miércoles, 29 de agosto de 2012

CAPÍTULO 30


Estaba claro que nuestro descanso no era lo que los Vigilantes querían, sino que entrásemos en batalla, o al menos, que sufriéramos un poco, después de este par de días sin algún suceso interesante, al menos por nuestra parte. Claro, ahora que quedábamos tan pocos, lo que el público quería era muerte y sangre a mansalvas, y seguramente, estando tan dispersos como podíamos estar, nos tratarían de reunir.
Jack se incorporó de un brinco ante mi grito, mientras que los pájaros, volando de un modo endiabladamente veloz, se nos echaban encima, justo cuando yo intentaba recoger mis armas y mi mochila. Lo más sensato habría sido dejarlo todo y salir corriendo, pero no podía abandonar los únicos medios de abrigo que teníamos, del mismo modo que se me hacía impensable la idea de irme sin el arco y el carcaj; su uso me era muy útil, a pesar de preferir el lanzamiento de cuchillos. Ir por la arena sin algo para llevar provisiones era una estupidez, del mismo modo que era ir dejando armas por ahí, donde cualquier otro tributo podía encontrarla y usarla posteriormente contra mí.
Ahora que tenía a aquellas aves más cerca, podía ver que eran una especie de cruce entre cuervos y algún tipo de pájaro de presa, pues aunque tenían el negro plumaje de los cuervos, sus picos y sus garras no eran las de estas aves. Estaba claro que eran mutaciones, pájaros creados en algún laboratorio del Capitolio, que nos echaban encima por pura diversión.
Un grito de dolor proveniente de mi compañero me hizo envararme por completo, me giré para ver como Jack trataba de alejar a aquellos pájaros, mientras que la nieve que había a sus pies se manchaba de rojo, por culpa de la sangre que le goteaba desde la cara.
-¡Los ojos!-gritó, mientras se tapaba la cabeza con los brazos y corría en esos momentos en dirección hacia mí, cogiendo mi cabeza y apretándola contra su pecho-¡Protégete los ojos!
Sentí gotear la sangre sobre mi coronilla, mientras que notaba como las garras de aquellos pájaros rasgaban la tela de mi abrigo, con unos cortes tan profundos que las sentía incluso arañar mi piel. Al mismo tiempo, sus picos rebotaban en mi cráneo, en mis manos, en cualquier parte de mi anatomía que estuviera a su alcance, mientras que sus horribles graznidos rebotaban en mis oídos, llegándome hasta el cerebro incluso, pues eran terriblemente intensos.
Jack tiraba de mí en dirección al bosque, sin soltar el agarre que había hecho sobre mi cabeza, impidiendo que pudiera moverme con normalidad, o que lograse alcanzar el arco para alejar a aquellos mutos. Sentía como las aves, sin dejar de graznar, se cebaban con él, pues de vez en cuando gemía o mascullaba alguna maldición. Si no tuviera que tenerme contra su pecho como me tenía, podríamos echar a correr hasta parapetarnos entre los árboles, pero su agarre nos obligaba a ir mucho más despacio de lo conveniente.
-¡Jack, suéltame la cabeza de una jodida vez y déjame correr!-exclamé, un poco cansada de que me protegiera de esa manera tan absurda, pues me hacía sentir débil, cosa que detestaba a más no poder. De los dos yo era la fuerte, la aguerrida, y que me tuviera de esa forma, como si no fuera más que una pobre chica sin medio alguno, me ponía de mal humor.
-¡No lo pienso hacer!-me contestó, para acto seguido soltar un nuevo grito. Bien, pues si él no me soltaba, me soltaría yo misma, aunque tuviera que arrancarle los dedos a mordiscos.
Un nuevo picotazo encontró asilo en la parte posterior de mi cuello, haciéndome gritar de dolor, sonido que tal vez enterneció a Jack, pues sentí como la presión de su brazo contra mi espalda disminuía un poco, tal vez intentando tapar la zona expuesta que estaba siendo atacada en esos momentos. Fue la ocasión perfecta para zafarme, apoyé ambas manos contra su pecho y usando toda la fuerza física que pudiera quedarme, me alejé de él, justo a tiempo para ver durante una fracción de segundo su rostro, lleno de la sangre que le manaba de la cuenca vacía del ojo derecho. Ahora entendía el grito que me había dado antes, del mismo modo que comprendía su obsesión por mantener mi cara contra su pecho. Me estaba protegiendo los ojos, el blanco principal, seguramente, de aquellos mutos. Claro, ¡era lógico a más no poder! Si nos cegaban, acabaríamos dando tumbos por la arena, a merced de los demás tributos, de tal modo que las posibilidades de sobrevivir que nos quedarían serían muy pocas.
-Corre al bosque-musité-Yo iré contigo, no te preocupes. ¡Vamos!
En el mísero tiempo que había tardado en decir esas palabras, un muto había conseguido cortarme en la mejilla con sus garras, un tajo que casi tocaba mi ojo izquierdo. Fue el aliciente que tal vez Jack necesitaba, pues tapándose la cuenca vacía, tomó la mano que le tendí para que no me perdiera de vista en aquel pandemónium, y ambos echamos a correr, yo tirando de él, como hizo conmigo cuando me sacó del hielo.
Los pocos pasos que nos separaban del bosque se me hacían eternos mientras obligaba a mis piernas a moverse, ignorando las punzadas que me daba la herida que me había hecho Sand, ignorando el dolor de mi brazo herido por Sunset, olvidando momentáneamente el escozor de los arañazos y de los picotazos que tenía por todo el cuerpo, mientras corría, corría y seguía corriendo, sosteniendo la mano de Jack, entrando entre los primeros árboles, dejando a un lado mi miedo hacia aquel bosque. La desesperación de haber visto a mi compañero tuerto de un ojo me había dado fuerzas para poder arrastrarle tras de mí hacia el interior del bosque, dejando a nuestras espaldas aquel pacífico lago y los graznidos de los cuervos. Ahora estábamos todos, tal vez, en el interior de la misma zona de la arena.
No dejé de correr hasta que los gritos de los mutos se silenciaron, momento en el que caí de rodillas, sintiendo como mi estómago se contraía, molesto tal vez por el esfuerzo al que me había sometido al escapar de aquellos seres. Notaba la boca llena de saliva, por lo que supe que el vómito sería casi inmediato.
Eché fuera el pescado y lo que quedaba de las provisiones que habíamos ingerido, mientras que mis brazos y mis piernas temblaban de puro agotamiento. No sabía que estaría haciendo Jack, pero esperaba recuperarme pronto de las náuseas para poder intentar curarle lo que quedaba de ojo, o al menos desinfectar la herida con alcohol.
Me limpié la boca con el dorso de una mano, para luego remover la nieve, tapando así el vómito. Me vino a la memoria la imagen de Silk, en una situación muy similar a la mía, en este mismo bosque, tapando su vómito de corteza con la nieve, del mismo modo que estaba haciendo yo ahora. Parecía una escena de otros Juegos, de otros tributos tal vez, no de esta arena, ni de mi persona. ¿Quién le iba a decir en aquel momento que en cuestión de cuatro días iba a estar muerta?
Las arcadas parecían haber remitido, de tal modo que me incorporé, viendo a Jack postrado a los pies de un árbol, temblando de pies a cabeza. Con pasos vacilantes, me acerqué a él, para retirarle luego la mano de la cuenca vacía de su ojo casi con ternura. No olvidaba que me había protegido, que me había salvado una vez más, lo cual me llenaba de cierta confusión. ¿Acaso Jack sería capaz de renunciar a la victoria, y por tanto a su vida, para convertirme en ganadora?
-¿Estás de una pieza?-me preguntó con voz débil, pero con una leve sonrisa curvando sus labios.
-Si estar llena de agujeros es estar de una pieza, entonces sí-contesté, mientras que de forma inconsciente, me llevaba una mano a la nuca, donde sentí el agujero que el pico del muto había hecho. Había tenido suerte de que no hubiera picado en la zona de las vértebras y me hubiera inutilizado de cabeza para abajo, pues en ese caso, ya estaría condenada a una muerte segura-Vamos a ver ese ojo…
No sabía bien como debería actuar para curar aquella herida, pues en el Centro de Entrenamiento no habíamos abordado ese tipo de tratamientos. Temía que, de no limpiársela, se le infectara, aunque no creía que hubiera nada ahí que se le pudiera infectar, teniendo en cuenta que los mutos le habían ¿arrancado, reventado? el ojo.
-Gracias-musité mientras buscaba en mi mochila las vendas y el bote de alcohol-Ya es la tercera vez que intercedes por mí.
-Lo haría más veces, que no te quepa duda-me respondió, a lo que esbocé una mueca. Me incomodaban ese tipo de comentarios, sobre todo porque me recordaban a su confesión sobre sus sentimientos hacia mí el otro día.
-Cierra el pico, necesito concentrarme para saber que puedo hacer con tu ojo-repuse, mientras sostenía el bote de alcohol en una mano. Me daba algo de aprensión tener que verter aquel líquido en un sitio donde hacía unos pocos minutos había habido un ojo en perfecto estado, pero me tragué el asco para verter un chorro del líquido en la cuenca. Jack se retorció, apretando los dientes, pero sin emitir una sola queja, lo cual me pareció muy loable, puesto que dudaba que yo hubiera sido capaz de soportar aquel tormento en silencio.
-Una vez más-dije, para que se preparara, y volví a verter de nuevo el alcohol en el agujero-Listo-añadí, tomando una venda y usándola para tapar el ojo vacío-No sé si he hecho lo correcto, pero es lo máximo que puedo hacer con los conocimientos y los medios que tengo a mano.
-Tu turno-repuso Jack, cogiéndome de la parte superior del ajado abrigo y girándome para poder ver las heridas que me habían hecho-Te han arañado toda la espalda-musitó-Voy a limpiarte las heridas, ¿de acuerdo?
Le pasé el bote de alcohol, y noté como comenzaba a aplicar el líquido sobre mi espalda y mi nuca. Me mordí el dorso de la mano, conteniendo el grito que pugnaba por salir, mientras que sentía como la piel herida quemaba y escocía al contacto con el alcohol. Estaba concentrada en no chillar, pero cuando el sonido de un cañonazo rompió el aire de la tarde, el grito que controlaba por acallar, salió de mis labios. ¡Había caído otro tributo, solo quedábamos cuatro!
-¿Quién habrá sido ahora?-pregunté, mientras que Jack suspiraba y me tendía de nuevo la botella, después de haberme echado unas gotitas de alcohol en la mejilla.
-Se nos ha acabado el alcohol-dijo.
-Bueno, tal vez no tengamos que volver a necesitarlo-dije en un susurro. Cuatro. Solo quedábamos cuatro en la arena, estaba a tres personas de poder volver a casa. Siempre había pensado que podía ganar los Juegos, y ahora la posibilidad era verdaderamente alta, teniendo en cuenta que estábamos en igualdad de condiciones la otra alianza y nosotros. Era un dos contra dos, y seguramente, pronto nos veríamos las caras.
-Sí-me respondió-Tal vez dentro de poco, todo esto acabe de una vez; estoy deseando que llegue a su término. Sea lo que sea que haya después de la muerte, seguro que es mejor que este infierno.
Me quedé de una pieza ante esas palabras. Jack estaba dando por sentado que no iba a ganar, que iba a morir, y eso no me hacía gracia, aunque tampoco me gustaba la idea de que mi muerte fuera inminente. Pero no pensaba dejarlo tener esos pensamientos, del mismo modo que él no me había dejado rendirme cuando mi hermano murió.
-Tal vez salgas vivo de aquí-sugerí, a lo que él contestó con una carcajada.
-No cuela, Chrys-señaló-Ambos sabemos que eres la que tienes más opciones; las has tenido desde que llegaste al Capitolio.
-He estado a punto de morir en muchas ocasiones-rebatí-Así que sigo aquí por puro milagro; bien puedo morir a la siguiente.
Jack negó con la cabeza, mientras que se llevaba una mano al vendaje, que se le había vuelto a empapar de sangre.
-Vas a ganar-me dijo con seguridad-Vas a ganar y vas a volver al Distrito 12 con la cabeza bien alta, con el título de vencedora bajo el brazo y la diadema del ganador sobre tu frente.
-No me regales el oído anda-bromeé, mientras le acomodaba el abrigo, que estaba tan destrozado como el mío, ofreciendo poca protección contra el frío, por lo que extraje la manta de la mochila y se la eché por encima-Quédate ahí quieto mientras busco algo de comer, ¿vale?
No quise alejarme mucho, por lo que me conformé con arrancar varios trozos de corteza, que comimos con calma, masticándolos despacio, con la intención de que nos durasen. Me costó mantener el autocontrol, debido a que la comida de la mañana había acabado fuera de mi cuerpo, mas al final Jack acabó cediéndome sus porciones sin más miramientos.
Nos mantuvimos despiertos el uno al otro contando adivinanzas, mientras la noche se instalaba sobre nuestras cabezas y el bosque se llenaba de extraños murmullos. Al poco tiempo de salir la luna, comenzó el himno, y vimos en el cielo el rostro de Leaf. Aunque debería alegrarme por tener un contrincante menos, la imagen de ese rostro infantil me puso el corazón en un puño, pensando en ese niño y en sus cortos años de vida. Nunca crecería, nunca volvería a reunirse con su familia, nunca experimentaría los placeres que la vida trae consigo de la mano, el Capitolio lo había privado de todo ello. Ahora que su muerte había tenido lugar, quedábamos cuatro personas en el estadio, y dos de ellas éramos del Distrito 12. Teníamos muchas posibilidades para ser el distrito con el siguiente vencedor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario