encontrarlo.
-Marcaremos el camino-repuse con más seguridad de la que sentía-Así sabremos que terrenos hemos recorrido y que terrenos no hemos pisado si tenemos que deshacer lo andado.
La chica asintió, por lo que, después de revisar nuestras mochilas y de rellenar nuestras cantimploras con nieve, comenzamos a andar, tomando una dirección al azar. Antes de abandonar el claro, marqué los dos troncos que bordeaban el camino elegido con dos señales en forma de cruz, las cuales repetí unos pasos más adelante, en otros árboles. Pronto, a nuestras espaldas, el claro se perdió de vista, y poco a poco, sobre nuestras cabezas, la luz iba siendo cada vez más y más mortecina. Tal vez fueran nubes que presagiaban una nueva ventisca, aunque si teníamos en cuenta todo lo sucedido, tal vez aquella disminución de la luz solar era debido al atardecer, lo que nos ponía en una situación más complicada si cabe. Si la noche nos salía al paso, ya podríamos dejar las armas y enroscarnos en el suelo para esperar a la muerte.
-¿Reconoces la zona?-me preguntó Silk, a lo que negué con la cabeza. Todo me seguía pareciendo demasiado similar, y solo la mera ausencia de las marcas en los troncos, me hacía ser consciente de que no estábamos volviendo sobre nuestros pasos. Pero, ¿y si estaban borrando las marcas dejadas por nosotras, para que no pudiéramos encontrar nunca la salida? Los vigilantes podrían hacerlo, y tal vez ya lo estaban haciendo… la idea era tan espantosa que me forcé a pensar en otra cosa, para no asustarme más de lo que ya estaba.
De buenas a primeras, escuché un rumor sordo, como de algo que camina sobre la nieve. Silk, a pocos pasos delante de mí, no hizo movimiento alguno en relación con ese sonido, por lo que no le presté atención, creyendo que sería producto de mi imaginación. Pero a los pocos pasos, volví a escucharlo, con más claridad que antes, como si algo se estuviera acercando a nosotras. ¿Un tributo, tal vez? No lo sabía, pero el sonido no parecía producido por las botas que nos dieron antes de ser lanzados a la arena. Silk también debió escucharlo, pues se detuvo y me miró con la duda escrita en sus ojos claros.
-¿Qué…?-comenzó a preguntar, pero un jadeo irregular, que tenía de humano lo que yo de pez, comenzó a hacerse patente. No había que ser muy inteligente como para saber que aquello que hacía aquel ruido, fuera lo que fuese, era un muto, uno de esos seres creados en el Capitolio y que solían soltar en los Juegos con asiduidad. El año pasado, vimos a una manada de osos salvajes enormes y con horribles y modificadas zarpas, que se comieron vivos a unos cuantos tributos. Y yo, sintiéndolo mucho, no quería convertirme en picadillo de tributo.
-Corre-dije simplemente.
Y acto seguido, comenzamos a correr como si nos fuera la vida en ello, cosa que tal vez era más cierta de lo que nos gustaría admitir. La luz era cada vez más escasa, sin dudas aquello era el crepúsculo, no una nueva tormenta de nieve. Nuestros pies se enredaban en las raíces, las ramas nos cortaban los rostros, pero no nos quedaba otra que seguir corriendo, sin mirar atrás, sin osar conocer que era aquello que se nos estaba echando encima. La mera idea de saber que un bicho horrible nos podía estar siguiendo, era lo suficientemente horripilante como para que sacáramos la máxima velocidad a nuestras piernas.
¿Y la salida del bosque? Al frente podía ver un aumento en la luz, un espacio más claro… ¿acaso era el final de aquel maldito bosque, o solo era un nuevo claro? No lo sabía, pero aquella luminosidad era como un faro que nos atraía en nuestra errática carrera.
Mi aliada tuvo que tener los mismos pensamientos que yo, pues se lanzó de cabeza hacia aquella esperanzadora zona… y poco después, nos encontramos saliendo a una llanura helada, desde la cual podíamos divisar, bastante lejos de nosotras, la estructura dorada de la Cornucopia, que brillaba levemente bajo los últimos rayos de un sol que moría… y aún más lejos, pero el doble de gratificante, el pequeño puntito naranja que era el fuego que habíamos encendido en el campamento el día previo. Habíamos escapado de la trampa del bosque.

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