sábado, 18 de agosto de 2012

CAPÍTULO 22


Es cierto que habíamos decidido ir a por algún tributo en cuanto rompiera el día. Pero a la mañana siguiente, era imposible abandonar el campamento, pues la tormenta de nieve más intensa que recordaba haber visto en los tres días que llevábamos en la arena, se había desatado sobre nosotros, atacándonos con verdadera furia. Deberíamos haberlo supuesto, tanto yo como los demás, pues las bajas entre nosotros se estaban sucediendo con demasiada rapidez: el Capitolio quería que los Juegos durasen más, que no se terminaran en unos simples días, de modo que los Vigilantes ahora nos soltaban esta tempestad para que nos quedásemos en nuestros asentamientos… en el mejor de los casos. Como bien nos habían recordado durante la noche, estábamos en los Juegos del Hambre, y aquí nada es lo que uno puede esperar, y tal vez el objetivo de la tormenta de nieve no fuera solo retenernos, sino debilitarnos, hacernos padecer para que el público se divirtiera.
El panorama fue desalentador cuando todas dejamos nuestros sacos o nuestras mantas y tratamos de salir al exterior. Marphil, encargado de la guardia, estaba corriendo con pasos cortos alrededor de los restos de la hoguera, con el rostro colorado por el gélido viento. Nos gritó algo al vernos, pero el rugido de la tormenta se llevó su voz, de tal forma que solo nos fue posible escuchar el tétrico silbido que efectuaba el aire al pasar con tanta velocidad sobre nosotros.
-Al menos no se ha quedado quieto, como hizo Sand-gritó Daph, tratando de hacerse oír.
-¿Qué podemos hacer ahora?-inquirí, tratando de resguardarme del horrible frío que se notaba fuera de la caldeada tienda. Estaba claro que no podríamos abandonar el campamento con semejante ventisca, pues tendríamos muchas posibilidades de congelarnos si lo intentábamos, y aparte, de conseguir caminar algunos kilómetros por la arena, nos resultaría complicado encontrar el camino de vuelta al lugar abandonado, debido a que apenas si se podía ver más allá de unos pocos pasos. Marphil, que se encontraría a medio metro de nuestra posición, no era más que una fantasmagórica silueta recortada contra la blancura de la nieve que nos caía encima con una ferocidad inusitada.
-Voy a hablar con Brass, a ver que opina-exclamó Daph, para luego salir fuera de la tienda, avanzando con dificultad contra el viento. Miré de reojo a Silk, que se había parapetado lo mejor posible en un lateral de la pequeña construcción de lona, con los ojos bien abiertos, fijos en el temporal. Me apostaba mis provisiones a que haría todo lo posible para no salir de la tienda, pues ya me había informado de su aversión al frío.
-¿Un paseo para buscar piñones?-le pregunté, no sin cierta guasa. Ella se limitó a responder a mi provocación con un golpe en mi costado.
A los pocos minutos, Daph regresó, con el pelo lleno de nieve y el rostro sonrosado. Marphil, obedeciendo a un gesto que ella le había dedicado, señalando a la tienda donde pernoctaban los chicos, se retiró también al interior de la misma.
-Brass opina que es mejor que nos quedemos donde estamos, lo cual considero que es lo que todos hemos pensado-señaló la chica del 2, a lo que le di la razón, alegrándome interiormente por no tener que salir a aquella tormenta. Comprendía sus ansias por quitar del juego a otros tributos, pues compartían mi misma ilusión por poder regresar al lugar de origen-Supongo que la tormenta amainará en un día, así que bien podemos esperar una jornada más antes de empezar a destripar a ese grupito de idiotas.
Silk celebró discretamente la decisión, una postura que compartía con ella más de lo que se hubiera cabido esperar. La herida de la pierna aún me dolía, y esperaba que en el día que tendríamos que pasar sin poder abandonar el campamento, se fuera recuperando con la ayuda de la pomada. Considerando que era apropiado revisarla, me levanté la pernera del pantalón, viendo como el corte ya no estaba supurando sangre, sino que ya presentaba un feo coágulo, señal de que pronto se crearía una costra. Tardaría en cerrarse, mas confiaba en que varias capas de la pomada aceleraran el proceso.
-Bueno, tenemos un día muy aburrido por delante-dijo Silk sentándose sobre su saco de dormir-¿Jugamos a las adivinanzas?
Parecía una sugerencia estúpida para el sitio en el que nos encontrábamos, pero lo cierto es que no podíamos hacer mucho más. Así pues, Daph y yo nos acomodamos lo mejor que pudimos y miramos a la chica del 1, esperando a que recitara su primer acertijo. Mañana, con algo de suerte, podríamos salir a cazar a los demás… y ojalá aquella indeseable de Sunset apareciera en el cielo durante la noche.

Pero la espera fue más larga de lo esperado, pues la tormenta tardó cuatro días en amainar. El primer día no hubo muertos, ni el segundo, ni el tercero, lo cual me resultaba extraño. Si mal no recordaba, la otra alianza no tenía más que unas pocas mantas, así pues, ¿cómo habían podido sobrevivir a aquella horrible ventisca sin ninguna baja? Tal vez el chico del 6 hubiera construido algo, no olvidaba que él y su compañera estaban levantando unos muros cuando los encontramos en el bosque.
Si había de ser sincera, una parte de mi interior, no dejaba de suplicar porque aquella otra alianza hubiera sido capaz de capear el temporal, como habíamos hecho nosotros, pues significaría que Jack seguía vivo, aunque Sunset siguiera también en la arena. Me preocupaba el hecho de que mi compañero falleciera, me preocupaba más de lo que querría admitir, y más de lo que sería lógico esperar, pues mi obsesión por su supervivencia me estallaría en la cara de llegar ambos a la final, momento en el cual tendría que matarle si quería que mis padres volvieran a verme. Si me ceñía a ese punto de vista, ¿no sería mejor que lo matase el frío, los mutos o un tributo, para que esa horrible tarea no entrara en mi lista de cosas que tendría que hacer?
El cuarto día, el sol se alzó en un cielo limpio, sin nubes, brillando sobre nuestro pequeño campamento, casi enterrado en la nieve por la cantidad de copos que nos habían caído encima durante aquellos tres días. Mientras salíamos parpadeando a la luz del astro rey, no pude evitar caer en la cuenta de que ya llevábamos cosa de una semana en el estadio, y dos semanas fuera de casa si contaba los días de preparación en el Capitolio. Dos semanas lejos de la Veta, dos semanas en las que mi familia habría tenido que asumir que mi vida podía llegar a su término en cualquier momento, y que de hecho, casi había terminado en manos de algunas personas. ¿Cómo se encontrarían mis padres a estas alturas de los Juegos? ¿Creerían que tenía alguna opción de poder ganar, o por lo contrario, pensarían que era imposible que fuera coronada como vencedora? No tenía manera de saberlo, puesto que jamás tocábamos el tema de los Juegos en casa, de modo que me era complicado suponer que tipo de tributo les parecía.
-Ya iba siendo hora-Brass había salido de su tienda y se había acercado a nosotras, junto con Marphil. Cojeaba un poco al andar, seguramente debido a los días que habíamos pasado encerrados en las tiendas, con la esperanza de calentarnos con la cercanía de los demás. Nadie había hecho guardia, y apenas si habíamos comido, debido a que intentar conseguir sacar algo de la pila de suministros era casi imposible con el vendaval rugiendo sobre nuestras cabezas. Como manteníamos siempre las mochilas bien abastecidas y estas se guardaban en las tiendas, con nosotros, habíamos pasado los tres últimos días a base de las tiras de cecina y las galletitas saladas que transportábamos en las bolsas, acompañándolas con nieve derretida para beber. Por primera vez desde que llegamos al estadio, habíamos sentido el dolor del hambre, Silk y Daph, menos acostumbradas a tener el estómago vacío que yo, lo habían pasado mal en ocasiones.
-Un día más encerrada y me habría vuelto loca-repuso Silk, estirándose con un suspiro, mientras que sus articulaciones producían un crujido audible.
-¿Y ahora qué?-inquirió Marphil, haciendo lo propio-¿Seguimos con el plan original?
-Si se me permite opinar-repuso Daph-comamos primero y luego ya decidiremos qué haremos.
Como el hambre nos estaba comenzando a atacar, todos acordamos seguir esa sugerencia, de tal modo que nos encaminamos a la pila de suministros, de la cual Brass sacó una bolsa que contenía piezas de fruta desecadas, la cual abrió casi con ansia. Pero su rostro se ensombreció cuando introdujo la mano en su interior y sacó un trozo de manzana… completamente congelado, pues bajo la luz del sol brillaba debido a la capa de hielo que lo recubría. La bolsa no había debido de estar bien cerrada, o directamente no protegía contra el frío, viendo como la fruta había sido congelada en su totalidad. Preocupados, comenzamos a revisar las provisiones, cayendo en la cuenta, completamente horrorizados, de que más de la mitad de los suministros comestibles se habían echado a perder. ¿Es que acaso a los Vigilantes no les podría haber dado por introducir los comestibles en bolsas térmicas? Las piezas de carne y demás siempre se podrían intentar descongelar usando el fuego, pero los panes, las galletas y las frutas se habían perdido por completo.
Así que esto era, seguramente, lo que los Vigilantes querían, que tuviéramos menos suministros, que dependiéramos más de la caza y de lo que nos rodeaba para comer, como la otra alianza. De haber estado en el Distrito viendo los Juegos, tal vez hubiera mostrado mi acuerdo con el hecho de igualar a ambas alianzas, mas ahora que estaba metida hasta el cuello en la competición y mi alianza había sido la que había salido malparada, la idea no me hacía mucha gracia.
-¿De cuanta comida disponemos?-pregunté con un hilo de voz.
-Si nos contenemos, podríamos disponer de alimentos para cosa de cuatro días-dijo Brass de mal humor, dándole una patada a una pera helada que había rodado hasta su pie-Tendremos que encontrar una nueva fuente de alimentos.
Estaba claro, tendríamos que empezar a cazar para poder aumentar nuestras provisiones. Mas, ¿dónde podríamos hacer tal cosa? ¿En las montañas que decían que habían al este? Dudaba que hubiera algo comestible por allí. ¿En los páramos del sur? Si en las montañas no había animales, dudaba que un sitio tan yermo como unos páramos encontrásemos algo. Las opciones que nos quedaban, entonces, eran dos. Podíamos aventurarnos en la zona oeste de la arena, con la esperanza de encontrar algo… o volver a internarnos en el bosque.


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