viernes, 7 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 38 (FINAL)


No bien hubo terminado la entrevista, Athenea me propuso que me diera un nuevo baño para librarme del maquillaje antes de tomar el tren que habría de llevarme de vuelta al Distrito 12, pero rechacé tal idea con rotundidad. No quería pasar más tiempo en el Centro de Entrenamiento, quería volver a casa, alejarme del Capitolio y empezar mi particular batalla contra los recuerdos de los Juegos del Hambre. Así pues, nos despedimos de Hermes y de las tres estilistas que conformaban mi equipo de preparación, y no tardamos en ser llevados a la estación en un coche con las ventanas tintadas. En el corto trayecto que supuso aquel desplazamiento en vehículo, mantuve los ojos fijos en mis pies, sin osar mirar por la ventanilla el paso de los edificios del Capitolio. No quería ver nada más de aquella ciudad, al menos hasta que tuviera que volver, dentro de varios meses, durante mi gira de la Victoria.
Me temí que en la estación hubiera una multitud esperando para despedirse de mí, y de hecho, la había, pero Dust, haciendo gala de su particular comportamiento, me abrió paso a codazos, de tal modo que cuando vine a darme cuenta, ya me encontraba subiendo al interior del tren, separándome así de la multitud que rugía mi nombre como si fuera alguien especialmente reseñable, cuando solo era una chica que había asesinado a varias personas y había sobrevivido a los avatares a los que la habían sometido.
El tren se puso en marcha, y pronto se internó en la oscuridad del túnel que recorría el interior de las montañas que rodeaban la ciudad. Mientras Dust y Athenea se perdían en diferentes direcciones, no sin antes recordarme que en dos horas la comida estaría servida, deambulé por el tren que no llegué a coger en mi viaje de ida al Capitolio. ¿Sería el mismo tren en el que Silvana se había suicidado? Casi me podía imaginar a la chica escondiendo el cuchillo entre los pliegues de su vestido, para luego, en la soledad de su dormitorio, arrancarse la vida con su hoja, movida tal vez por la desesperación de ir hacia una muerte más que probable. Jack también habría caminado por estos pasillos, y habría dormido en alguna de las habitaciones que ahora se encontraban desiertas, esperando a que dentro de unos meses, yo volviera a ocuparlas para la Gira de la Victoria, y luego, cuando volviera la primavera, los próximos tributos de los Terceros Juegos del Hambre.
Me salté la comida sin molestarme siquiera en avisar a los demás que no iba a acudir; me quité el vestido y el maquillaje que me habían aplicado en el Capitolio, y me vestí con unos pantalones y una camiseta, no sin antes recogerme el pelo en mi habitual cola de caballo. Pero aunque el reflejo del espejo del armario era muy parecido al de la Chrysta del Distrito 12, había algo en él que señalaba que, por mucho que ahora volviera a parecerme a mi antiguo yo, jamás volvería a ser la misma. Cuando has visto tal colección de horrores, no puedes pretender seguir viviendo como hasta la fecha, como si nada hubiera pasado.
Al caer la noche, le pedí a una de las personas del Capitolio que había en el tren, que me trajera algo de comer a mi dormitorio. No eran avox propiamente dichos, su trabajo consistía en que no me faltara de nada, en cumplir todos mis deseos desde que salimos de la ciudad hasta que llegásemos al Distrito 12. Seguramente, en el viaje de ida, también habrían debido vigilarme, aunque eso no llegué a experimentarlo; este año, ningún tributo había cogido el tren dos veces, por extraño que sonase.
A la mañana siguiente, poco después de que Athenea me sacara literalmente a rastras de la cama, el tren empezó a aminorar la marcha, mientras que por la ventanilla del mismo pude ver como nos acercábamos a la mugrienta estación del Distrito 12, en cuyo andén había congregada una verdadera multitud, que gritaba al ver como el ferrocarril se iba acercando poco a poco. A pesar de que me alegraba estar de vuelta en casa, la sensación de vacío en mi pecho aumentaba ante la idea de que allí, muy cerca de mí, se encontraban los Wood, seguramente no participando en la alegría que veía en los rostros de los congregados.
-Bueno Chrysta-Athenea parecía algo contrariada-Aquí es donde nos separamos hasta dentro de unos meses… ¡no puedo creer aún que haya sido la escolta de la ganadora de estos Juegos! ¡Estoy tan orgullosa de todo lo que has hecho!
Se me tiró al cuello, mientras sollozaba de un modo casi estridente. Pude percibir con claridad el perfume a hierbabuena que usaba a diario, del mismo modo que el delicado aroma de los polvos faciales blancos que usaba, como casi todos los ciudadanos del Capitolio. No sabía como reaccionar ante su gesto de despedida, pues lo cierto es que no me llevaba especialmente bien con ella. ¿Le debía algo a esta mujer? Nada, si había de ser sincera; ni siquiera tuvo la decencia de darme la oportunidad de ser voluntaria cuando me moría de ganas por ir a los Juegos, aunque técnicamente no fuera su decisión. Con un gesto algo despegado, le di un par de palmaditas en el hombro, mientras que Dust me miraba con una ceja alzada.
-Nos veremos en la Gira de la Victoria-contesté, para luego liberarme de su abrazo y enfrentarme a los escalones que descendían del tren y me lanzarían en brazos de la gente del Distrito 12. Dust, situado a mi espalda, posó una mano sobre mi hombro.
-Estamos juntos en esto-me susurró-No olvides que sigo siendo tu mentor.
Inhalé una bocanada de aire y luego, con paso decidido, bajé los escalones, para encontrarme cara a cara con los viejos conocidos de toda mi vida. Allí estaban las familias mineras, cuyos miembros en edad para bajar a la mina eran compañeros de mi padre; algunos de ellos fueron quienes sujetaron a mi madre en el día de la repesca, cuando yo me ofrecí voluntaria. También estaban las familias de la ciudad, los comerciantes de pelo rubio y ojos azules, que me aplaudían a rabiar; mis padres, que se encontraban delante de todos los demás, mi padre sonriendo con orgullo, y mi madre llorando sin dejar de sonreír, mientras que sujetaba a Mizzy, que no dejaba de ladrar en mi dirección y de mover las patitas, como queriendo salir corriendo a recibirme. Y allí, a su lado, estaban los Wood, algo más apagados que los demás, pero sin rencor alguno por mi persona en sus ojos, que me miraban con el dolor y el orgullo mezclados en sus rostros. Ambos vestían de negro, por lo que supuse que tal vez estuvieran guardando luto por la muerte de Jack.
Mi madre soltó a Mizzy, que no tardó en venir a saludarme, mientras ella me envolvía en un cálido abrazo, al mismo tiempo que mi padre me acariciaba la cabeza. ¿Cómo habrían vivido ellos mis Juegos del Hambre? Recordé todas las veces que había estado a punto de morir, y traté de imaginarme sus reacciones a tales sucesos. Seguro que habían sufrido tanto como yo padecí en el estadio, aunque tal vez de un modo diferente al mío.
-Creía que no volvería a verte cuando te presentaste voluntaria-el susurro de mi madre consiguió que un nuevo nudo de lágrimas cerrase mi garganta-Te vi tan cerca de morir tantas veces…
-¿Cómo están los Wood?-dije con voz ahogada.
-Se recuperarán-me respondió ella-Aún es todo muy reciente…
Me separé del abrazo, estudiando de nuevo a la multitud. Detrás de mi familia, había un grupo de escuálidos niños de la Veta, que me recibían con el mismo entusiasmo que sus progenitores. Sus caritas estaban chupadas por el hambre, pero pronto, gracias a mi victoria, tendrían alimentos durante todo un año. Y esos que estaban algo más lejos, con los bracitos que casi parecían esqueletos con un poco de piel encima. Y esos otros… y aquellos… por ellos sí que valía la pena haber ganado los Juegos, por ver como irían llenando los huecos que el hambre les había robado.
Suspiré, mientras que saludaba a los allí presentes, como deferencia a su calurosa bienvenida, intentando mostrarme medianamente alegre para ellos, aunque me costase más que cualquier cosa en esos precisos momentos. Al menos las cosas iban a mejorar  en el Distrito 12, y mi familia tendría una vida mucho más fácil que la pasada. Aunque, desde luego, mi vida no entraba en ese cupo, pues aún me quedaban por librar muchas batallas contra mis propios recuerdos.











