domingo, 2 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 35


Abrí los ojos con dificultad, sintiéndome algo desorientada. ¿Dónde estaba? ¿Qué me había pasado? La cabeza me molestaba, y me costaba moverme. Me encontraba en una habitación en penumbra, en tonos claros, tumbada sobre una cama sencilla a más no poder, vestida con lo que parecía un camisón de hospital. A un lado del lecho, había varios goteros conectados a sondas, pero estas no estaban inyectadas en mi cuerpo. Con cuidado, me incorporé, viendo sorprendida el satinado brillo de la piel de mis piernas, en la cual no quedaba marca alguna de la herida que Sand me había hecho en la arena. Con la sorpresa aún en mi interior, me estudié los brazos, los cuales estaban intactos, y me palpé la espalda, libre de cualquier marca que la herida de Sunset me pudiera haber hecho. Incluso mi mejilla volvía a estar suave y lisa, sin ningún corte.
Con cuidado, traté de ponerme en pie, viendo como alguien había dejado un conjunto de ropa en el suelo, junto a la cama, para mí. Era el mismo traje que llevábamos los tributos durante los entrenamientos, aunque parecía mucho más estrecho que el que había usado cuando llegué al Capitolio, casi dudaba que pudiera entrar en él. Sin embargo, pude comprobar que se deslizaba con soltura sobre mi esquelético cuerpo; había olvidado que seguramente habría perdido varios kilos en el estadio.
Terminaba de atarme las botas, cuando una puerta corredera disimulada en la pared, se abrió, y por ella entró el avox de pelo oscuro que me había atendido durante los días que pasé en el Centro de Entrenamiento.
-¿Dónde estoy?-pregunté de modo casi automático, olvidando que él no podía contestar a mis cuestiones.
El avox se limitó a señalar hacia la puerta abierta, un gesto que entendí como una invitación a salir de aquella estancia. Hice lo propio, seguida por él, que caminaba silencioso y cabizbajo a un par de pasos detrás de mí; aun así, se las apañó para conducirme por un largo pasillo de color blanco, sin ventanas y con puertas disimuladas, seguramente iguales a la que había cruzado yo, hasta unos ascensores que había en un rincón, donde nos metimos en uno y el avox, sin apenas mirarme, pulsó el botón con el número doce.
Salimos disparados hacia arriba, aunque en el poco tiempo que duró aquel trayecto, adiviné que me encontraba de nuevo en el Centro de Entrenamiento, aunque en una planta que no había visitado en mi anterior estancia.
Cuando la puerta del ascensor se abrió, fui sacada del interior de la cápsula por varios pares de manos, que no tardaron en abrazarme y colmarme de atenciones. Allí, en la sala de estar de nuestro distrito, se encontraban Dust, Athenea, Hermes, Iris, y mi equipo de preparación, que me recibían con todo el entusiasmo que eran capaces de demostrar.
-¡Lo sabía, lo sabía!-gimoteaba Athenea sin dejar de llorar-¡Sabía que este año íbamos a tener una ganadora! ¡Qué emoción, en el Capitolio solo se habla sobre ti y tu maravillosa actuación en los Juegos! ¡Eres una celebridad, Chrysta!
-Bien hecho, encanto-me dijo Dust, aplaudiendo con ganas-Ni siquiera he tenido que colmarte de atenciones en la arena, ¡y los patrocinadores hacían cola para enviarte algo!
-¡Has estado divina!-trinaba Hermes-¡Oh, que ilusión haber diseñado el vestuario de una ganadora! ¡Voy a ser el estilista más cotizado de la ciudad!
Les dejé atenderme entre sollozos, gritos y abrazos, sin apenas soltar una palabra. ¿Cómo podían estar tan contentos? Yo había ganado, cierto, pero Jack había muerto hacía poco, y parecían pasar por alto ese detalle. Odiaba aquel horrible entusiasmo, lo odiaba a más no poder, aunque no dejé traslucir nada, pues comprendía su euforia, después de todo, les habían dado el Distrito menos apetecible, de modo que era lógico que celebrasen el hecho de haber trabajado con la ganadora de los Juegos.

-Ahora vas a ver lo que he preparado en estos tres días para ti.
Nos encontrábamos en mi vieja habitación, acabando de prepararme para la ceremonia de esta noche, donde de nuevo volvería a ser recibida por Pollux, y coronada oficialmente como vencedora. Acqua, Jeda y Madya, las integrantes de mi equipo de preparación, no habían dejado de parlotear sobre los Juegos mientras me arreglaban el pelo y me maquillaban el rostro, al mismo tiempo que Hermes revisaba mi atuendo para la entrevista. Pero no hablaban de lo ocurrido en el estadio, sino sobre lo que ellas estaban haciendo en este o aquel momento.
-¡Estaba desayunando cuando pasó eso! ¡Incluso se me enfrió el café!
-Yo estaba en la ducha en esa ocasión, ¡tuve que verla en diferido! Pero aun así fue tan emocionante…
-¡Yo me estaba haciendo la manicura cuando esa chica murió! ¡Me perdí el disparo decisivo!
Ellas, ellas, ellas. Ni una sola palabra al respecto de aquellos que dejaron la vida en la arena, lo cual me llenaba de odio contra esas tres. ¿Acaso se creían que los que habían muerto iban a volver tan campantes, ahora que los Juegos habían terminado? No, claro que no, ellos nunca volverían, porque se habían ido al sitio del que nunca se vuelve; solo yo había salido con vida de aquella isla helada, lo cual me resultaba un poco complicado de creer, pues me costaba asumir que realmente había ganado los Juegos del Hambre.
Cuando me consideraron lista, las tres mujeres abandonaron la estancia, mientras Hermes me ayudaba a meterme en el vestido que me había preparado, colocándole los complementos necesarios y luego girándome hacia el espejo para que me observara.
El vestido era una vaporosa prenda en tonos rojos y naranja oscuro, que caía hasta mis pies, formando una pequeña cola por detrás. El corpiño del mismo estaba adornado con miles de tiras de pedrería de color negro, que se intrincaban a lo largo de mi pecho y sujetaban la prenda por mis hombros. Esas mismas tiras se enredaban también en mis brazos, como si fueran pulseras. De la parte donde el corpiño se superponía con la falda, caían dos trozos de gasa negra, de gran longitud, que arrastraba por el suelo; una especie de chal en la misma tela, pero de color rojo oscuro, envolvía mis brazos y mi espalda. Me habían recogido el pelo en la parte superior de mi cabeza haciéndolo caer en dos largas trenzas, mientras que mi rostro brillaba oscurecido por el maquillaje negro y rojo de mis ojos y oscuro de mis labios. Parecía una criatura dura, a pesar de las telas vaporosas, de modo que deduje que Hermes seguía jugando con mi papel de guerrera.
-¿Sigo siendo la feroz profesional del Distrito 12?-pregunté.
-No-respondió-Ahora eres la feroz vencedora del Distrito 12, lo que es mucho mejor que tu título previo.
-No me siento precisamente feroz en estos momentos-musité con un hilo de voz, deseando no echarme a llorar. Había llorado mucho desde que fui sacada de la arena, pues necesitaba expulsar la tristeza de mi interior, y ese modo era el más rápido para conseguirlo.
-Siempre has sido una chica valiente-mi estilista me abrazó los hombros-Te presentaste voluntaria cuando ni siquiera se había dicho el nombre de la elegida, arrasaste en los entrenamientos, y luego en la arena demostraste ser capaz de luchar y sobrevivir. ¿Recuerdas lo que te dije en la sala de lanzamiento?
Asentí. Antes de ser elevada hacia la arena, Hermes me dijo que prácticamente había nacido para ser tributo, que mi destino era acudir a la arena y que a lo mejor también era que saliera viva de ella. Al parecer, su suposición se había cumplido.
-Julius, el Agente de la Paz que fue a tu distrito para la repesca, es un viejo conocido mío-repuso Hermes con calma-Cuando vino al Capitolio aún conservaba el papelito que sacó de la urna de la cosecha, ese que no llegó a leer, y que me producía, si he de ser sincero, una enorme curiosidad, de modo que le pedí que me lo entregara; cosa que hizo mientras ese engendro de mentor que tienes me obligaba a dejarle hablar contigo. Toma.
Me puso en la mano el papelito arrugado, el cual había sido abierto previamente. Lo cierto es que ahora sentía curiosidad por saber quien habría sido la enviada a la arena de no haberme presentado voluntaria, quería saber que chica habría pisado aquella isla infernal de no haber alzado yo la voz. Con dedos nerviosos, desdoblé el papelito, y leí el nombre escrito en su interior: Chrysta Clearwater.
Miré a Hermes sorprendida de lo extraño de la situación. ¡Me había presentado voluntaria por mí misma! ¡De no haber dicho nada, habría acabado en la arena de todos modos!
-Habría acabado siendo tributo aunque no me hubiera presentado voluntaria-musité, apretando el papel en mi mano.
-Algunas personas están destinadas a hacer grandes cosas en su vida-Hermes habló con un tono amable-y tú eres una de ellas. Tu destino era ser tributo, puede que tú misma lo supieras, por eso te presentaste voluntaria antes incluso de saber que eras la elegida; lo cual te señaló como una persona llena de valor. No flaquees ahora que lo peor ya ha pasado, tu vida se encuentra en estos momentos totalmente resuelta.
-Me gustaría quedarme la papeleta de la cosecha-susurré-Para no olvidar lo que se esperaba de mí.
-Es tuya-respondió.
Dejé el papel sobre la mesita de noche, para luego ser conducida al vestíbulo del Centro de Entrenamiento, desde el cual salí a la parte inferior de un nuevo escenario, similar al que hubo cuando fuimos entrevistados todos los tributos. En esta ocasión, yo no subiría, sino que sería alzada en una plataforma, cuando Pollux me presentara.
El primero en salir fue mi equipo de preparación; escuchaba al presentador decir sus nombres, y al público aplaudirle. Luego, siguió Athenea, a la cual me imaginé encantada de recibir toda la atención que mi victoria traería sobre ella. A continuación, Hermes, ovacionado por mi vestuario, y después de él, Dust.
-Y ahora, ¡la vencedora de los Segundos Juegos del Hambre!-bramó Pollux-¡Chrysta Clearwater!
Sentí como la plataforma se iba alzando, de un modo muy similar a la placa que me lanzó a la arena, aunque aquí ya no habría amenazas ni peligros, solamente una multitud deseando verme. Y allí estaba yo finalmente, de pie sobre el escenario, siendo saludada por Pollux mientras la enorme multitud gritaba mi nombre una y otra vez. Saludé tímidamente a los presentes, y el escenario pareció venirse abajo con los bramidos que soltaron ante mi gesto.
-¡Aquí la tenemos!-exclamó el presentador con una enorme sonrisa. Aquella noche llevaba un traje rojo intenso, que hacía incluso daño mirarlo debido a su fuerte color.
Habían colocado un ornamentado sillón para mí sobre el escenario, en color burdeos, con adornos dorados, en el cual me indicó que tomara asiento. Comenzaba el espectáculo de tres horas de duración en el que resumirían los Juegos del Hambre de este año, y no me encontraba lista para ello, no me encontraba preparada para revivir de nuevo todo lo sucedido en esas semanas que ahora parecían sacadas de otra vida.
Tras el sello del Capitolio, comenzó la proyección que recogería todo lo pasado en los Juegos. En primer lugar, aparecieron las cosechas, donde pude fijarme por primera vez como Sand y Valkirye acabaron juntos en la arena; la chica fue elegida como tributo, y su hermano se presentó voluntario para ir con ella, para tratar de protegerla. Ambos habían fracasado en ese aspecto. También pude ver la cara resignada de Sunset al subir al estrado de su distrito, del mismo modo que pude recordar el rostro de Silvana cuando fue elegida para acudir a los Juegos. Luego, pasaron a la repesca del 12, donde pude verme a mí misma presentarme voluntaria y la reacción que supuso mi decisión. Que irónico era ver aquello ahora, bajo una nueva perspectiva, sobre todo a sabiendas de que el dolor que mis palabras habían causado en mis familiares habría sido el mismo de no haber dicho nada, pues la papeleta seleccionada en la bola de la cosecha tenía mi nombre escrito.
Pasaron de la repesca al paseo de carruajes, luego a las notas de los entrenamientos, y a las entrevistas que nos hicieron. Pusieron fragmentos de las de los demás tributos, pero la mía fue repetida en su totalidad, sin recortar nada de los tres minutos que estuve sometida a las preguntas de Pollux.
Cuando ya llevábamos una hora de película, comenzaron los Juegos propiamente dichos. Ofrecieron una detallada cobertura del baño de sangre, y de los primeros días en la arena, los cuales pasé con los profesionales. Sacaron la batalla que Silk y yo tuvimos en el bosque contra la alianza de Sunset, y también mi discusión con Sand, junto con su trágico final. La pelea del hielo, donde se mostró con detalle mi rostro ante la muerte de Silk; los días que pasé con Jack en las montañas…
Yo contemplaba aquellas imágenes sin llegar a verlas del todo, pues era como ver a unos extraños en aquellos Juegos del Hambre. ¿De verdad yo había matado de ese modo tan despiadado? Y cada vez estaba más delgada, más sucia, cubierta de mugre y sangre seca…
Pude ver de un modo objetivo como murieron Daph y Leaf. La primera murió de frío, encogida sobre sí mima; el segundo, fue lanzado del árbol en el que se encontraba subido por una especie de animal de enormes colmillos, seguramente un muto.
La muerte de Wheel aparece con extrema nitidez, y entonces llega el final, la última pelea de los Juegos. Sunset me lanza el cuchillo que habría de terminar con mi vida, y Jack lo intercepta. El que edita las imágenes, se toma su tiempo para mostrar desde todos los ángulos posibles mi lanzamiento contra el cuello de Sunset, el cual veo repetidas veces antes de que pasen a la siguiente escena, en la que sostengo a Jack entre mis brazos y le doy el beso que me ha pedido.
Sentía las lágrimas correr por mis mejillas mientras el sello del Capitolio aparece por última vez, y la proyección concluye; los recuerdos de la arena vuelven en tropel hacia mi memoria, y no me apetece en absoluto volverlos a revivir, pues bastante espantoso ha sido tener que verlo todo otra vez. ¿Cómo podían obligarnos a ver ese horrible resumen, cuando lo que más deseaba un ganador, o por lo menos yo así me sentía, era tratar de olvidar todo lo sucedido?
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, cuando hizo su entrada en el escenario el presidente Ice, acompañado de una niña vestida con una túnica blanca, que llevaba sobre un elegante cojín la dorada corona que se le otorgaba al vencedor de los Juegos. El público aplaudía a rabiar la aparición del político, pero yo solo sentía un extraño vacío cuando miraba a aquel hombre que había sentenciado a veintitrés personas a la muerte un año más. Ice… tal vez los Vigilantes habían querido honrarle haciendo una arena helada, como el nombre del Presidente. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza al suponer que seguramente esa habría sido la idea.
El hombre tomó la diadema que tanto había yo deseado en el pasado, y con cuidado, la colocó sobre mis sienes, como si fuera a quebrarme por el mínimo toque de sus manos.
-Enhorabuena-me susurró, un comentario ante el que no pude hacer otra cosa que inclinar levemente la cabeza, como deferencia a su halago. Con una sonrisa escalofriante, se apartó a un lado para que la multitud pudiera verme bien, y de nuevo mi nombre volvió a ser coreado hasta la saciedad, mientras que yo observaba impasible, pensando que tal vez esas personas que ahora me aclamaban, habrían podido chillar por mi muerte en las varias ocasiones en las que había estado a punto de morir.
-Cumplí la promesa que te hice, Nick-musité, mientras que Pollux se despedía de la audiencia, recordándoles que no se perdieran mi entrevista del día próximo-Pero, ¿a qué precio?

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