viernes, 7 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 37


Los mutos no dejaban de correr, casi pisándome los talones, mientras que yo trataba de escapar de ellos, intentaba alejarme de sus garras, tropezando una y otra vez en la nieve que cubría todo lo que mis ojos podían ver. Sentía el crujido de los huesos de aquellos esqueletos que tan cerca estaban de mí, notaba como sus garras casi se incrustaban en la piel de mi espalda. Me iban a matar, como mataron a Valkyrie, convirtiéndome a mí también en una masa sanguinolenta, destrozada por aquellos cortes que producían…
Con un grito, abrí los ojos, mientras que intentaba comprender por qué de repente habían desaparecido la nieve y los esqueletos, por qué me encontraba en aquella mullida cama, en aquella habitación de aspecto tan recargado. Mi cerebro, aún aletargado por el sueño, era incapaz de conectar la idea de que había dejado la arena, y que los mutos que había visto en el brumoso mundo donde habitan las pesadillas, no eran más que un recuerdo. Pero había parecido tan real, tan sumamente verídico, que aún me costaba asimilar que había sido un simple engaño de mi mente.
¿A esto era a lo que se refería Seaview cuando hablaba de las pesadillas? ¿Acaso ahora todas mis noches estarían plagadas de recuerdos de la arena? De ser así, la idea no me atraía en absoluto, pues era demasiado escalofriante tener que revivir todo lo ocurrido en el estadio; pues era como si no hubiera salido del mismo todavía. Aunque, pensándolo bien, tal vez mi mente nunca pudiera abandonar aquellas nieves; recordaba como cuando fui subida al aerodeslizador me había sentido de un modo muy extraño, como si una parte de mí se hubiera quedado sobre el hielo que habíamos pisado todos los tributos.
Gemí para mis adentros, mientras que aún con el pulso acelerado, me incorporaba en el lecho, viendo como por la enorme ventana de mi dormitorio entraba la clara luz de la mañana. Con cuidado, abandoné la cama, caminando descalza hacia aquel ventanal, contemplando la imagen del Capitolio que se extendía ante mis ojos; observando sus artificiales pero no por ello menos hermosos colores, sus elevados y esbeltos edificios, sus calles, transitadas por tanta gente. Era tan diferente al Distrito 12… ¡el Distrito 12! Un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza al recordar que mañana, seguramente, estaría rencontrándome con mi familia, aunque aquella emoción perdió gran parte de su atractivo cuando me vino a la cabeza que en ese rencuentro también se encontrarían los familiares de Jack.
Suspiré, mientras me intentaba hacer a la idea de que iba a tener que mirar a la cara a los padres del chico que dio su vida para salvar la mía. ¿Y si me culpaban por la decisión de Jack? Conocía bien a los Wood como para suponer que no harían tal cosa, pero no estaba segura de si se mantendrían en su habitual comportamiento ahora que habían visto morir a su único hijo en un riguroso directo, y más teniendo en cuenta que su fallecimiento había sido en parte culpa mía.
Interrumpí aquel pensamiento, mientras apretaba los puños contra el grueso cristal de la ventana, al mismo tiempo que apoyaba la frente contra este. No iba a ganar nada preocupándome por anticipado, pero me era imposible no evocar lo que estaba por venir; sabía que antes o después tendría que enfrentarme a aquella familia que había huído del Distrito 13 para solo encontrar miseria y dolor en su nueva residencia.
¿Qué hora sería? Por la luz tan brillante que entraba por la ventana, bien podía ser mediodía; aunque tal vez en el Capitolio se las hubieran apañado para controlar la luz solar y el tiempo, como hacían los Vigilantes en la arena. Si había de pensarlo con frialdad, incluso sería lógico que el tiempo en aquella ciudad dependiera de los caprichos de algunas personas; unos caprichos que habían sido tangibles durante el transcurso de los Juegos. ¿Qué clase de ser humano es capaz de modificar las condiciones de un lugar solo para torturar a los jóvenes que tenían que luchar en él?
A sabiendas de que el sueño estaba fuera de mis posibilidades actuales, me dirigí al enorme cuarto de baño de la habitación, donde me deshice de la ropa de cama y me metí en la ducha, pulsando al azar algunos botones del panel de mandos que había instalado en la misma. Fui atacada por un repentino chorro de agua caliente con olor a limón, para luego ser bombardeada con unas enormes pompas de jabón de color rosa, cuyo aroma era tan penetrante que llegó a producirme un leve dolor de cabeza. Cuando logré retirar de mi piel los restos de espuma que aquellas burbujas habían dejado, regresé al dormitorio justo a tiempo para ser avasallada por Hermes y mi equipo de preparación, que entraban sin ningún miramiento en la estancia; los cuales ignoraron el hecho de que yo solo vestía una toalla de baño, para comenzar a prepararme nuevamente para la entrevista programada para la jornada.
-¡Ya nos has adelantado trabajo!-trinó Jeda mientras luchaba contra los enredos de mi pelo-Te has lavado de pies a cabeza, ahorrándonos a nosotros el tener que mandarte a la ducha… por mucho que te hayan limpiado desde que te trajeron de la arena, aún despides un cierto tufillo a nieve.
¿Tufo a nieve? ¿Es que acaso la nieve tiene olor? E independientemente de eso, ¿qué más le daba a esa mujer como oliese? Por mucho que ahora no debiera mostrarme ruda y desagradable, pues no consideraba que fuera la imagen apropiada para una vencedora, las viejas costumbres seguían muy arraigadas en mí.
-Y tú apestas a perfume barato y a maquillaje rancio-repuse de malas, eligiendo las palabras que seguramente molestarían más a esa mujer. No sabía con certeza si el perfume de lavanda que solía usar era caro o no, ni si el maquillaje pálido que cubría su cara había visto tiempos mejores, pero del mismo modo que insulté a Dust cuando llegué al Capitolio diciéndole que necesitaba un baño, había agredido verbalmente a Jeda del mismo modo. Me daba igual que se enfadase o que decidiera que no quería seguir trabajando para mí; no me quedaban muchas horas en el Capitolio, y ya no necesitaba estar radiante y presentable para los patrocinadores.
La aludida soltó un gritito ahogado, mientras que Madya me miraba como si fuera un gusano especialmente gordo que hubiera encontrado arrastrándose por su falda. Acqua y Hermes, sin embargo, estaban enfrascados en una conversación entre ellos, y parecían no haberme oído.
-¡Me importa poco que seas una vencedora, niña!-exclamó Jeda, con un tono de voz aún más chillón que el habitual-¿Cómo osas hablarme así? ¿Es que no te han enseñado modales en ese distrito subdesarrollado en el que vives?
Modales. Al parecer en el Capitolio se le daba más importancia a los modales que al hecho de que en el Distrito 12 nos muriéramos de hambre día sí y día también, lo cual no hacía que acrecentar la sensación de disconformidad que estaba comenzando a sentir en el centro de mi pecho. Ya odiaba al Capitolio de antes, pues lo culpaba por haber matado a mi hermano; ahora a ello se le añadían las vidas de mis compañeros muertos en la arena y eso sin contar con el temor que la charla de la noche previa con Seaview me había despertado.
-Nos preocupamos más por no morir de inanición-contesté con los dientes apretados, mientras que Madya luchaba contra mi ceño fruncido para aplicarme con más calma la sombra de ojos de color rojo que tenía en una de sus manos-Cuando apenas tienes nada que llevarte a la boca, lo demás pasa a un segundo plano.
-Vas a tener mucho que aprender de aquí a que vuelvas al Capitolio durante la Gira de la Victoria-Madya usó un tono de voz más sosegado para dirigirse a mí-Podríamos enviarte a alguien para que te enseñe modales y protocolo.
-Antes me bebería el agua de fregar-repuse automáticamente, mientras que me estremecía ante la idea de tener a un enviado del Capitolio en mi nueva casa de la Aldea de los Vencedores, que se dedicara a enseñarme como comportarme, como actuar, como desenvolverme en la hipócrita sociedad de aquella ciudad que había condenado a tanta gente al abismo de la muerte.
-Calma, señoritas-Hermes se acercó a nosotras, al mismo tiempo que examinaba el trabajo que las estilistas habían hecho conmigo-Todos estamos hoy con los nervios a flor de piel, así que mejor nos dejamos de peleas y nos centramos en lo verdaderamente importante, que es la entrevista de nuestra ganadora-me regaló una leve sonrisa, la cual me negué a devolverle. Por muy amable que se comportase conmigo, sobre todo ahora que era su principal baza para darse a conocer, no olvidaba que, después de todo, Hermes era “uno de ellos”, como bien me recordaban las gemas violetas que tenía implantadas en el rostro.
Dejé que me ahuecaran el cabello y me deslizaran en el sencillo vestido rojo a la altura de las pantorrillas que habría de llevar para la entrevista sin hacer un nuevo comentario, pues no me sentía con ánimos para hablar; la mera entrevista ya era lo suficientemente estresante como para que me siguiera enzarzando en discusiones con mi equipo. ¿Cómo iba a reaccionar cuando Pollux comenzara a preguntarme cosas sobre los Juegos? Dudaba que pudiera unir más de cinco palabras antes de que me traicionaran los nervios y acabara llorando a lágrima tendida delante de las cámaras. Sería extraño verme haciendo tal cosa, pues no era yo persona dada a mostrar sentimientos, pero me sentía demasiado cargada de dolor desde que abandoné el estadio, y las lágrimas eran una buena vía de escape. Aún tenía mucho por lo que llorar.

La entrevista se realizaría en la sala común del Distrito 12, la cual habían remodelado para la ocasión. Retiraron la mesa y las sillas que solían dominar el centro de la estancia, y en su lugar habían colocado el mismo sillón que la noche previa habían dejado en el escenario para mí. Varios estandartes con el emblema del Distrito 12 habían sido repartidos alrededor del asiento; sobre el escudo del distrito, aparecían fotografías de mi rostro, la mayoría de la ceremonia de ayer, donde lucía ya la corona de vencedora, pero algunos eran imágenes del desfile inaugural. Comparando las diferentes imágenes, se podía notar leve cambio en las facciones de mi rostro, pues en las que aparecía coronada estos brillaban un tanto vacíos, casi sin vida, mientras que en las pertenecientes a antes de la arena, mi mirada destelleaba con furia y decisión.
-¡Por fin!-Athenea llegó a mi lado, correteando sobre sus altos tacones, mientras que el elegante vestido dorado que llevaba para la ocasión revoloteaba a su paso-¡Creía que nunca ibas a dignarte a aparecer!
-Hemos tenido un problema con las sombras del maquillaje-repuso Hermes, mientras que Dust me examinaba concienzudamente y el presentador me saludaba. Hoy había mudado el traje rojo de la víspera por uno en un tono gris suave, aunque desentonaba con el estridente color de su pelo.
-¡Bueno, más vale tarde que nunca!-la mujer movió la cabeza con aire resignado, para luego apoyarse contra una de las paredes, cruzando los brazos con un ademán impaciente-¿Estamos listos para comenzar?
-Cuando la señorita Clearwater quiera-respondió Pollux, haciendo un gesto hacia el sillón vacío, indicándome que me sentara. Si por mi fuera, no me molestaría ni en sentarme, sino que simplemente me dirigiría al ascensor, abandonaría el Centro de Entrenamiento y correría hasta la estación, donde me metería en el tren que me llevaría lejos, muy lejos del Capitolio. Pero claro, la gente quería que la vencedora de estos Juegos hablase de como habían sido para ellas, y yo, como buen títere que ahora era, no tenía más opción que resignarme. De haberme encontrado en esta situación cuando no era más que una chica de la Veta que soñaba con ir a los Juegos para vengar a su hermano de algún modo, seguramente le habría dedicado a Pollux Flickerman un gesto bastante obsceno, para luego salir corriendo. Mas ahora, no podía permitirme ese comportamiento, por mucho que me disgustase.
Así pues, tratando de no mostrar lo que me desagradaba aquello, tomé asiento en el sillón, tratando de ignorar las numerosas cámaras que rodeaban el asiento, las cuales parecían voraces insectos que desearan engullir todos y cada uno de mis gestos.
Pollux tomó asiento en la silla que habían colocado frente a mí, y a una señal de uno de los cámaras, comenzó a hablar. Como introducción, hizo un par de chistes, a los que respondí con una sonrisa forzada, casi tensa; no tenía el ánimo suficiente como para bromear, y menos en un lugar donde había tantos fantasmas como era aquel. Viendo que no parecía dispuesta a colaborar con aquella dinámica, el presentador pasó directamente a las preguntas, las cuales, en un principio, eran bastante banales: como había sido mi vida en el Distrito 12 antes de que fuera elegida como tributo; como me sentí cuando me enteré del suicidio de Silvana; que me habían parecido mis contrincantes en la arena…
Yo contestaba de forma maquinal, casi sin entusiasmo alguno, mientras que rogaba en mi fuero interno por el final de aquella entrevista. Me era complicado hablar de Silk, Marphil, Brass, Daph y los demás sin derramar alguna lágrima; mas no se me escapó ninguna. A pesar de que mis emociones se encontraban a flor de piel, mi autocontrol seguía siendo lo suficientemente fuerte como para mantenerme firme, seria, sin llorar. Pero aunque controlaba el flujo de las lágrimas no derramadas, estas seguían ahí, tras mis ojos, esperando el momento oportuno para salir. Y este llegó cuando llevábamos cosa de quince minutos hablando y Pollux formuló la pregunta que tanto había estado temiendo.
-A todos nos emocionó la despedida entre tú y tu compañero de distrito, Jack Wood-su voz sonaba neutra, como si estuviera hablando del tiempo en lugar de un último adiós entre dos personas medio moribundas-He de decir que no pude evitar las lágrimas cuando vi aquel beso que le diste como respuesta a su último deseo. ¿Cómo fue para ti el hecho de ayudarle a dejar este mundo?
Noté los ojos de todos los presentes clavados en mí, mientras que engarfiaba los dedos en los reposabrazos del sillón. ¿Cómo podían preguntarme una cosa semejante, y menos cuando todo era aún tan reciente? De mis recuerdos surgió la imagen del rostro de Jack, cubierto de suciedad y sangre, con la venda ensangrentada que tapaba la cuenca de su ojo, y con el que le quedaba en buen estado nublado por la cercanía de la muerte. Casi podía ver los surcos que mis lágrimas habían abierto en la porquería de su cara, limpiándola un poco de la mugre que la recubría.
Me mordí el labio, mientras mis ojos escocían con furia, señal de que las lágrimas estaban a punto de brotar de ellos. Intenté pronunciar alguna palabra, pero notaba la garganta cerrada por el llanto contenido, incapaz de proferir un sonido que no fuera un sollozo. Me esforcé en decir algo, pero no fue una palabra lo que brotó de mis labios, sino un gemido contenido de dolor, mientras que las lágrimas, ahora sí, corrían con libertad por mis mejillas. Una parte de mi me reprendía por ese comportamiento débil del que estaba haciendo gala, pero en esta ocasión, como hiciera antes en el estadio, no le presté atención a esas recriminaciones, mientras dejaba a las lágrimas fluir con libertad y el sollozo contenido escapaba de mi garganta. Ya no me importaba parecer débil, ya no merecía la pena luchar por mostrarme dura y fiera, pues los Juegos habían terminado, y ya nadie habría de ser convencido de que podía salir viva de la arena. Pollux pareció comprender que me era imposible contestar a aquella pregunta, por lo que se despidió de la audiencia con un tono tan jovial que sonaba incluso humillante. Cuando las cámaras dejaron de grabar, me encontré entre los brazos de Dust, que me abrazaba con fuerza, mientras me susurraba palabras tranquilizadoras.
-Ya pasó, pequeña-me repetía una y otra vez-Ya pasó.

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