CAPÍTULO 37


Los mutos no dejaban de correr, casi pisándome los talones, mientras que yo trataba de escapar de ellos, intentaba alejarme de sus garras, tropezando una y otra vez en la nieve que cubría todo lo que mis ojos podían ver. Sentía el crujido de los huesos de aquellos esqueletos que tan cerca estaban de mí, notaba como sus garras casi se incrustaban en la piel de mi espalda. Me iban a matar, como mataron a Valkyrie, convirtiéndome a mí también en una masa sanguinolenta, destrozada por aquellos cortes que producían…
Con un grito, abrí los ojos, mientras que intentaba comprender por qué de repente habían desaparecido la nieve y los esqueletos, por qué me encontraba en aquella mullida cama, en aquella habitación de aspecto tan recargado. Mi cerebro, aún aletargado por el sueño, era incapaz de conectar la idea de que había dejado la arena, y que los mutos que había visto en el brumoso mundo donde habitan las pesadillas, no eran más que un recuerdo. Pero había parecido tan real, tan sumamente verídico, que aún me costaba asimilar que había sido un simple engaño de mi mente.
¿A esto era a lo que se refería Seaview cuando hablaba de las pesadillas? ¿Acaso ahora todas mis noches estarían plagadas de recuerdos de la arena? De ser así, la idea no me atraía en absoluto, pues era demasiado escalofriante tener que revivir todo lo ocurrido en el estadio; pues era como si no hubiera salido del mismo todavía. Aunque, pensándolo bien, tal vez mi mente nunca pudiera abandonar aquellas nieves; recordaba como cuando fui subida al aerodeslizador me había sentido de un modo muy extraño, como si una parte de mí se hubiera quedado sobre el hielo que habíamos pisado todos los tributos.
Gemí para mis adentros, mientras que aún con el pulso acelerado, me incorporaba en el lecho, viendo como por la enorme ventana de mi dormitorio entraba la clara luz de la mañana. Con cuidado, abandoné la cama, caminando descalza hacia aquel ventanal, contemplando la imagen del Capitolio que se extendía ante mis ojos; observando sus artificiales pero no por ello menos hermosos colores, sus elevados y esbeltos edificios, sus calles, transitadas por tanta gente. Era tan diferente al Distrito 12… ¡el Distrito 12! Un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza al recordar que mañana, seguramente, estaría rencontrándome con mi familia, aunque aquella emoción perdió gran parte de su atractivo cuando me vino a la cabeza que en ese rencuentro también se encontrarían los familiares de Jack.
Suspiré, mientras me intentaba hacer a la idea de que iba a tener que mirar a la cara a los padres del chico que dio su vida para salvar la mía. ¿Y si me culpaban por la decisión de Jack? Conocía bien a los Wood como para suponer que no harían tal cosa, pero no estaba segura de si se mantendrían en su habitual comportamiento ahora que habían visto morir a su único hijo en un riguroso directo, y más teniendo en cuenta que su fallecimiento había sido en parte culpa mía.
Interrumpí aquel pensamiento, mientras apretaba los puños contra el grueso cristal de la ventana, al mismo tiempo que apoyaba la frente contra este. No iba a ganar nada preocupándome por anticipado, pero me era imposible no evocar lo que estaba por venir; sabía que antes o después tendría que enfrentarme a aquella familia que había huído del Distrito 13 para solo encontrar miseria y dolor en su nueva residencia.
¿Qué hora sería? Por la luz tan brillante que entraba por la ventana, bien podía ser mediodía; aunque tal vez en el Capitolio se las hubieran apañado para controlar la luz solar y el tiempo, como hacían los Vigilantes en la arena. Si había de pensarlo con frialdad, incluso sería lógico que el tiempo en aquella ciudad dependiera de los caprichos de algunas personas; unos caprichos que habían sido tangibles durante el transcurso de los Juegos. ¿Qué clase de ser humano es capaz de modificar las condiciones de un lugar solo para torturar a los jóvenes que tenían que luchar en él?
A sabiendas de que el sueño estaba fuera de mis posibilidades actuales, me dirigí al enorme cuarto de baño de la habitación, donde me deshice de la ropa de cama y me metí en la ducha, pulsando al azar algunos botones del panel de mandos que había instalado en la misma. Fui atacada por un repentino chorro de agua caliente con olor a limón, para luego ser bombardeada con unas enormes pompas de jabón de color rosa, cuyo aroma era tan penetrante que llegó a producirme un leve dolor de cabeza. Cuando logré retirar de mi piel los restos de espuma que aquellas burbujas habían dejado, regresé al dormitorio justo a tiempo para ser avasallada por Hermes y mi equipo de preparación, que entraban sin ningún miramiento en la estancia; los cuales ignoraron el hecho de que yo solo vestía una toalla de baño, para comenzar a prepararme nuevamente para la entrevista programada para la jornada.
-¡Ya nos has adelantado trabajo!-trinó Jeda mientras luchaba contra los enredos de mi pelo-Te has lavado de pies a cabeza, ahorrándonos a nosotros el tener que mandarte a la ducha… por mucho que te hayan limpiado desde que te trajeron de la arena, aún despides un cierto tufillo a nieve.
¿Tufo a nieve? ¿Es que acaso la nieve tiene olor? E independientemente de eso, ¿qué más le daba a esa mujer como oliese? Por mucho que ahora no debiera mostrarme ruda y desagradable, pues no consideraba que fuera la imagen apropiada para una vencedora, las viejas costumbres seguían muy arraigadas en mí.
-Y tú apestas a perfume barato y a maquillaje rancio-repuse de malas, eligiendo las palabras que seguramente molestarían más a esa mujer. No sabía con certeza si el perfume de lavanda que solía usar era caro o no, ni si el maquillaje pálido que cubría su cara había visto tiempos mejores, pero del mismo modo que insulté a Dust cuando llegué al Capitolio diciéndole que necesitaba un baño, había agredido verbalmente a Jeda del mismo modo. Me daba igual que se enfadase o que decidiera que no quería seguir trabajando para mí; no me quedaban muchas horas en el Capitolio, y ya no necesitaba estar radiante y presentable para los patrocinadores.
La aludida soltó un gritito ahogado, mientras que Madya me miraba como si fuera un gusano especialmente gordo que hubiera encontrado arrastrándose por su falda. Acqua y Hermes, sin embargo, estaban enfrascados en una conversación entre ellos, y parecían no haberme oído.
-¡Me importa poco que seas una vencedora, niña!-exclamó Jeda, con un tono de voz aún más chillón que el habitual-¿Cómo osas hablarme así? ¿Es que no te han enseñado modales en ese distrito subdesarrollado en el que vives?
Modales. Al parecer en el Capitolio se le daba más importancia a los modales que al hecho de que en el Distrito 12 nos muriéramos de hambre día sí y día también, lo cual no hacía que acrecentar la sensación de disconformidad que estaba comenzando a sentir en el centro de mi pecho. Ya odiaba al Capitolio de antes, pues lo culpaba por haber matado a mi hermano; ahora a ello se le añadían las vidas de mis compañeros muertos en la arena y eso sin contar con el temor que la charla de la noche previa con Seaview me había despertado.
-Nos preocupamos más por no morir de inanición-contesté con los dientes apretados, mientras que Madya luchaba contra mi ceño fruncido para aplicarme con más calma la sombra de ojos de color rojo que tenía en una de sus manos-Cuando apenas tienes nada que llevarte a la boca, lo demás pasa a un segundo plano.
-Vas a tener mucho que aprender de aquí a que vuelvas al Capitolio durante la Gira de la Victoria-Madya usó un tono de voz más sosegado para dirigirse a mí-Podríamos enviarte a alguien para que te enseñe modales y protocolo.
-Antes me bebería el agua de fregar-repuse automáticamente, mientras que me estremecía ante la idea de tener a un enviado del Capitolio en mi nueva casa de la Aldea de los Vencedores, que se dedicara a enseñarme como comportarme, como actuar, como desenvolverme en la hipócrita sociedad de aquella ciudad que había condenado a tanta gente al abismo de la muerte.
-Calma, señoritas-Hermes se acercó a nosotras, al mismo tiempo que examinaba el trabajo que las estilistas habían hecho conmigo-Todos estamos hoy con los nervios a flor de piel, así que mejor nos dejamos de peleas y nos centramos en lo verdaderamente importante, que es la entrevista de nuestra ganadora-me regaló una leve sonrisa, la cual me negué a devolverle. Por muy amable que se comportase conmigo, sobre todo ahora que era su principal baza para darse a conocer, no olvidaba que, después de todo, Hermes era “uno de ellos”, como bien me recordaban las gemas violetas que tenía implantadas en el rostro.
Dejé que me ahuecaran el cabello y me deslizaran en el sencillo vestido rojo a la altura de las pantorrillas que habría de llevar para la entrevista sin hacer un nuevo comentario, pues no me sentía con ánimos para hablar; la mera entrevista ya era lo suficientemente estresante como para que me siguiera enzarzando en discusiones con mi equipo. ¿Cómo iba a reaccionar cuando Pollux comenzara a preguntarme cosas sobre los Juegos? Dudaba que pudiera unir más de cinco palabras antes de que me traicionaran los nervios y acabara llorando a lágrima tendida delante de las cámaras. Sería extraño verme haciendo tal cosa, pues no era yo persona dada a mostrar sentimientos, pero me sentía demasiado cargada de dolor desde que abandoné el estadio, y las lágrimas eran una buena vía de escape. Aún tenía mucho por lo que llorar.

La entrevista se realizaría en la sala común del Distrito 12, la cual habían remodelado para la ocasión. Retiraron la mesa y las sillas que solían dominar el centro de la estancia, y en su lugar habían colocado el mismo sillón que la noche previa habían dejado en el escenario para mí. Varios estandartes con el emblema del Distrito 12 habían sido repartidos alrededor del asiento; sobre el escudo del distrito, aparecían fotografías de mi rostro, la mayoría de la ceremonia de ayer, donde lucía ya la corona de vencedora, pero algunos eran imágenes del desfile inaugural. Comparando las diferentes imágenes, se podía notar leve cambio en las facciones de mi rostro, pues en las que aparecía coronada estos brillaban un tanto vacíos, casi sin vida, mientras que en las pertenecientes a antes de la arena, mi mirada destelleaba con furia y decisión.
-¡Por fin!-Athenea llegó a mi lado, correteando sobre sus altos tacones, mientras que el elegante vestido dorado que llevaba para la ocasión revoloteaba a su paso-¡Creía que nunca ibas a dignarte a aparecer!
-Hemos tenido un problema con las sombras del maquillaje-repuso Hermes, mientras que Dust me examinaba concienzudamente y el presentador me saludaba. Hoy había mudado el traje rojo de la víspera por uno en un tono gris suave, aunque desentonaba con el estridente color de su pelo.
-¡Bueno, más vale tarde que nunca!-la mujer movió la cabeza con aire resignado, para luego apoyarse contra una de las paredes, cruzando los brazos con un ademán impaciente-¿Estamos listos para comenzar?
-Cuando la señorita Clearwater quiera-respondió Pollux, haciendo un gesto hacia el sillón vacío, indicándome que me sentara. Si por mi fuera, no me molestaría ni en sentarme, sino que simplemente me dirigiría al ascensor, abandonaría el Centro de Entrenamiento y correría hasta la estación, donde me metería en el tren que me llevaría lejos, muy lejos del Capitolio. Pero claro, la gente quería que la vencedora de estos Juegos hablase de como habían sido para ellas, y yo, como buen títere que ahora era, no tenía más opción que resignarme. De haberme encontrado en esta situación cuando no era más que una chica de la Veta que soñaba con ir a los Juegos para vengar a su hermano de algún modo, seguramente le habría dedicado a Pollux Flickerman un gesto bastante obsceno, para luego salir corriendo. Mas ahora, no podía permitirme ese comportamiento, por mucho que me disgustase.
Así pues, tratando de no mostrar lo que me desagradaba aquello, tomé asiento en el sillón, tratando de ignorar las numerosas cámaras que rodeaban el asiento, las cuales parecían voraces insectos que desearan engullir todos y cada uno de mis gestos.
Pollux tomó asiento en la silla que habían colocado frente a mí, y a una señal de uno de los cámaras, comenzó a hablar. Como introducción, hizo un par de chistes, a los que respondí con una sonrisa forzada, casi tensa; no tenía el ánimo suficiente como para bromear, y menos en un lugar donde había tantos fantasmas como era aquel. Viendo que no parecía dispuesta a colaborar con aquella dinámica, el presentador pasó directamente a las preguntas, las cuales, en un principio, eran bastante banales: como había sido mi vida en el Distrito 12 antes de que fuera elegida como tributo; como me sentí cuando me enteré del suicidio de Silvana; que me habían parecido mis contrincantes en la arena…
Yo contestaba de forma maquinal, casi sin entusiasmo alguno, mientras que rogaba en mi fuero interno por el final de aquella entrevista. Me era complicado hablar de Silk, Marphil, Brass, Daph y los demás sin derramar alguna lágrima; mas no se me escapó ninguna. A pesar de que mis emociones se encontraban a flor de piel, mi autocontrol seguía siendo lo suficientemente fuerte como para mantenerme firme, seria, sin llorar. Pero aunque controlaba el flujo de las lágrimas no derramadas, estas seguían ahí, tras mis ojos, esperando el momento oportuno para salir. Y este llegó cuando llevábamos cosa de quince minutos hablando y Pollux formuló la pregunta que tanto había estado temiendo.
-A todos nos emocionó la despedida entre tú y tu compañero de distrito, Jack Wood-su voz sonaba neutra, como si estuviera hablando del tiempo en lugar de un último adiós entre dos personas medio moribundas-He de decir que no pude evitar las lágrimas cuando vi aquel beso que le diste como respuesta a su último deseo. ¿Cómo fue para ti el hecho de ayudarle a dejar este mundo?
Noté los ojos de todos los presentes clavados en mí, mientras que engarfiaba los dedos en los reposabrazos del sillón. ¿Cómo podían preguntarme una cosa semejante, y menos cuando todo era aún tan reciente? De mis recuerdos surgió la imagen del rostro de Jack, cubierto de suciedad y sangre, con la venda ensangrentada que tapaba la cuenca de su ojo, y con el que le quedaba en buen estado nublado por la cercanía de la muerte. Casi podía ver los surcos que mis lágrimas habían abierto en la porquería de su cara, limpiándola un poco de la mugre que la recubría.
Me mordí el labio, mientras mis ojos escocían con furia, señal de que las lágrimas estaban a punto de brotar de ellos. Intenté pronunciar alguna palabra, pero notaba la garganta cerrada por el llanto contenido, incapaz de proferir un sonido que no fuera un sollozo. Me esforcé en decir algo, pero no fue una palabra lo que brotó de mis labios, sino un gemido contenido de dolor, mientras que las lágrimas, ahora sí, corrían con libertad por mis mejillas. Una parte de mi me reprendía por ese comportamiento débil del que estaba haciendo gala, pero en esta ocasión, como hiciera antes en el estadio, no le presté atención a esas recriminaciones, mientras dejaba a las lágrimas fluir con libertad y el sollozo contenido escapaba de mi garganta. Ya no me importaba parecer débil, ya no merecía la pena luchar por mostrarme dura y fiera, pues los Juegos habían terminado, y ya nadie habría de ser convencido de que podía salir viva de la arena. Pollux pareció comprender que me era imposible contestar a aquella pregunta, por lo que se despidió de la audiencia con un tono tan jovial que sonaba incluso humillante. Cuando las cámaras dejaron de grabar, me encontré entre los brazos de Dust, que me abrazaba con fuerza, mientras me susurraba palabras tranquilizadoras.
-Ya pasó, pequeña-me repetía una y otra vez-Ya pasó.

lunes, 3 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 36


Cuando la ceremonia concluyó, todo mi equipo se reunió conmigo, aunque en esta ocasión, había una mujer joven de pelo marrón claro y ojos verdes con ellos, cuyo rostro me era muy conocido. Se trataba de Seaview, la mentora de los tributos del Distrito 4, la ganadora de los anteriores Juegos del Hambre. ¿Qué hacía ella allí? ¿Acaso se había quedado hasta el final de los Juegos, aunque sus tributos habían muerto, o simplemente no podía abandonar el Capitolio hasta que la competición terminase? El año que viene lo sabría, pues mi destino era muy similar al de ella: tener que volver año tras año a la ciudad, acompañando a los tributos del Distrito 12 para aconsejarles sobre como deberían actuar en los Juegos.
-Felicidades-dijo con una voz clara y sosegada-Me gustaría hablar contigo un momento, antes de que vayas a la fiesta que el presidente celebra en su mansión y de la que eres la invitada de honor-añadió arrugando un poco la nariz.
-Le recuerdo que la señorita Clearwater tiene que ajustarse a un horario.-repuso Athenea sacudiendo su plateada cabellera, a juego con el vestido en el mismo tono que llevaba para la ocasión.
-Que podrá cumplir en cuanto haya tenido unas palabras con ella-rebatió la mentora con aplomo-Si nos disculpáis…
Me hizo un gesto para que la siguiera, entrando de nuevo en el vestíbulo del Centro de Entrenamiento. Se dirigió a los ascensores, pulsó el número doce, y llegamos a las dependencias de mi distrito, pero la mujer no se quedó en esas estancias, pues se deslizó por el pasillo que conducía a las habitaciones que Jack y yo habíamos ocupado, descendiendo por este y llegando hasta una puerta por la que, subiendo una pequeña escalera, se accedía a una terraza que dominaba una espectacular vista nocturna del Capitolio.
-Perdona por tanto secretismo, pero prefiero que no haya oídos escuchando nuestra conversación, pues no creo que le agrade a ciertas personas-se disculpó.
Fruncí el ceño, sorprendida. ¿Qué se le estaba pasando por la cabeza a aquella chica para tener tanto secretismo? Ni idea, pero no podía ser muy bueno si no quería ser escuchada por los trabajadores del Centro de Entrenamiento.
-¿Tan malo es lo que me quieres decir?-pregunté.
-Créeme, lo es, aunque tal vez no del modo que te imaginas-fue la respuesta, que me dejó de una pieza. ¿Qué es lo que me iba a suceder? Acababa de salir de los Juegos del Hambre, ¿acaso había algo peor que eso? Lo dudaba, pues estaba segura de que nada podía compararse a estar en la arena, en tensión constante porque sabes que tu vida puede terminar en el momento menos oportuno-Quiero avisarte sobre lo que va a ser de ti ahora que eres una vencedora, Chrysta, quiero que conozcas la verdad sobre lo que te espera en un futuro, no lo que el Capitolio va a intentar que creas.
-¿Acaso hay algo peor que estar en la arena?-inquirí de forma mordaz, alzando una ceja-¿Hay algo peor que ser un tributo?
-Lo hay-respondió-Ser un tributo siempre es mejor que ser la marioneta del gobierno. Sí, has oído bien, marioneta, pues eso es en lo que me han convertido, y en eso te van a convertir a ti. Verás, cuando yo gané los Juegos del Hambre, creí que podría vivir tranquila y en paz el resto de mis días, dedicándome a lo que más me gusta, y de hecho, al principio fue así: tenía una casa nueva en la Aldea de los Vencedores, todo el dinero que pudiera imaginar, y la tranquilidad de saber que nunca me faltaría de nada durante el resto de mi vida. Pero por las noches, me era imposible conciliar el sueño, pues siempre que cerraba los ojos, veía a mis compañeros tributos, veía imágenes de la arena, que poblaban mis sueños y los convertían en pesadillas.
>>Pero eso no es todo, Chrysta. Se podría decir que es incluso el peor de los males que nos obligan a soportar, pues lo que me hicieron posteriormente redobló las cuotas de mezquindad de las que el Capitolio normalmente hace gala. Ocurrió cuando volví durante mi Gira de la Victoria, cuando acudí a las celebraciones que se hicieron en mi honor en la ciudad. Hay mucha gente extravagante que mora aquí, y que está dispuesta a todo por conseguir la compañía de una vencedora, y cuando digo todo, es todo. Fui entregada durante aquella noche a un miembro del gobierno, al que tuve que hacerle compañía en el lecho.
-¡¿Cómo?!-exclamé, horrorizada. Vale que alguien pudiera haberle sugerido que entrara en relaciones con ese hombre que había mencionado, fuera quien fuese, pero estaba segura de que, gracias a su estatus de ganadora, no tendría por que haberlo hecho-¿Por qué no se negó?-pregunté con un hilo de voz.
-Porque de no consentir, matarían a mis padres y a mi hermana-me respondió ella con una sonrisa triste-En el Capitolio, el que mueve las cosas, es el dinero, y al parecer pagaron una bonita cifra por mi compañía, cosa que se ha repetido otra vez ahora, que he vuelto para estos Juegos. A ti te harán lo mismo Chrysta, te usarán como un juguete con el que entretenerse; puede que tal vez te hagan algún regalo por falsa caridad, pero estarás siempre a disposición de aquel que pague la cuota que Ice fije por tu compañía.
La idea de verme a mí misma siendo entregada a cualquier ciudadano rico del Capitolio para que me hiciera lo que le viniera en gana, me hizo sentir náuseas. No, eso no podía ser cierto, tenía que ser una broma, una novatada de Seaview para asustarme. Si ganabas los Juegos, se suponía que te dejaban en paz, que se acababan los temores, pero no que tendrías que estar siendo constantemente entregada a unos y a otros para su disfrute. ¿Eso era lo que me esperaba, entonces, tener que pasar el resto de mi vida como un simple objeto que cualquiera podía usar si pagaban mi precio? ¿Habría fijado ya Ice una cuota para cuando volviera durante el Tour?
Seaview tuvo que ver algo de todo aquello reflejado en mi rostro, pues me acarició maternalmente la mejilla. Sería un año mayor que yo a lo sumo, pero parecía completamente adulta, seguramente por lo que habría tenido que soportar cuando estuvo en la arena… y fuera de ella.
-Ganar los Juegos del Hambre es lo fácil-musitó-Luchas y si tienes suerte, sales viva de la arena, como hemos hecho nosotras. Lo difícil viene una vez que has salido del estadio y tienes que aprender a vivir bajo los deseos de otras personas y enfrentarte a los recuerdos de los Juegos. Cada año tú y yo volveremos a este lugar, acompañando a dos chicos que seguramente no sobrevivirán, y tendremos que ayudarlos, viendo como muchas veces acabarán muertos. Créeme, no es fácil ver como tus tributos mueren, y mucho menos lo es el volver al Distrito y tener que enfrentarte con los rostros de sus padres. Nuestra vida, Chrysta, es unos Juegos del Hambre perpetuos.

Cuando me reuní de nuevo con mi equipo, apenas si me sentía predispuesta a hablar; las palabras de Seaview no dejaban de rondar por mi cabeza. ¿De veras era ese el destino deparado a los vencedores de los Juegos? Seaview no tenía motivo alguno para mentirme, de modo que seguramente, todo lo que me había dicho en el tejado era cierto, palabra por palabra. ¿Tanto le costaba al Capitolio dejarnos en paz una vez que habíamos superado el horror de la arena? Estaba claro que no, viendo como había usado a aquella chica, y como tal vez me acabaría usando a mí.
La mansión presidencial, donde Ice celebraba una fiesta en mi honor, era una enorme construcción maciza, severamente vigilada, con un interior que derrochaba recargo en cualquier sitio, aunque fuera en un simple pasillo que conectase dos habitaciones. Escoltada por todo mi equipo y algunos Agentes de la Paz que se habían unido a nosotros, como si temieran que pudiera pasarme algo, fui introducida en el enorme salón donde se celebraba la recepción, siendo ovacionada por los asistentes. Y casi tuve que contener un grito cuando vi la decoración que habían preparado: nieve, nieve por todas partes. Elegantes y pulcros montoncitos junto a las paredes, capas finas y brillantes sobre las mesas abarrotadas de comida, suaves copos que caían sobre los asistentes, como una ligera nevada de principios de invierno. Y gente, oh si, mucha gente. Mirara a donde mirase, solo veía a personas estrafalariamente vestidas que me observaban casi con admiración, que gritaban intentado llamar mi atención o que tomaban fotografías de mi persona, para luego intentar convencerme de que posara junto a ellos.
Estaba claro que la decoración de la estancia estaba inspirada en la arena, un detalle que al parecer le había encantado a los capitolinos presentes, pero que yo detestaba con toda mi alma. En mi memoria, no se iban las imágenes de las manchas de sangre de los tributos sobre la nieve de la arena; unas manchas que casi creía ver en aquella estancia tan pulcramente preparada.
Mi equipo de preparación, junto con Hermes, había ido a charlar con los estilistas de los otros distritos, que también se encontraban presentes. Athenea, por su parte, había acudido trotando a un corrillo de hombres y mujeres, a cual con un atuendo más llamativo, que en esos momentos la felicitaban por haber sido la escolta de la tributo vencedora. Solo Dust seguía conmigo, conteniendo las manos de los invitados que intentaban tirar de mi persona para inmortalizarme en una foto, o simplemente tener unas palabras conmigo.
-¿El año pasado también fue así?-le pregunté a mi mentor-¿También avasallaron de este modo a Seaview?
-Me temo que sí-respondió, cariacontecido-Al parecer, los vencedores sois realmente codiciados en esta ciudad, viendo como reaccionan ante vuestra presencia.
-Dust, una pregunta-inquirí, pues una idea me acababa de venir a la cabeza-¿Cómo fuiste designado mentor? Quiero decir, técnicamente, los mentores son los ganadores de otros años…
-Me eligieron como eligen a los tributos-repuso él-Mediante un sorteo, aunque fueron mucho más selectivos en nuestro caso que en el de los chicos;  por lo que sé, miraron nuestros antecedentes para evitar que ningún simpatizante de los rebeldes pudiera optar al cargo. No tendré un sueldo como el que te darán a ti a partir de ahora, pero al menos pude dejar la Veta y mudarme a la ciudad.
-¿Qué será de ti, ahora que yo seré la futura mentora de nuestro distrito?-pregunté, algo preocupada; ¿tal vez le habría quitado el trabajo a Dust?
-Supongo que el año que viene vendré de nuevo, para enseñarte cual será tu misión como mentora, además de explicarte algunas tácticas para negociar con los patrocinadores; seguramente, al año posterior, dejaré de venir por fin. Después de todo, ahora el Distrito 12 tiene a una mentora de verdad.
-Pero yo no quiero que…-comencé, pero no pude terminar la frase, pues un grupo de capitolinos se me echó encima, avasallándome a preguntas y pidiéndome que me fotografiara con ellos. Me forcé a esbozar una sonrisa cortés y a posar con cada uno de ellos, y luego con otro más, y otro, y otro… las presentaciones se iban sucediendo de una forma vertiginosa, del mismo modo que las preguntas, las peticiones de una foto o incluso un autógrafo, los ofrecimientos de comida y bebida a manos llenas; las mil y una promesas de amor que me hicieron miles de hombres, las cuales me trajeron a la memoria las palabras de Seaview; las mil y una promesas de amistad hechas por otras tantas mujeres, que se presentaban a sí mismas como “la mejor amiga que nunca jamás habrías podido tener”. Yo asentía con la sonrisa que había esbozado al principio de la fiesta, contestando educadamente, posando y firmando todo lo que me pedían, pero en mi interior, gritaba de dolor y de rabia. ¿Cómo podían ser tan hipócritas todas esas personas? En mi cabeza no dejaba de repetirme que mi hermano había muerto por su culpa, aunque fuera de forma indirecta, por lo que todos ellos eran culpables de todos los padecimientos que había sufrido desde la muerte de Nick hasta ese preciso momento. Si Nick no hubiera muerto, seguramente yo no habría estado tan llena de odio como para acudir a los Juegos, y tal vez Jack siguiera vivo, ocupando ahora mi lugar, mientras que yo me encontraría en el Distrito 12, esperando a que volviera.
La noche se me hizo eterna mientras era disputada entre todos los invitados, como si fuera un postre especialmente deseable. Finalmente, mientras los primeros rayos del sol despuntaban por el horizonte, regresé al Centro de Entrenamiento, donde me retiré a mi habitación con la esperanza de poder dormir un poco antes de que mis estilistas vinieran a prepararme para la entrevista del día siguiente. Me encontraba psíquicamente baldada, agotada de tanto sonreír y mostrarme atenta cuando lo único que quería era estar a solas y asimilar todo lo ocurrido en el estadio de una vez por todas, pues aún me sentía como si no hubiera sido yo la que había estado en la arena.
Me introduje e el lecho, dispuesta a dormir, pero me di cuenta de que el sueño estaba totalmente fuera de mi alcance, al menos de momento. Allí tumbada en aquella cama, era capaz de percibir el hecho de que el Centro de Entrenamiento, antaño lleno de tributos, se encontraba ahora prácticamente desierto; a excepción mía y algunos miembros de mi equipo que pernoctaban en él. Casi podía sentir el fantasma de Silk, once pisos más abajo, junto con el de los demás tributos, que jamás volverían.
Jadeé, sintiendo una opresión en mi pecho, producto de la congoja ante la falta de los ausentes. Silk, Marphil, Brass, Daph, Sand, Valkyrie, Wheel, Engine, Leaf, Pine, Sunset, y los demás tributos no se me iban de la cabeza… pero el que más aparecía en mis pensamientos era Jack. No dejaba de arrepentirme por haberle dejado recibir aquel cuchillo, pues perfectamente podría seguir vivo de no haberlo hecho; podría haber ganado los Juegos. Sería curioso, un tributo que ganase los Juegos sin haber matado a nadie durante la competición, pues Jack había fallecido sin mancharse las manos de sangre. ¿Cómo se habría sentido él de haber estado hoy en el escenario, recibiendo la corona de manos de Ice? ¿O en la fiesta, siendo adulado por una multitud que había estado contemplando como un grupo de chicos entre los que él estaba, se mataban entre ellos?
Eran preguntas que me turbaban, pero no las corté, porque me reconfortaba de un modo extraño imaginarme a Jack conmigo en todos los acontecimientos a los que hoy había asistido. Casi sentía el tacto de su mano contra la mía, como cuando íbamos a la cosecha, o como en algunas ocasiones había hecho en la arena; casi notaba el contacto con su cuerpo, gesto que efectuábamos en el estadio para mantener el calor corporal. Ahora la cama me parecía fría y terriblemente grande, después de haberme acostumbrado a pernoctar en un saco de dormir, pegada al cuerpo de mi amigo. Aparte, la idea de poder dormir de un tirón, sin tener que despertarme cada determinado tiempo para vigilar, también se me hacía extraña. ¿De veras estaba a salvo en aquella cama? ¿No vendría ningún tributo a por mí mientras dormía? Me costó convencer a mi cerebro que ya no habría más tributos ni los volvería a haber, por mucho de que tuviera la sensación de seguir en los Juegos.
Me tapé la cabeza con la manta, como si así pudiera mantener mis miedos a raya. Traté de alejar la mente de los recuerdos de la arena, pues dudaba que pudiera dormir algo si seguía reviviendo los Juegos o pensando en mis compañeros. Imaginé el momento en el que descendería del tren, en la mugrienta estación de mi distrito, y me rencontraría con mis padres y mis conocidos del 12, incluídos los Wood… ¡No, no podía pensar en ellos, al menos de momento, o de nuevo volvería a llegar el recuero de Jack a mi mente! Me concentré en mis progenitores, en imaginarme sus rostros aliviados y felices de verme de vuelta, en su nueva vida en la casa que ocuparíamos en la Aldea de los Vencedores, en Mizzy corriendo en mi dirección para saludarme, lamiendo las puntas de mis botas… pronto, en cuestión de días, volvería a verlos a todos, y trataría de enfrentarme a los recuerdos de los Juegos con su ayuda.

domingo, 2 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 35


Abrí los ojos con dificultad, sintiéndome algo desorientada. ¿Dónde estaba? ¿Qué me había pasado? La cabeza me molestaba, y me costaba moverme. Me encontraba en una habitación en penumbra, en tonos claros, tumbada sobre una cama sencilla a más no poder, vestida con lo que parecía un camisón de hospital. A un lado del lecho, había varios goteros conectados a sondas, pero estas no estaban inyectadas en mi cuerpo. Con cuidado, me incorporé, viendo sorprendida el satinado brillo de la piel de mis piernas, en la cual no quedaba marca alguna de la herida que Sand me había hecho en la arena. Con la sorpresa aún en mi interior, me estudié los brazos, los cuales estaban intactos, y me palpé la espalda, libre de cualquier marca que la herida de Sunset me pudiera haber hecho. Incluso mi mejilla volvía a estar suave y lisa, sin ningún corte.
Con cuidado, traté de ponerme en pie, viendo como alguien había dejado un conjunto de ropa en el suelo, junto a la cama, para mí. Era el mismo traje que llevábamos los tributos durante los entrenamientos, aunque parecía mucho más estrecho que el que había usado cuando llegué al Capitolio, casi dudaba que pudiera entrar en él. Sin embargo, pude comprobar que se deslizaba con soltura sobre mi esquelético cuerpo; había olvidado que seguramente habría perdido varios kilos en el estadio.
Terminaba de atarme las botas, cuando una puerta corredera disimulada en la pared, se abrió, y por ella entró el avox de pelo oscuro que me había atendido durante los días que pasé en el Centro de Entrenamiento.
-¿Dónde estoy?-pregunté de modo casi automático, olvidando que él no podía contestar a mis cuestiones.
El avox se limitó a señalar hacia la puerta abierta, un gesto que entendí como una invitación a salir de aquella estancia. Hice lo propio, seguida por él, que caminaba silencioso y cabizbajo a un par de pasos detrás de mí; aun así, se las apañó para conducirme por un largo pasillo de color blanco, sin ventanas y con puertas disimuladas, seguramente iguales a la que había cruzado yo, hasta unos ascensores que había en un rincón, donde nos metimos en uno y el avox, sin apenas mirarme, pulsó el botón con el número doce.
Salimos disparados hacia arriba, aunque en el poco tiempo que duró aquel trayecto, adiviné que me encontraba de nuevo en el Centro de Entrenamiento, aunque en una planta que no había visitado en mi anterior estancia.
Cuando la puerta del ascensor se abrió, fui sacada del interior de la cápsula por varios pares de manos, que no tardaron en abrazarme y colmarme de atenciones. Allí, en la sala de estar de nuestro distrito, se encontraban Dust, Athenea, Hermes, Iris, y mi equipo de preparación, que me recibían con todo el entusiasmo que eran capaces de demostrar.
-¡Lo sabía, lo sabía!-gimoteaba Athenea sin dejar de llorar-¡Sabía que este año íbamos a tener una ganadora! ¡Qué emoción, en el Capitolio solo se habla sobre ti y tu maravillosa actuación en los Juegos! ¡Eres una celebridad, Chrysta!
-Bien hecho, encanto-me dijo Dust, aplaudiendo con ganas-Ni siquiera he tenido que colmarte de atenciones en la arena, ¡y los patrocinadores hacían cola para enviarte algo!
-¡Has estado divina!-trinaba Hermes-¡Oh, que ilusión haber diseñado el vestuario de una ganadora! ¡Voy a ser el estilista más cotizado de la ciudad!
Les dejé atenderme entre sollozos, gritos y abrazos, sin apenas soltar una palabra. ¿Cómo podían estar tan contentos? Yo había ganado, cierto, pero Jack había muerto hacía poco, y parecían pasar por alto ese detalle. Odiaba aquel horrible entusiasmo, lo odiaba a más no poder, aunque no dejé traslucir nada, pues comprendía su euforia, después de todo, les habían dado el Distrito menos apetecible, de modo que era lógico que celebrasen el hecho de haber trabajado con la ganadora de los Juegos.

-Ahora vas a ver lo que he preparado en estos tres días para ti.
Nos encontrábamos en mi vieja habitación, acabando de prepararme para la ceremonia de esta noche, donde de nuevo volvería a ser recibida por Pollux, y coronada oficialmente como vencedora. Acqua, Jeda y Madya, las integrantes de mi equipo de preparación, no habían dejado de parlotear sobre los Juegos mientras me arreglaban el pelo y me maquillaban el rostro, al mismo tiempo que Hermes revisaba mi atuendo para la entrevista. Pero no hablaban de lo ocurrido en el estadio, sino sobre lo que ellas estaban haciendo en este o aquel momento.
-¡Estaba desayunando cuando pasó eso! ¡Incluso se me enfrió el café!
-Yo estaba en la ducha en esa ocasión, ¡tuve que verla en diferido! Pero aun así fue tan emocionante…
-¡Yo me estaba haciendo la manicura cuando esa chica murió! ¡Me perdí el disparo decisivo!
Ellas, ellas, ellas. Ni una sola palabra al respecto de aquellos que dejaron la vida en la arena, lo cual me llenaba de odio contra esas tres. ¿Acaso se creían que los que habían muerto iban a volver tan campantes, ahora que los Juegos habían terminado? No, claro que no, ellos nunca volverían, porque se habían ido al sitio del que nunca se vuelve; solo yo había salido con vida de aquella isla helada, lo cual me resultaba un poco complicado de creer, pues me costaba asumir que realmente había ganado los Juegos del Hambre.
Cuando me consideraron lista, las tres mujeres abandonaron la estancia, mientras Hermes me ayudaba a meterme en el vestido que me había preparado, colocándole los complementos necesarios y luego girándome hacia el espejo para que me observara.
El vestido era una vaporosa prenda en tonos rojos y naranja oscuro, que caía hasta mis pies, formando una pequeña cola por detrás. El corpiño del mismo estaba adornado con miles de tiras de pedrería de color negro, que se intrincaban a lo largo de mi pecho y sujetaban la prenda por mis hombros. Esas mismas tiras se enredaban también en mis brazos, como si fueran pulseras. De la parte donde el corpiño se superponía con la falda, caían dos trozos de gasa negra, de gran longitud, que arrastraba por el suelo; una especie de chal en la misma tela, pero de color rojo oscuro, envolvía mis brazos y mi espalda. Me habían recogido el pelo en la parte superior de mi cabeza haciéndolo caer en dos largas trenzas, mientras que mi rostro brillaba oscurecido por el maquillaje negro y rojo de mis ojos y oscuro de mis labios. Parecía una criatura dura, a pesar de las telas vaporosas, de modo que deduje que Hermes seguía jugando con mi papel de guerrera.
-¿Sigo siendo la feroz profesional del Distrito 12?-pregunté.
-No-respondió-Ahora eres la feroz vencedora del Distrito 12, lo que es mucho mejor que tu título previo.
-No me siento precisamente feroz en estos momentos-musité con un hilo de voz, deseando no echarme a llorar. Había llorado mucho desde que fui sacada de la arena, pues necesitaba expulsar la tristeza de mi interior, y ese modo era el más rápido para conseguirlo.
-Siempre has sido una chica valiente-mi estilista me abrazó los hombros-Te presentaste voluntaria cuando ni siquiera se había dicho el nombre de la elegida, arrasaste en los entrenamientos, y luego en la arena demostraste ser capaz de luchar y sobrevivir. ¿Recuerdas lo que te dije en la sala de lanzamiento?
Asentí. Antes de ser elevada hacia la arena, Hermes me dijo que prácticamente había nacido para ser tributo, que mi destino era acudir a la arena y que a lo mejor también era que saliera viva de ella. Al parecer, su suposición se había cumplido.
-Julius, el Agente de la Paz que fue a tu distrito para la repesca, es un viejo conocido mío-repuso Hermes con calma-Cuando vino al Capitolio aún conservaba el papelito que sacó de la urna de la cosecha, ese que no llegó a leer, y que me producía, si he de ser sincero, una enorme curiosidad, de modo que le pedí que me lo entregara; cosa que hizo mientras ese engendro de mentor que tienes me obligaba a dejarle hablar contigo. Toma.
Me puso en la mano el papelito arrugado, el cual había sido abierto previamente. Lo cierto es que ahora sentía curiosidad por saber quien habría sido la enviada a la arena de no haberme presentado voluntaria, quería saber que chica habría pisado aquella isla infernal de no haber alzado yo la voz. Con dedos nerviosos, desdoblé el papelito, y leí el nombre escrito en su interior: Chrysta Clearwater.
Miré a Hermes sorprendida de lo extraño de la situación. ¡Me había presentado voluntaria por mí misma! ¡De no haber dicho nada, habría acabado en la arena de todos modos!
-Habría acabado siendo tributo aunque no me hubiera presentado voluntaria-musité, apretando el papel en mi mano.
-Algunas personas están destinadas a hacer grandes cosas en su vida-Hermes habló con un tono amable-y tú eres una de ellas. Tu destino era ser tributo, puede que tú misma lo supieras, por eso te presentaste voluntaria antes incluso de saber que eras la elegida; lo cual te señaló como una persona llena de valor. No flaquees ahora que lo peor ya ha pasado, tu vida se encuentra en estos momentos totalmente resuelta.
-Me gustaría quedarme la papeleta de la cosecha-susurré-Para no olvidar lo que se esperaba de mí.
-Es tuya-respondió.
Dejé el papel sobre la mesita de noche, para luego ser conducida al vestíbulo del Centro de Entrenamiento, desde el cual salí a la parte inferior de un nuevo escenario, similar al que hubo cuando fuimos entrevistados todos los tributos. En esta ocasión, yo no subiría, sino que sería alzada en una plataforma, cuando Pollux me presentara.
El primero en salir fue mi equipo de preparación; escuchaba al presentador decir sus nombres, y al público aplaudirle. Luego, siguió Athenea, a la cual me imaginé encantada de recibir toda la atención que mi victoria traería sobre ella. A continuación, Hermes, ovacionado por mi vestuario, y después de él, Dust.
-Y ahora, ¡la vencedora de los Segundos Juegos del Hambre!-bramó Pollux-¡Chrysta Clearwater!
Sentí como la plataforma se iba alzando, de un modo muy similar a la placa que me lanzó a la arena, aunque aquí ya no habría amenazas ni peligros, solamente una multitud deseando verme. Y allí estaba yo finalmente, de pie sobre el escenario, siendo saludada por Pollux mientras la enorme multitud gritaba mi nombre una y otra vez. Saludé tímidamente a los presentes, y el escenario pareció venirse abajo con los bramidos que soltaron ante mi gesto.
-¡Aquí la tenemos!-exclamó el presentador con una enorme sonrisa. Aquella noche llevaba un traje rojo intenso, que hacía incluso daño mirarlo debido a su fuerte color.
Habían colocado un ornamentado sillón para mí sobre el escenario, en color burdeos, con adornos dorados, en el cual me indicó que tomara asiento. Comenzaba el espectáculo de tres horas de duración en el que resumirían los Juegos del Hambre de este año, y no me encontraba lista para ello, no me encontraba preparada para revivir de nuevo todo lo sucedido en esas semanas que ahora parecían sacadas de otra vida.
Tras el sello del Capitolio, comenzó la proyección que recogería todo lo pasado en los Juegos. En primer lugar, aparecieron las cosechas, donde pude fijarme por primera vez como Sand y Valkirye acabaron juntos en la arena; la chica fue elegida como tributo, y su hermano se presentó voluntario para ir con ella, para tratar de protegerla. Ambos habían fracasado en ese aspecto. También pude ver la cara resignada de Sunset al subir al estrado de su distrito, del mismo modo que pude recordar el rostro de Silvana cuando fue elegida para acudir a los Juegos. Luego, pasaron a la repesca del 12, donde pude verme a mí misma presentarme voluntaria y la reacción que supuso mi decisión. Que irónico era ver aquello ahora, bajo una nueva perspectiva, sobre todo a sabiendas de que el dolor que mis palabras habían causado en mis familiares habría sido el mismo de no haber dicho nada, pues la papeleta seleccionada en la bola de la cosecha tenía mi nombre escrito.
Pasaron de la repesca al paseo de carruajes, luego a las notas de los entrenamientos, y a las entrevistas que nos hicieron. Pusieron fragmentos de las de los demás tributos, pero la mía fue repetida en su totalidad, sin recortar nada de los tres minutos que estuve sometida a las preguntas de Pollux.
Cuando ya llevábamos una hora de película, comenzaron los Juegos propiamente dichos. Ofrecieron una detallada cobertura del baño de sangre, y de los primeros días en la arena, los cuales pasé con los profesionales. Sacaron la batalla que Silk y yo tuvimos en el bosque contra la alianza de Sunset, y también mi discusión con Sand, junto con su trágico final. La pelea del hielo, donde se mostró con detalle mi rostro ante la muerte de Silk; los días que pasé con Jack en las montañas…
Yo contemplaba aquellas imágenes sin llegar a verlas del todo, pues era como ver a unos extraños en aquellos Juegos del Hambre. ¿De verdad yo había matado de ese modo tan despiadado? Y cada vez estaba más delgada, más sucia, cubierta de mugre y sangre seca…
Pude ver de un modo objetivo como murieron Daph y Leaf. La primera murió de frío, encogida sobre sí mima; el segundo, fue lanzado del árbol en el que se encontraba subido por una especie de animal de enormes colmillos, seguramente un muto.
La muerte de Wheel aparece con extrema nitidez, y entonces llega el final, la última pelea de los Juegos. Sunset me lanza el cuchillo que habría de terminar con mi vida, y Jack lo intercepta. El que edita las imágenes, se toma su tiempo para mostrar desde todos los ángulos posibles mi lanzamiento contra el cuello de Sunset, el cual veo repetidas veces antes de que pasen a la siguiente escena, en la que sostengo a Jack entre mis brazos y le doy el beso que me ha pedido.
Sentía las lágrimas correr por mis mejillas mientras el sello del Capitolio aparece por última vez, y la proyección concluye; los recuerdos de la arena vuelven en tropel hacia mi memoria, y no me apetece en absoluto volverlos a revivir, pues bastante espantoso ha sido tener que verlo todo otra vez. ¿Cómo podían obligarnos a ver ese horrible resumen, cuando lo que más deseaba un ganador, o por lo menos yo así me sentía, era tratar de olvidar todo lo sucedido?
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, cuando hizo su entrada en el escenario el presidente Ice, acompañado de una niña vestida con una túnica blanca, que llevaba sobre un elegante cojín la dorada corona que se le otorgaba al vencedor de los Juegos. El público aplaudía a rabiar la aparición del político, pero yo solo sentía un extraño vacío cuando miraba a aquel hombre que había sentenciado a veintitrés personas a la muerte un año más. Ice… tal vez los Vigilantes habían querido honrarle haciendo una arena helada, como el nombre del Presidente. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza al suponer que seguramente esa habría sido la idea.
El hombre tomó la diadema que tanto había yo deseado en el pasado, y con cuidado, la colocó sobre mis sienes, como si fuera a quebrarme por el mínimo toque de sus manos.
-Enhorabuena-me susurró, un comentario ante el que no pude hacer otra cosa que inclinar levemente la cabeza, como deferencia a su halago. Con una sonrisa escalofriante, se apartó a un lado para que la multitud pudiera verme bien, y de nuevo mi nombre volvió a ser coreado hasta la saciedad, mientras que yo observaba impasible, pensando que tal vez esas personas que ahora me aclamaban, habrían podido chillar por mi muerte en las varias ocasiones en las que había estado a punto de morir.
-Cumplí la promesa que te hice, Nick-musité, mientras que Pollux se despedía de la audiencia, recordándoles que no se perdieran mi entrevista del día próximo-Pero, ¿a qué precio?

