domingo, 26 de agosto de 2012

CAPÍTULO 28


Una única palabra rebotaba en mi cabeza mientras trababa de asumir todo lo que acababa de descubrir: error. Sí, a mi parecer, era un absoluto error mezclar los sentimientos con la supervivencia en la arena, teniendo en cuenta que aquí no solo nos arriesgábamos a vernos frustrados por no ser correspondidos, sino que jugábamos con nuestras propias vidas. El amor era una debilidad, o al menos yo lo veía así, pues me daba una ventaja casi inmediata sobre Jack. Por ejemplo, yo podría escenificar que sentía lo mismo por él, acercarme para abrazarle o besarle, y clavarle el cuchillo en la espalda antes de que tuviera tiempo de reaccionar ante mi ataque. Obviamente, no iba a realizar tal cosa, al menos no de momento, puesto que era consciente de que sería la primera perjudicada de hacer semejante tontería. ¿Acaso quería quedarme sin un aliado en un estadio lleno de enemigos? No, ni hablar.
Miré a Jack, intentando no demostrar en mi rostro lo poco que me agradaba todo aquello, aunque ya sabía que era imposible ocultarle nada a aquel chico. A veces me daba la impresión de que me conocía mejor que yo misma.
-¿En serio no te habías dado cuenta?-inquirió, un tanto frustrado-Te tenía por alguien más suspicaz, Chrysta.
-Tú ya sabes lo que yo pienso de los sentimientos-respondí de forma automática. Desde que murió mi hermano, me había distanciado con bastante éxito de sentirme atada emocionalmente a otras personas, por temor a sufrir un dolor semejante al que su fallecimiento me había causado. Es cierto que al final, ese intento no había sido lo bueno que yo esperaba, puesto que Silk había acabado haciéndose amiga mía, lo mismo que le había sucedido a Jack. Pero por mucho que ellos hubieran conseguido superar esa barrera, no quería decir que yo hubiera dado mi brazo a torcer con rapidez. Jack, para mí, era una especie de un sucedáneo de Nick, mi hermano, pero nada más. No podía mirarle con ojos románticos, más que nada porque consideraba ese sentimiento una pérdida de tiempo, además de una fuente de sufrimiento. ¿Acaso si me enamoraba iba a conseguir más comida para mi familia, o que mi padre pudiera dejar la mina? No, así de sencillo. Para mí, el amor era algo completamente prescindible.
-Puedes pensar lo que quieras, pero suponía que, por muy fría que intentases demostrar que eres, tendrías algo ahí dentro, aunque sea escondido-repuso señalando mi pecho-Está claro que en ese aspecto sí me equivoqué.
-Jack-repuse, exasperada-No hagas todo esto más complicado de lo que ya es. Mira a tu alrededor, ¿es que has olvidado donde nos encontramos? ¡Estamos en los Juegos del Hambre, Jack, aquí los sentimientos no tienen lugar! Bastante duros son ya de por si, cuando tienes que ver como tus aliados van cayendo uno tras otros, para que encima metas el amor en todo esto, ¿no te parece?
Nos quedamos en silencio. Por un lado, me sentía molesta conmigo misma y con él por haber tenido que sacar ese tema, un tema tan condenadamente espinoso. Ya se podría haber quedado callado, haberme dicho una mentira sobre Sunset, o simplemente, parte de la verdad, pero claro, Jack Wood jamás mentía, no lo había olvidado. Era la sinceridad personificada, más de una vez me había puesto de los nervios con esa faceta de su comportamiento.
Al menos, había comprendido un poco el modo por el cual Sunset actuaba de esa forma conmigo, estaba celosa de mí por haber conseguido sin apenas mover un dedo la atención de Jack. Si había de ser sincera, consideraba su reacción desmedida, pues ¿acaso esperaba que, de estar muerta yo, Jack la colmaría de atenciones? Y de ser así, ¿había olvidado que del estadio solo uno de nosotros iba a salir con vida? Traté de imaginarme como debía de sentirse la chica del 11 en estos momentos, con Jack fuera de su alianza, sabiendo que estaba vivo pero que la había dejado al irse conmigo, con la chica a la que ella más odia porque tiene lo único que verdaderamente ansía en este maldito lugar… eso me daba una fuerte ventaja sobre ella, puesto que si Jack salía en mi defensa la próxima vez que nos encontrásemos, seguramente Sunset se lo pensaría dos veces a la hora de atacar, vacilación que yo podría usar para acabar con ella finalmente.
-Me parece que ya hemos hecho bastante por hoy-dijo Jack de repente-¿Qué tal si duermes un poco? Yo puedo encargarme de la primera guardia.
-No te irás a quedar dormido, ¿no?-inquirí con desconfianza.
-Oh, vamos, me conoces lo suficiente como para saber que soy un hombre de palabra-Jack pescó mi mochila y rebuscó en su interior hasta que encontró el saco de dormir. Lo lanzó en mi dirección, pero yo no estaba pendiente de aquel objeto, sino de unas gafas oscuras que habían caído sobre la manta con la que se tapaba Jack. Había olvidado que esas gafas venían en la mochila, aunque la verdad, tampoco les veía mucha utilidad en esta arena, donde el tiempo mayoritariamente estaba nublado y el sol brillaba en escasas ocasiones-¿Y esto?-preguntó con curiosidad, tomando las gafas y observándolas.
-Venían con la mochila-contesté, sin muchas ganas de hablar. Por lo menos ya había dejado el tema de “los sentimientos” al margen, lo cual agradecía sobremanera-No me acordaba de que aún las tenía.
-Me pregunto si me quedarán bien-musitó él con una leve risita, para luego ponérselas. Su expresión cambió de la sonrisa burlona que tenía antes a un gesto sorprendido.
-¿Qué pasa?-pregunté, extrañada ante su reacción.
-Puedo ver en la oscuridad-dijo casi sin voz-¡No son unas gafas de sol, sino que están adaptadas para que su portador pueda ver cuando apenas si hay luz!
-No me lo creo-dije alargando la mano y quitándoselas-Seguro que es otra de tus bromitas o algo por el estilo, y lo voy a demostrar-repuse, poniéndomelas yo. Y he aquí que tuve que morderme la lengua y tragarme el orgullo una vez más, porque veía con total nitidez lo que nos rodeaba, como si me encontrase a plena luz del día. Esas gafas eran una nueva herramienta que daban un leve vuelco a mi situación; ahora no tendría que depender del sol para poder actuar, sino que podría cazar por la noche, como si fuera un búho.
Acababa de descubrir mi nueva táctica de ataque.

A la mañana siguiente, nuestros estómagos no dejaban de rugir mientras guardábamos el saco y la manta en mi mochila y comíamos un pequeño pedazo de carne para distraer el estómago. Así no podíamos seguir mucho tiempo más, necesitábamos cazar algo, lo que fuera, para poder alimentarnos medianamente, o de lo contrario acabaríamos muriendo.
Dejamos atrás las colinas y nos internamos en las montañas, vigilando cualquier zona que pudiera prometer cualquier tipo de comida, ya fuera algún animal o simplemente bayas o por el estilo. Pero no encontramos nada, solo puñados de musgo que conformaban los parches de color verde que ayer había visto al caer la noche, y aunque tratamos de intentar comer el musgo, no nos fue muy allá, pues las plantas estaban raquíticas y cuando tratamos de comérnoslas, se nos deshacían prácticamente en nuestros dedos. A pesar de que probamos suerte durante toda la jornada, no pudimos conseguir nada que llevarnos a la boca. Esa gélida noche, pasamos hambre, y el cielo estuvo libre de tributos fallecidos.
Cuando el sol volvió a salir, tratamos de volver a conseguir algo comestible, pero no tuvimos suerte; fuéramos a donde fuésemos, solo había montañas con esos arbustos de musgo, y nieve, nieve por todas partes. Nos comimos las últimas galletas, y yo comencé a preocuparme seriamente, viendo como solo nos quedaba un poco de carne cruda y dos barras de cereales como comida, y si las devorábamos, no tendríamos nada más con que alimentarnos.
-Podríamos ir al bosque-sugirió Jack la tarde del segundo día, mientras nos sentábamos al pie de una montaña especialmente elevada-allí encontramos mucha comida cuando empezaron los Juegos, Sunset descubrió piñones, y había alguna que otra ardilla por los troncos.
