lunes, 3 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 36


Cuando la ceremonia concluyó, todo mi equipo se reunió conmigo, aunque en esta ocasión, había una mujer joven de pelo marrón claro y ojos verdes con ellos, cuyo rostro me era muy conocido. Se trataba de Seaview, la mentora de los tributos del Distrito 4, la ganadora de los anteriores Juegos del Hambre. ¿Qué hacía ella allí? ¿Acaso se había quedado hasta el final de los Juegos, aunque sus tributos habían muerto, o simplemente no podía abandonar el Capitolio hasta que la competición terminase? El año que viene lo sabría, pues mi destino era muy similar al de ella: tener que volver año tras año a la ciudad, acompañando a los tributos del Distrito 12 para aconsejarles sobre como deberían actuar en los Juegos.
-Felicidades-dijo con una voz clara y sosegada-Me gustaría hablar contigo un momento, antes de que vayas a la fiesta que el presidente celebra en su mansión y de la que eres la invitada de honor-añadió arrugando un poco la nariz.
-Le recuerdo que la señorita Clearwater tiene que ajustarse a un horario.-repuso Athenea sacudiendo su plateada cabellera, a juego con el vestido en el mismo tono que llevaba para la ocasión.
-Que podrá cumplir en cuanto haya tenido unas palabras con ella-rebatió la mentora con aplomo-Si nos disculpáis…
Me hizo un gesto para que la siguiera, entrando de nuevo en el vestíbulo del Centro de Entrenamiento. Se dirigió a los ascensores, pulsó el número doce, y llegamos a las dependencias de mi distrito, pero la mujer no se quedó en esas estancias, pues se deslizó por el pasillo que conducía a las habitaciones que Jack y yo habíamos ocupado, descendiendo por este y llegando hasta una puerta por la que, subiendo una pequeña escalera, se accedía a una terraza que dominaba una espectacular vista nocturna del Capitolio.
-Perdona por tanto secretismo, pero prefiero que no haya oídos escuchando nuestra conversación, pues no creo que le agrade a ciertas personas-se disculpó.
Fruncí el ceño, sorprendida. ¿Qué se le estaba pasando por la cabeza a aquella chica para tener tanto secretismo? Ni idea, pero no podía ser muy bueno si no quería ser escuchada por los trabajadores del Centro de Entrenamiento.
-¿Tan malo es lo que me quieres decir?-pregunté.
-Créeme, lo es, aunque tal vez no del modo que te imaginas-fue la respuesta, que me dejó de una pieza. ¿Qué es lo que me iba a suceder? Acababa de salir de los Juegos del Hambre, ¿acaso había algo peor que eso? Lo dudaba, pues estaba segura de que nada podía compararse a estar en la arena, en tensión constante porque sabes que tu vida puede terminar en el momento menos oportuno-Quiero avisarte sobre lo que va a ser de ti ahora que eres una vencedora, Chrysta, quiero que conozcas la verdad sobre lo que te espera en un futuro, no lo que el Capitolio va a intentar que creas.
-¿Acaso hay algo peor que estar en la arena?-inquirí de forma mordaz, alzando una ceja-¿Hay algo peor que ser un tributo?
-Lo hay-respondió-Ser un tributo siempre es mejor que ser la marioneta del gobierno. Sí, has oído bien, marioneta, pues eso es en lo que me han convertido, y en eso te van a convertir a ti. Verás, cuando yo gané los Juegos del Hambre, creí que podría vivir tranquila y en paz el resto de mis días, dedicándome a lo que más me gusta, y de hecho, al principio fue así: tenía una casa nueva en la Aldea de los Vencedores, todo el dinero que pudiera imaginar, y la tranquilidad de saber que nunca me faltaría de nada durante el resto de mi vida. Pero por las noches, me era imposible conciliar el sueño, pues siempre que cerraba los ojos, veía a mis compañeros tributos, veía imágenes de la arena, que poblaban mis sueños y los convertían en pesadillas.
>>Pero eso no es todo, Chrysta. Se podría decir que es incluso el peor de los males que nos obligan a soportar, pues lo que me hicieron posteriormente redobló las cuotas de mezquindad de las que el Capitolio normalmente hace gala. Ocurrió cuando volví durante mi Gira de la Victoria, cuando acudí a las celebraciones que se hicieron en mi honor en la ciudad. Hay mucha gente extravagante que mora aquí, y que está dispuesta a todo por conseguir la compañía de una vencedora, y cuando digo todo, es todo. Fui entregada durante aquella noche a un miembro del gobierno, al que tuve que hacerle compañía en el lecho.
-¡¿Cómo?!-exclamé, horrorizada. Vale que alguien pudiera haberle sugerido que entrara en relaciones con ese hombre que había mencionado, fuera quien fuese, pero estaba segura de que, gracias a su estatus de ganadora, no tendría por que haberlo hecho-¿Por qué no se negó?-pregunté con un hilo de voz.
-Porque de no consentir, matarían a mis padres y a mi hermana-me respondió ella con una sonrisa triste-En el Capitolio, el que mueve las cosas, es el dinero, y al parecer pagaron una bonita cifra por mi compañía, cosa que se ha repetido otra vez ahora, que he vuelto para estos Juegos. A ti te harán lo mismo Chrysta, te usarán como un juguete con el que entretenerse; puede que tal vez te hagan algún regalo por falsa caridad, pero estarás siempre a disposición de aquel que pague la cuota que Ice fije por tu compañía.
La idea de verme a mí misma siendo entregada a cualquier ciudadano rico del Capitolio para que me hiciera lo que le viniera en gana, me hizo sentir náuseas. No, eso no podía ser cierto, tenía que ser una broma, una novatada de Seaview para asustarme. Si ganabas los Juegos, se suponía que te dejaban en paz, que se acababan los temores, pero no que tendrías que estar siendo constantemente entregada a unos y a otros para su disfrute. ¿Eso era lo que me esperaba, entonces, tener que pasar el resto de mi vida como un simple objeto que cualquiera podía usar si pagaban mi precio? ¿Habría fijado ya Ice una cuota para cuando volviera durante el Tour?
Seaview tuvo que ver algo de todo aquello reflejado en mi rostro, pues me acarició maternalmente la mejilla. Sería un año mayor que yo a lo sumo, pero parecía completamente adulta, seguramente por lo que habría tenido que soportar cuando estuvo en la arena… y fuera de ella.
-Ganar los Juegos del Hambre es lo fácil-musitó-Luchas y si tienes suerte, sales viva de la arena, como hemos hecho nosotras. Lo difícil viene una vez que has salido del estadio y tienes que aprender a vivir bajo los deseos de otras personas y enfrentarte a los recuerdos de los Juegos. Cada año tú y yo volveremos a este lugar, acompañando a dos chicos que seguramente no sobrevivirán, y tendremos que ayudarlos, viendo como muchas veces acabarán muertos. Créeme, no es fácil ver como tus tributos mueren, y mucho menos lo es el volver al Distrito y tener que enfrentarte con los rostros de sus padres. Nuestra vida, Chrysta, es unos Juegos del Hambre perpetuos.

Cuando me reuní de nuevo con mi equipo, apenas si me sentía predispuesta a hablar; las palabras de Seaview no dejaban de rondar por mi cabeza. ¿De veras era ese el destino deparado a los vencedores de los Juegos? Seaview no tenía motivo alguno para mentirme, de modo que seguramente, todo lo que me había dicho en el tejado era cierto, palabra por palabra. ¿Tanto le costaba al Capitolio dejarnos en paz una vez que habíamos superado el horror de la arena? Estaba claro que no, viendo como había usado a aquella chica, y como tal vez me acabaría usando a mí.
La mansión presidencial, donde Ice celebraba una fiesta en mi honor, era una enorme construcción maciza, severamente vigilada, con un interior que derrochaba recargo en cualquier sitio, aunque fuera en un simple pasillo que conectase dos habitaciones. Escoltada por todo mi equipo y algunos Agentes de la Paz que se habían unido a nosotros, como si temieran que pudiera pasarme algo, fui introducida en el enorme salón donde se celebraba la recepción, siendo ovacionada por los asistentes. Y casi tuve que contener un grito cuando vi la decoración que habían preparado: nieve, nieve por todas partes. Elegantes y pulcros montoncitos junto a las paredes, capas finas y brillantes sobre las mesas abarrotadas de comida, suaves copos que caían sobre los asistentes, como una ligera nevada de principios de invierno. Y gente, oh si, mucha gente. Mirara a donde mirase, solo veía a personas estrafalariamente vestidas que me observaban casi con admiración, que gritaban intentado llamar mi atención o que tomaban fotografías de mi persona, para luego intentar convencerme de que posara junto a ellos.
Estaba claro que la decoración de la estancia estaba inspirada en la arena, un detalle que al parecer le había encantado a los capitolinos presentes, pero que yo detestaba con toda mi alma. En mi memoria, no se iban las imágenes de las manchas de sangre de los tributos sobre la nieve de la arena; unas manchas que casi creía ver en aquella estancia tan pulcramente preparada.
Mi equipo de preparación, junto con Hermes, había ido a charlar con los estilistas de los otros distritos, que también se encontraban presentes. Athenea, por su parte, había acudido trotando a un corrillo de hombres y mujeres, a cual con un atuendo más llamativo, que en esos momentos la felicitaban por haber sido la escolta de la tributo vencedora. Solo Dust seguía conmigo, conteniendo las manos de los invitados que intentaban tirar de mi persona para inmortalizarme en una foto, o simplemente tener unas palabras conmigo.
-¿El año pasado también fue así?-le pregunté a mi mentor-¿También avasallaron de este modo a Seaview?
-Me temo que sí-respondió, cariacontecido-Al parecer, los vencedores sois realmente codiciados en esta ciudad, viendo como reaccionan ante vuestra presencia.
-Dust, una pregunta-inquirí, pues una idea me acababa de venir a la cabeza-¿Cómo fuiste designado mentor? Quiero decir, técnicamente, los mentores son los ganadores de otros años…
-Me eligieron como eligen a los tributos-repuso él-Mediante un sorteo, aunque fueron mucho más selectivos en nuestro caso que en el de los chicos;  por lo que sé, miraron nuestros antecedentes para evitar que ningún simpatizante de los rebeldes pudiera optar al cargo. No tendré un sueldo como el que te darán a ti a partir de ahora, pero al menos pude dejar la Veta y mudarme a la ciudad.
-¿Qué será de ti, ahora que yo seré la futura mentora de nuestro distrito?-pregunté, algo preocupada; ¿tal vez le habría quitado el trabajo a Dust?
-Supongo que el año que viene vendré de nuevo, para enseñarte cual será tu misión como mentora, además de explicarte algunas tácticas para negociar con los patrocinadores; seguramente, al año posterior, dejaré de venir por fin. Después de todo, ahora el Distrito 12 tiene a una mentora de verdad.
-Pero yo no quiero que…-comencé, pero no pude terminar la frase, pues un grupo de capitolinos se me echó encima, avasallándome a preguntas y pidiéndome que me fotografiara con ellos. Me forcé a esbozar una sonrisa cortés y a posar con cada uno de ellos, y luego con otro más, y otro, y otro… las presentaciones se iban sucediendo de una forma vertiginosa, del mismo modo que las preguntas, las peticiones de una foto o incluso un autógrafo, los ofrecimientos de comida y bebida a manos llenas; las mil y una promesas de amor que me hicieron miles de hombres, las cuales me trajeron a la memoria las palabras de Seaview; las mil y una promesas de amistad hechas por otras tantas mujeres, que se presentaban a sí mismas como “la mejor amiga que nunca jamás habrías podido tener”. Yo asentía con la sonrisa que había esbozado al principio de la fiesta, contestando educadamente, posando y firmando todo lo que me pedían, pero en mi interior, gritaba de dolor y de rabia. ¿Cómo podían ser tan hipócritas todas esas personas? En mi cabeza no dejaba de repetirme que mi hermano había muerto por su culpa, aunque fuera de forma indirecta, por lo que todos ellos eran culpables de todos los padecimientos que había sufrido desde la muerte de Nick hasta ese preciso momento. Si Nick no hubiera muerto, seguramente yo no habría estado tan llena de odio como para acudir a los Juegos, y tal vez Jack siguiera vivo, ocupando ahora mi lugar, mientras que yo me encontraría en el Distrito 12, esperando a que volviera.
La noche se me hizo eterna mientras era disputada entre todos los invitados, como si fuera un postre especialmente deseable. Finalmente, mientras los primeros rayos del sol despuntaban por el horizonte, regresé al Centro de Entrenamiento, donde me retiré a mi habitación con la esperanza de poder dormir un poco antes de que mis estilistas vinieran a prepararme para la entrevista del día siguiente. Me encontraba psíquicamente baldada, agotada de tanto sonreír y mostrarme atenta cuando lo único que quería era estar a solas y asimilar todo lo ocurrido en el estadio de una vez por todas, pues aún me sentía como si no hubiera sido yo la que había estado en la arena.
Me introduje e el lecho, dispuesta a dormir, pero me di cuenta de que el sueño estaba totalmente fuera de mi alcance, al menos de momento. Allí tumbada en aquella cama, era capaz de percibir el hecho de que el Centro de Entrenamiento, antaño lleno de tributos, se encontraba ahora prácticamente desierto; a excepción mía y algunos miembros de mi equipo que pernoctaban en él. Casi podía sentir el fantasma de Silk, once pisos más abajo, junto con el de los demás tributos, que jamás volverían.
Jadeé, sintiendo una opresión en mi pecho, producto de la congoja ante la falta de los ausentes. Silk, Marphil, Brass, Daph, Sand, Valkyrie, Wheel, Engine, Leaf, Pine, Sunset, y los demás tributos no se me iban de la cabeza… pero el que más aparecía en mis pensamientos era Jack. No dejaba de arrepentirme por haberle dejado recibir aquel cuchillo, pues perfectamente podría seguir vivo de no haberlo hecho; podría haber ganado los Juegos. Sería curioso, un tributo que ganase los Juegos sin haber matado a nadie durante la competición, pues Jack había fallecido sin mancharse las manos de sangre. ¿Cómo se habría sentido él de haber estado hoy en el escenario, recibiendo la corona de manos de Ice? ¿O en la fiesta, siendo adulado por una multitud que había estado contemplando como un grupo de chicos entre los que él estaba, se mataban entre ellos?
Eran preguntas que me turbaban, pero no las corté, porque me reconfortaba de un modo extraño imaginarme a Jack conmigo en todos los acontecimientos a los que hoy había asistido. Casi sentía el tacto de su mano contra la mía, como cuando íbamos a la cosecha, o como en algunas ocasiones había hecho en la arena; casi notaba el contacto con su cuerpo, gesto que efectuábamos en el estadio para mantener el calor corporal. Ahora la cama me parecía fría y terriblemente grande, después de haberme acostumbrado a pernoctar en un saco de dormir, pegada al cuerpo de mi amigo. Aparte, la idea de poder dormir de un tirón, sin tener que despertarme cada determinado tiempo para vigilar, también se me hacía extraña. ¿De veras estaba a salvo en aquella cama? ¿No vendría ningún tributo a por mí mientras dormía? Me costó convencer a mi cerebro que ya no habría más tributos ni los volvería a haber, por mucho de que tuviera la sensación de seguir en los Juegos.
Me tapé la cabeza con la manta, como si así pudiera mantener mis miedos a raya. Traté de alejar la mente de los recuerdos de la arena, pues dudaba que pudiera dormir algo si seguía reviviendo los Juegos o pensando en mis compañeros. Imaginé el momento en el que descendería del tren, en la mugrienta estación de mi distrito, y me rencontraría con mis padres y mis conocidos del 12, incluídos los Wood… ¡No, no podía pensar en ellos, al menos de momento, o de nuevo volvería a llegar el recuero de Jack a mi mente! Me concentré en mis progenitores, en imaginarme sus rostros aliviados y felices de verme de vuelta, en su nueva vida en la casa que ocuparíamos en la Aldea de los Vencedores, en Mizzy corriendo en mi dirección para saludarme, lamiendo las puntas de mis botas… pronto, en cuestión de días, volvería a verlos a todos, y trataría de enfrentarme a los recuerdos de los Juegos con su ayuda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario