sábado, 1 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 34


Fue como volver al instante en el que el hielo se quebró bajo los pies de Silk, pues la sensación de irrealidad era la misma. El tiempo parecía pararse mientras que Jack, adoptando por momentos un horrible color blanco, se dejaba caer de rodillas, llevándose ambas manos al cuchillo que se había quedado clavado en una zona tan crítica. Me escuché a mí misma jadear, mientras que crispaba mis manos sobre la nieve, incorporándome cojeando, y logrando extraer, casi con desesperación, el cuchillo de mi espalda. Sunset se había quedado estática, como si fuera una estatua de sal, seguramente horrorizada. Estaba segura de que ella nunca habría querido atacar a Jack, aquel tiro nunca debería haberle rozado, pues estaba destinado a mí. Yo debería estar ahora agonizando, y no Jack, que me miraba con su único ojo abierto de par en par, tratando de llenar de aire sus pulmones, mientras la vida se le escapaba entre sus manos.
Me miró a los ojos con determinación, con una valentía tal que sentí como mi interior se helaba ante tal muestra de estoicismo.
-Ahora-dijo simplemente.
Claro, ahora. Porque Sunset estaba desarmada, y aunque yo estaba bastante malherida, aún me podían quedar bastantes más horas que a él, pues el cuchillo, aunque había llegado muy adentro de mi espalda, no me había dejado potencialmente moribunda. Su caso era muy diferente.
Ahora. Ahora concluiría lo que debería haber terminado aquel día en el hielo, ahora vengaría la futura muerte de Jack. Porque no pensaba consentir que Sunset ganase, que saliera viva de este maldito estadio, mientras que nosotros volveríamos a casa fríos y rígidos. Sunset moriría, debía morir, ¡yo misma la mataría!
Me incorporé, sacando el cuchillo que días atrás casi usé para acabar con su vida, el cuchillo que debería haber clavado en su cuello, pero que en su lugar, vengó la muerte de Silk, llevándose la vida de Marphil. Ahora volvería a vengar la vida de otro tributo, se cobraría el precio de la sangre que manchaba la nieve a mis espaldas, la sangre que brotaba del pecho de mi mejor amigo, de mi único amigo.
Sentía mi respiración un poco errática, y tosí sin previo aviso, escupiendo varias gotas de sangre en el proceso, las cuales cayeron sobre la nieve, manchándola aún más. Seguro que en el Capitolio, la gente estaba tensa, esperando el deseado desenlace de los Juegos del Hambre, preguntándose quien de nosotros aguantaría vivo más tiempo, el necesario para ser coronado vencedor. No me importaba si yo moría antes que Jack, ahora me daba igual ganar o perder, pues solo quería ver sufrir a aquella chica, escucharla gritar de dolor, pagando por lo que había hecho.
-Saluda a Wheel de mi parte, hija de perra-dije con los dientes apretados, y lancé el cuchillo contra su cuello, viendo como la hoja penetraba en su garganta, y con un grito estertóreo, Sunset se desplomaba contra el suelo, mientras la sangre manaba a presión de aquel corte. Se estremeció un par de veces, para luego, quedarse quieta por completo. El silencio presionaba mis oídos, mientras observaba su cuerpo inmóvil, hasta que el sonido del cañón me hizo saber que ella ya había muerto.
Había sido más simple de lo esperado, ni siquiera se había defendido de aquel lanzamiento, como había hecho en las anteriores ocasiones. ¿Acaso haber lanzado el tiro fatal contra Jack la había dejado catatónica? Tal vez, fuera como fuese, me había dado una ventaja increíble sobre ella, la ventaja necesaria para acabar finalmente con su vida. Sunset ya no volvería a molestarme, pues se había ido para siempre. Para siempre…
Volví a toser una nueva lluvia de gotitas de sangre, mientras casi me arrastraba hacia Jack, que había perdido todo el color que quedase en su rostro, y había medio cerrado el ojo que aún tenía en buen estado. Noté como los ojos me picaban, señal de que iba a empezar a llorar, y por primera vez en mucho tiempo, dejé que las lágrimas fluyeran en libertad, mientras me acercaba a su cuerpo y, a duras penas, caía de rodillas a su lado y lo conseguía mantener entre mis brazos.
-Sabía que ibas a ganar-musitó Jack con un hilo de voz, cuando notó como mis manos se hacían cargo de su cuerpo-Siempre lo dije.
-No tiene por qué ser así-sollocé-Aún puedes ganar si yo muriera; también tengo heridas que pueden cobrarse mi vida.
-No lo harán-me aseguró-Eres fuerte, y puedes salir de esta, como has venido haciendo hasta ahora. Vas a ser la primera vencedora del Distrito 12 Chrysta, como siempre deseaste…
Sollocé con más ganas, mientras que veía como mis lágrimas caían de mis ojos y se posaban sobre la sucia piel de su rostro. Jack pareció notarlo, pues se le dibujó una expresión triste en las comisuras de sus labios.
-No llores, por favor-me suplicó-Tú siempre decías que llorar era de débiles.
-¡Cállate!-exclamé, pues sus palabras no me ayudaban en absoluto, solo aumentaban la sensación de dolor que sentía en el centro del pecho-¡Eres un estúpido cabezota! ¿Por qué has tenido que salvarme la vida otra vez, Jack? ¡Ese tiro iba dirigido a mí!
-¿Hace falta que conteste?-apenas si le salía la voz-Hazme un último favor, Chrys-suplicó.
-Lo que sea-prometí.
-Dame un beso.
Las lágrimas aumentaban su número mientras que me agachaba sobre su rostro y posaba, muy despacio, mis labios sobre los suyos. Sentía el sabor de la sangre reseca de su rostro, del mismo modo que notaba el sabor salado de mis lágrimas. No podía perderle, ¡no podía! Se me hacía imposible la idea saber que iba a volver a casa, pero que él no iba a estar allí para acompañarme al bosque, para animarme cuando me deprimiera. Jack Wood nunca volvería a estar conmigo.
Me separé un poco de él, sin dejar de llorar, viendo como en su rostro se dibujaba una leve sonrisa.
-Gracias-dijo en apenas un murmullo, para luego quedarse completamente inmóvil entre mis brazos; un nuevo cañonazo rompió el aire, y supe que Jack ya no se encontraba allí, sino que estaba lejos, muy lejos, en un sitio mejor que aquel horrible estadio, en un sitio donde estaría a salvo del dolor, del hambre, del miedo.
Me aferré a su cuerpo inerte, mientras que el eco del cañón se desvanecía entre un sonido de trompetas que precedía la voz de Claudius, el presentador de los Juegos.
-¡Damas y caballeros, os presento a la vencedora de los Segundos Juegos del Hambre! ¡Chrysta Clearwater, la tributo del Distrito 12!
Cuando me imaginaba mi victoria en los Juegos, me veía a mí misma llena de júbilo, orgullosa y altanera, como si fuera una auténtica heroína; pero no me sentía así ni por asomo. Había ganado los Juegos, como siempre había deseado, pero nunca imaginé que iba a sentirme tan triste, tan miserable, tan destrozada. Seguía inmóvil, abrazada al cadáver de Jack, sin dejar de llorar, mientras que escuchaba en directo el bramido de la multitud congregada en el Capitolio, que coreaba mi nombre como una sola persona. No me animaba el hecho de saber que había logrado que este año la gente del Distrito 12 no pasaría hambre, ni que pronto volvería a ver a mis padres, que dejarían la Veta para venir conmigo a la nueva casa que me darían… solo pensaba en Jack y en su última palabra antes de fallecer. Me había dado las gracias, cuando yo era la que más le debía; jamás dejaría de estar en deuda con él, pues estaba viva gracias a su sacrificio. Gracias a Jack, había ganado los Juegos.
Con un gesto tembloroso, me llevé los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios, y luego señalé al cielo con ellos, al lugar en el que esperaba que ahora se encontrase, al lugar en el que esperaba rencontrarme con él cuando mi vida llegase a su fin.
El rugido de la multitud pronto fue acallado por el sonido del aerodeslizador apareciendo sobre nosotros, del cual cayó una escalera similar a la que me había izado cuando me trajeron al estadio. Sin soltar el cuerpo de Jack, aferré el primer peldaño, y noté como la corriente eléctrica me paralizaba antes de ser izada por los aires, haciendo que el estadio fuera encogiéndose bajo mis pies. Lancé una última mirada a la arena, y supe que una parte de mí siempre permanecería allí, entre esos hielos perpetuos y esa nieve manchada de rojo.
En cuanto estuve dentro del aerodeslizador, soltaron el agarre de mis brazos en torno al cuerpo de Jack, el cual se llevaron mientras que yo era sujetada por un grupo de personas ataviadas con batas blancas, que me condujeron casi a rastras hacia una camilla, donde me tumbaron bocabajo, mientras que comenzaban a inspeccionarme las heridas. Chillé, tratando de soltarme de su agarre, pues no confiaba en su presencia, mi mente seguía alerta, como si aún continuase en la arena. Me debatí con uñas y dientes, hasta que alguien me inyectó algo en el cuello, haciendo que todo lo que me rodeaba se volviera negro.

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