sábado, 1 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 34


Fue como volver al instante en el que el hielo se quebró bajo los pies de Silk, pues la sensación de irrealidad era la misma. El tiempo parecía pararse mientras que Jack, adoptando por momentos un horrible color blanco, se dejaba caer de rodillas, llevándose ambas manos al cuchillo que se había quedado clavado en una zona tan crítica. Me escuché a mí misma jadear, mientras que crispaba mis manos sobre la nieve, incorporándome cojeando, y logrando extraer, casi con desesperación, el cuchillo de mi espalda. Sunset se había quedado estática, como si fuera una estatua de sal, seguramente horrorizada. Estaba segura de que ella nunca habría querido atacar a Jack, aquel tiro nunca debería haberle rozado, pues estaba destinado a mí. Yo debería estar ahora agonizando, y no Jack, que me miraba con su único ojo abierto de par en par, tratando de llenar de aire sus pulmones, mientras la vida se le escapaba entre sus manos.
Me miró a los ojos con determinación, con una valentía tal que sentí como mi interior se helaba ante tal muestra de estoicismo.
-Ahora-dijo simplemente.
Claro, ahora. Porque Sunset estaba desarmada, y aunque yo estaba bastante malherida, aún me podían quedar bastantes más horas que a él, pues el cuchillo, aunque había llegado muy adentro de mi espalda, no me había dejado potencialmente moribunda. Su caso era muy diferente.
Ahora. Ahora concluiría lo que debería haber terminado aquel día en el hielo, ahora vengaría la futura muerte de Jack. Porque no pensaba consentir que Sunset ganase, que saliera viva de este maldito estadio, mientras que nosotros volveríamos a casa fríos y rígidos. Sunset moriría, debía morir, ¡yo misma la mataría!
Me incorporé, sacando el cuchillo que días atrás casi usé para acabar con su vida, el cuchillo que debería haber clavado en su cuello, pero que en su lugar, vengó la muerte de Silk, llevándose la vida de Marphil. Ahora volvería a vengar la vida de otro tributo, se cobraría el precio de la sangre que manchaba la nieve a mis espaldas, la sangre que brotaba del pecho de mi mejor amigo, de mi único amigo.
Sentía mi respiración un poco errática, y tosí sin previo aviso, escupiendo varias gotas de sangre en el proceso, las cuales cayeron sobre la nieve, manchándola aún más. Seguro que en el Capitolio, la gente estaba tensa, esperando el deseado desenlace de los Juegos del Hambre, preguntándose quien de nosotros aguantaría vivo más tiempo, el necesario para ser coronado vencedor. No me importaba si yo moría antes que Jack, ahora me daba igual ganar o perder, pues solo quería ver sufrir a aquella chica, escucharla gritar de dolor, pagando por lo que había hecho.
-Saluda a Wheel de mi parte, hija de perra-dije con los dientes apretados, y lancé el cuchillo contra su cuello, viendo como la hoja penetraba en su garganta, y con un grito estertóreo, Sunset se desplomaba contra el suelo, mientras la sangre manaba a presión de aquel corte. Se estremeció un par de veces, para luego, quedarse quieta por completo. El silencio presionaba mis oídos, mientras observaba su cuerpo inmóvil, hasta que el sonido del cañón me hizo saber que ella ya había muerto.
Había sido más simple de lo esperado, ni siquiera se había defendido de aquel lanzamiento, como había hecho en las anteriores ocasiones. ¿Acaso haber lanzado el tiro fatal contra Jack la había dejado catatónica? Tal vez, fuera como fuese, me había dado una ventaja increíble sobre ella, la ventaja necesaria para acabar finalmente con su vida. Sunset ya no volvería a molestarme, pues se había ido para siempre. Para siempre…
Volví a toser una nueva lluvia de gotitas de sangre, mientras casi me arrastraba hacia Jack, que había perdido todo el color que quedase en su rostro, y había medio cerrado el ojo que aún tenía en buen estado. Noté como los ojos me picaban, señal de que iba a empezar a llorar, y por primera vez en mucho tiempo, dejé que las lágrimas fluyeran en libertad, mientras me acercaba a su cuerpo y, a duras penas, caía de rodillas a su lado y lo conseguía mantener entre mis brazos.
-Sabía que ibas a ganar-musitó Jack con un hilo de voz, cuando notó como mis manos se hacían cargo de su cuerpo-Siempre lo dije.
-No tiene por qué ser así-sollocé-Aún puedes ganar si yo muriera; también tengo heridas que pueden cobrarse mi vida.
-No lo harán-me aseguró-Eres fuerte, y puedes salir de esta, como has venido haciendo hasta ahora. Vas a ser la primera vencedora del Distrito 12 Chrysta, como siempre deseaste…
Sollocé con más ganas, mientras que veía como mis lágrimas caían de mis ojos y se posaban sobre la sucia piel de su rostro. Jack pareció notarlo, pues se le dibujó una expresión triste en las comisuras de sus labios.
-No llores, por favor-me suplicó-Tú siempre decías que llorar era de débiles.
-¡Cállate!-exclamé, pues sus palabras no me ayudaban en absoluto, solo aumentaban la sensación de dolor que sentía en el centro del pecho-¡Eres un estúpido cabezota! ¿Por qué has tenido que salvarme la vida otra vez, Jack? ¡Ese tiro iba dirigido a mí!
-¿Hace falta que conteste?-apenas si le salía la voz-Hazme un último favor, Chrys-suplicó.
-Lo que sea-prometí.
-Dame un beso.
Las lágrimas aumentaban su número mientras que me agachaba sobre su rostro y posaba, muy despacio, mis labios sobre los suyos. Sentía el sabor de la sangre reseca de su rostro, del mismo modo que notaba el sabor salado de mis lágrimas. No podía perderle, ¡no podía! Se me hacía imposible la idea saber que iba a volver a casa, pero que él no iba a estar allí para acompañarme al bosque, para animarme cuando me deprimiera. Jack Wood nunca volvería a estar conmigo.
Me separé un poco de él, sin dejar de llorar, viendo como en su rostro se dibujaba una leve sonrisa.
-Gracias-dijo en apenas un murmullo, para luego quedarse completamente inmóvil entre mis brazos; un nuevo cañonazo rompió el aire, y supe que Jack ya no se encontraba allí, sino que estaba lejos, muy lejos, en un sitio mejor que aquel horrible estadio, en un sitio donde estaría a salvo del dolor, del hambre, del miedo.
Me aferré a su cuerpo inerte, mientras que el eco del cañón se desvanecía entre un sonido de trompetas que precedía la voz de Claudius, el presentador de los Juegos.
-¡Damas y caballeros, os presento a la vencedora de los Segundos Juegos del Hambre! ¡Chrysta Clearwater, la tributo del Distrito 12!
Cuando me imaginaba mi victoria en los Juegos, me veía a mí misma llena de júbilo, orgullosa y altanera, como si fuera una auténtica heroína; pero no me sentía así ni por asomo. Había ganado los Juegos, como siempre había deseado, pero nunca imaginé que iba a sentirme tan triste, tan miserable, tan destrozada. Seguía inmóvil, abrazada al cadáver de Jack, sin dejar de llorar, mientras que escuchaba en directo el bramido de la multitud congregada en el Capitolio, que coreaba mi nombre como una sola persona. No me animaba el hecho de saber que había logrado que este año la gente del Distrito 12 no pasaría hambre, ni que pronto volvería a ver a mis padres, que dejarían la Veta para venir conmigo a la nueva casa que me darían… solo pensaba en Jack y en su última palabra antes de fallecer. Me había dado las gracias, cuando yo era la que más le debía; jamás dejaría de estar en deuda con él, pues estaba viva gracias a su sacrificio. Gracias a Jack, había ganado los Juegos.
Con un gesto tembloroso, me llevé los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios, y luego señalé al cielo con ellos, al lugar en el que esperaba que ahora se encontrase, al lugar en el que esperaba rencontrarme con él cuando mi vida llegase a su fin.
El rugido de la multitud pronto fue acallado por el sonido del aerodeslizador apareciendo sobre nosotros, del cual cayó una escalera similar a la que me había izado cuando me trajeron al estadio. Sin soltar el cuerpo de Jack, aferré el primer peldaño, y noté como la corriente eléctrica me paralizaba antes de ser izada por los aires, haciendo que el estadio fuera encogiéndose bajo mis pies. Lancé una última mirada a la arena, y supe que una parte de mí siempre permanecería allí, entre esos hielos perpetuos y esa nieve manchada de rojo.
En cuanto estuve dentro del aerodeslizador, soltaron el agarre de mis brazos en torno al cuerpo de Jack, el cual se llevaron mientras que yo era sujetada por un grupo de personas ataviadas con batas blancas, que me condujeron casi a rastras hacia una camilla, donde me tumbaron bocabajo, mientras que comenzaban a inspeccionarme las heridas. Chillé, tratando de soltarme de su agarre, pues no confiaba en su presencia, mi mente seguía alerta, como si aún continuase en la arena. Me debatí con uñas y dientes, hasta que alguien me inyectó algo en el cuello, haciendo que todo lo que me rodeaba se volviera negro.

CAPÍTULO 33


Cuando todo volvió al silencio habitual, supuse que sería el momento adecuado para volver al árbol donde había dejado a Jack, descansar un poco y luego intentar atraer a Sunset de algún modo. Después de guardar las flechas recuperadas en el carcaj, coloqué nuevamente una de ellas en el arco, para luego disponerme a regresar sobre mis pasos. Había cumplido la promesa que le hice a Jack de acabar con Wheel sin hacer nada estúpido, me moría de ganas de decirle que estábamos muy cerca de casa, al menos uno de los dos. Seguro que nunca sospechó, cuando fue elegido como tributo, que iba a durar tanto en los Juegos.
¿Estarían en pie los ciudadanos del Capitolio, viendo en directo como ahora solo quedábamos tres tributos en pie, o lo verían cuando llegase la mañana? No lo sabía, pero no tenía dudas de que, de haber alguien despierto, estaría pegado a la pantalla del televisor, seguramente deseando ver como seguían los acontecimientos. Tal vez los Juegos ya estaban llegando a su término, tal vez en un día o dos saldría del estadio, de un modo o de otro.
Comenzaba a internarme entre los árboles, cuando escuché un leve sonido de pisadas que se acercaban en mi dirección. Automáticamente, me lancé contra un tronco, usándolo de parapeto, mientras forzaba los ojos para ver por donde podía venir la fuente de aquel ruido. ¿Y si Sunset rondaba por la zona y al escuchar el cañonazo había decidido venir a husmear? De ser así, podría ensartarla con alguna flecha antes de que le diera tiempo a decir una mísera palabra.
Tensa nuevamente, me preparé para disparar, esperando a que la figura hiciera su aparición. Oía como se acercaba, un simple flechazo lanzado ahora podría terminar con ella, pero quería ver su cara de dolor, quería que supiera que yo la había matado, que había terminado con ella de una vez, acabando lo que empecé en el hielo.
-Vamos, Sunset-mascullé entre dientes-Te estoy esperando.
La figura, finalmente, entró en mi campo de visión, pero no era la chica del 11, era demasiado alta como para ser ella. Era una figura que solo podía ser…
-¡Jack!-exclamé exasperada, dejando mi escondite y lanzándome contra él. Este pareció sorprendido de verme, pero luego me echó los brazos al cuello, apretándome contra sí mismo con fuerza-¡Jack, que me ahogas!-protesté.
-Escuché el cañonazo-me dijo sin soltarme, mientras yo pataleaba, intentando que me liberara-y me temí que Wheel o Sunset te hubieran matado…
-Wheel está muerto-respondí con voz nasal, pues me estaba quedando sin aire-Solo quedamos nosotros y Sunset. Ya falta menos para que todo esto termine.
Me soltó, con una expresión extraña en el rostro. Parecía contento y asustado a partes iguales, pero parecía poco dispuesto a demostrar esto último, viendo como luchaba por mantener las facciones plácidas.
-Pronto saldremos de aquí-concluyó.
Asentí levemente, intentando tragarme la sensación de malestar que sentía en mi interior ante la idea de que posiblemente tuviera que matarle si quería abandonar viva la arena. Traté de enviar esa idea a un rincón de mi mente, ya la abordaría si el momento llegaba; ahora lo principal era terminar con Sunset.
-Mañana, a más tardar-musité. Tal vez mañana alguno de los dos, sino ambos, estaría muerto.

Decidimos que era una tontería volver a refugiarnos en el bosque, ahora que nuestra rival solo era una, de modo que regresamos al lago, donde reconstruimos el ventisquero que habíamos alzado, al abrigo del cual Jack me permitió echarme a dormir, asegurándome que él vigilaría y me despertaría si Sunset hacía acto de presencia. Me dormí aferrada al arco, dispuesta a despertarme disparando flechas si era preciso, pero cuando abrí los ojos, ya con el sol alto sobre nuestras cabezas, constaté que la chica no había hecho acto de presencia en toda la noche y en lo que llevábamos de mañana.
-Creo que deberíamos hacer algo para atraerla-dije pensativa-Algún fuego o así… lástima que no tengamos con que encenderlo-gemí.
Acabábamos de comernos unos cuantos peces crudos que había pescado nuevamente en el lago, y ahora terminábamos de limpiar los desperdicios. En toda la jornada, no habíamos tenido ni una sola señal de la cercanía de Sunset.
-Si tenemos-respondió Jack con cierta sorna-Tenemos madera a malsavas; ¿qué más podemos pedir?
-¿Y con qué la vas a encender?-repuse de malas maneras-¿Milagrosamente, quizás? ¿O es que ahora eres capaz de hacer aparecer llamas de la nada?
-Mira y aprende-me respondió.
Tomó uno de mis cuchillos y se acercó a los árboles más cercanos, de los cuales arrancó las ramas más bajas. No eligió los pinos, sino unos extraños árboles que no había visto antes, cuyas ramas comenzaban a crecer a baja altura. Cortó varias de ellas, y luego, bajo mi atenta mirada, formó una especie de pila con los troncos, sobre la cual puso uno de gran tamaño, al cual no tardó en hacerle un corte con el cuchillo, como hacían los tallistas del Distrito cuando iban a hacer alguna figura de madera. No sabía a qué se debía ese extraño corte, pero todo comenzó a tener sentido cuando tomó un fino palito que había recogido y lo comenzó a frotar en la hendidura. Estuvo frotando un tiempo, hasta que comenzó a salir humo, momento en el cual comenzó a soplar con cuidado, como si temiera espantar aquellos retazos de humo con aquel gesto. Controlé un gritito cuando vi como después de algunos soplidos más, unas tímidas llamitas se elevaban de aquel tronco y se iban extendiendo por los demás que formaban la pira.
-Me lo enseñaron en el Centro de Entrenamiento-dijo con orgullo.
-Sin dudas, aprendiste bien-corroboré a regañadientes-Ahora lo que tenemos que hacer es que produzca una buena cantidad de humo.
-No creo que sea necesario-respondió el aludido-Conozco bien a Sunset, y seguro que tiene que estar buscando cualquier indicio que señale la posición de los que quedamos en pie. El poco humo que conseguimos con esta hoguera será suficiente.
-Espero que así sea-señalé, mientras me estiraba un poco. Se estaba bien en aquel sitio, y ahora con el fuego podríamos cocinar los pescados que capturásemos, y calentarnos las manos… tal vez pudiéramos incluso descansar algo antes de que Sunset llegase.
Un extraño zumbido, de buenas a primeras, cortó el aire, y noté como algo se clavaba en mi espalda, haciéndome soltar un grito tanto de sorpresa como de dolor, que atrajo la atención de Jack. Con una rapidez maquinal, me llevé la mano a la zona que me molestaba, y pude rozar con mis dedos la empuñadura de un cuchillo.
-¡Está aquí!-bramé, tratando de sacar el arma de mi espalda. El mero hecho de mover los músculos de la misma para tratar de alcanzar el mango, enviaba punzadas de dolor a todo mi cuerpo. Conseguí agarrar la empuñadura y tirar de ella, sintiendo como la hoja del arma se deslizaba centímetro a centímetro fuera de mi piel, mientras que Sunset entraba en el claro, sucia, escuálida, con los ojos abiertos con una mirada rabiosa mientras alzaba un nuevo cuchillo.
Desesperada, traté de  arrancar el que me había lanzado de un tirón, sintiendo la zona herida cálida gracias a la sangre que manaba de ella, pero el arma estaba fuertemente insertada en mi anatomía, y me era complicado extraerla. Me resigné a dejarlo clavado, mientras buscaba en el interior de mi destrozado abrigo algún cuchillo que pudiera lanzarle, que pudiera acabar con su maldita vida de una vez, cuando vi como el arma que ella sostenía volaba nuevamente en mi dirección… y el mundo se torcía repentinamente, mientras caía al suelo, impulsada por Jack, que se abalanzó sobre mi cuerpo, usándose a sí mismo como escudo y recibiendo aquel cuchillo destinado a mí en el centro de su pecho.