El bosque. Había capeado de nuevo una incursión en el mismo un par de días más, debido a mi idea de marchar hacia las montañas, una idea que no había sido fructífera en absoluto. Los Vigilantes, al diseñar esta arena, debían de haber decidido que la comida solo se encontraría en una zona en concreto, así nos obligarían a tener que ir todos hacia el mismo lugar cuando el hambre apretase. ¿Cuántos días de camino nos llevaría llegar al bosque? No sabía nuestra posición exacta, pues siempre habíamos ido viajando hacia el este, pasando desfiladeros y subiendo por pendientes inclinadas, con la esperanza de encontrar algo que pudiéramos comer, aunque sin éxito. Estaba claro que lo único que podíamos hacer era apretar los dientes y viajar al norte, con la esperanza de llegar al bosque antes de que el hambre hiciera sus estragos con nosotros.
-¿Y si no lo conseguimos?-pregunté-Yo no sé tú, pero con la tormenta pasé varios días comiendo galletitas saladas y cecina, y en estas dos últimas jornadas apenas si me he llevado algo a la boca. No hemos parado de andar en todo este tiempo, y no sabemos cuanto nos puede llevar viajar hasta el norte.
Jack asintió silencioso. Estábamos sentados muy juntos, con la esperanza de mantenernos calentitos con la temperatura de nuestros cuerpos, y ahora veía con claridad lo hundidas que tenía las mejillas, y la capa de mugre que cubría su rostro. Seguro que yo no presentaba un mejor aspecto, me sentía sucia y desaliñada; hacía más de una semana que no me duchaba o me bañaba. Me quité los guantes, que ya habían perdido su tono original debido a la suciedad que los cubría, y examiné mis uñas, que habían crecido considerablemente. Aún conservaba la manicura negra y roja que me habían hecho en el Capitolio, pero estaba ya descascarillada, apenas fija. Con un simple toque de mis dedos, se deshacía en un polvo fino, que se adhería a mi piel. Nunca en mi vida había presentado un aspecto tan descuidado, a pesar de haber crecido en una zona realmente pobre.
-No tenemos otra opción que intentarlo-me respondió-Si no lo hacemos, seguramente nos moriremos de hambre entre estas montañas.
-Creía que habría algo de comida aquí-musité, desganada-Se ve que me he equivocado por completo. Deberíamos habernos ido al bosque.
-Bueno, a lo mejor en el bosque han soltado a los mutos otra vez y ahora estamos a salvo mientras que los demás corren intentando ponerse a salvo de esos sacos de huesos-bromeó Jack-Mira, si ganas podrías llevarle uno de esos bichos a Mizzy, seguro que se divierte de lo lindo con él.
Me imaginé a mi pequeño perrito mordiendo hasta la médula a aquellos mutos. Sin dudas, sería el can más feliz de todo Panem, con un suministro de huesos casi de por vida. Casi podía escuchar sus ladridos de felicidad, y por un momento, añoré su irritante presencia, sus ladriditos de perro, el sonido de sus patitas sobre el suelo de madera de mi casa…
El sonido de un cañonazo nos sobresaltó al mismo tiempo, para luego, casi en un gesto instintivo, llevar yo la mano a uno de mis cuchillos. Alguien, en algún punto de la arena, había muerto, haciendo que solo quedásemos cinco jugadores. ¡Cinco! ¿Quién habría caído esta vez? Ni idea, pero en cuestión de horas sabríamos de quien se trataba, cuando su rostro saliera en el cielo, durante la proyección. Bueno, al menos eso nos supondría un seguro de tranquilidad para esta noche, si había habido una muerte, los Vigilantes tal vez nos dejasen en paz.
-Solo quedamos cinco en pie-musitó Jack, con aspecto algo sobrecogido-Cada vez estamos más cerca de casa. ¿Quién crees que habrá sido esta vez?
-No lo sé-respondí-Y la verdad, no me voy a preocupar hasta esta noche, cuando veamos su rostro en el cielo. Nos guste o no, esa muerte nos ayuda. Ahora, creo que mejor nos ponemos en marcha, si queremos intentar llegar al bosque antes de que nos muramos de hambre.
¿Cuántos días se puede estar con tan poco alimento? Yo llevaba ya cosa de cinco jornadas comiendo poco, por lo que el hambre ya debería estar causando estragos en mi cuerpo. ¿Y Jack? Ni idea, pero estaba muy delgado, y eso no era buena señal. Deberíamos tratar de llegar al bosque en menos de dos días.
Caminábamos lento, con la esperanza de avanzar más por constantes que por rápidos, cuando un suave pitido nos alertó. De forma instintiva, alcé los ojos y vi como un paracaídas plateado caía hacia nosotros, aterrizando a nuestros pies. Traía atada una especie de cesta de buen tamaño, la cual ninguno de los dos osó tocar, como si desconfiásemos de aquel objeto caído del cielo. ¿Qué nos habría enviado Dust? Esperaba, con toda mis ganas, que fuera algo que pudiéramos comer, que nos ayudase a soportar el viaje al norte.
-¿La coges tú?-me preguntó Jack, y ante sus palabras, me agaché, solté el paracaídas de la cesta y abrí, soltando un gemido de alivio al ver su contenido.
-¡Sopa!-exclamé, sacando una olla llena de líquido humeante-¡Sopa y pan!-añadí, descubriendo los pequeños bollitos blancos y calentitos que había en un lateral de la cesta.
Casi sentía deseos de llorar. ¡Teníamos comida, comida caliente, tan caliente que sentía como mis manos ardían por debajo de los guantes! Esta noche podríamos dormir con el estómago lleno, y mañana no nos despertaríamos con los rugidos de nuestras tripas ante la ausencia de alimento. Aquella comida nos ayudaría a poder llegar al bosque, nos mantendría en pie hasta que pudiéramos empezar a cazar nuestro propio alimento. Recordé como el día en que le mostré a Daph el bote de pomada cicatrizante, ella me dijo que era preferible ese tarro a cualquier ración de alimento. Siempre supe que se equivocaba en ese aspecto, y ahora lo comprobaba, pues la mera visión de la olla me había subido los ánimos.
Decidimos acampar al pie de una nueva montaña, alzamos un nuevo ventisquero y nos apresuramos a tomarnos el contenido de la olla. Nos habían enviado un par de cucharas, por lo que tendríamos que meterlas directamente en el recipiente, pero ninguno de los dos puso pegas a ese aspecto. Comimos en silencio, tratando de no ingerir el líquido demasiado rápido para que no nos sentase mal en el estómago. La sopa era consistente y sabrosa, con pasta de fideos flotando en ella, acompañada por trocitos de zanahoria y carne; los bollos estaban crujientes y esponjosos; puede que no fuera la comida más lujosa del mundo, pero después de haber pasado varios días a base de galletas y conservas de carne desecada, aquella sopa me sabía a gloria.
-Deberíamos reservar un poco para mañana-dijo Jack, con la boca llena de pan, hundiendo de nuevo su cuchara en la olla-Pero tengo tanta hambre que me importa un bledo si mañana no tenemos desayuno.
-Apoyo lo dicho-contesté, propinándole un mordisco a mi bollo-No quiero pasarme otra noche escuchando los ruidos de mi estómago, bastante tengo ya con tus ronquidos.
-¿Ronquidos?-preguntó Jack, perplejo-¡Yo no ronco!-se apresuró a añadir.
-Ya, claro-señalé con sarcasmo. La primera noche que pasamos juntos, durante mi turno de guardia, Jack comenzó a roncar con ganas, de una forma tan repentina que hasta me sobresaltó. Y ahí no quedaba la cosa, pues también daba ocasionalmente patadas. De haber estado yo también en el saco de dormir, me habría dejado llena de cardenales.
Terminábamos de rebañar el fondo de la olla con trozos de pan, cuando el cielo, ya oscurecido por la noche, se iluminó con el sello del Capitolio. Ahora sabríamos quien había sido el que había muerto hoy, casi me moría de impaciencia mientras el sello se fundía y daba paso al rostro del tributo fallecido. Y solté un grito cuando vi a Daph, con sus ojos oscuros y su espesa cabellera castaña, mirarme desde el cielo. ¿Cómo había podido morir ella? ¿Acaso Leaf la había matado, como hizo con su compañero? De ser así, ese crío era un verdadero peligro, pues ya había borrado del Juego a dos profesionales.
El sello volvió a aparecer, y luego todo volvió a la oscuridad. Jadeaba de forma involuntaria, mientras me daba cuenta de algo que antes había pasado por alto: toda mi antigua alianza estaba muerta, yo había sido la única que había sobrevivido a los demás. Era la última profesional que quedaba en la arena.

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