viernes, 7 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 38 (FINAL)


No bien hubo terminado la entrevista, Athenea me propuso que me diera un nuevo baño para librarme del maquillaje antes de tomar el tren que habría de llevarme de vuelta al Distrito 12, pero rechacé tal idea con rotundidad. No quería pasar más tiempo en el Centro de Entrenamiento, quería volver a casa, alejarme del Capitolio y empezar mi particular batalla contra los recuerdos de los Juegos del Hambre. Así pues, nos despedimos de Hermes y de las tres estilistas que conformaban mi equipo de preparación, y no tardamos en ser llevados a la estación en un coche con las ventanas tintadas. En el corto trayecto que supuso aquel desplazamiento en vehículo, mantuve los ojos fijos en mis pies, sin osar mirar por la ventanilla el paso de los edificios del Capitolio. No quería ver nada más de aquella ciudad, al menos hasta que tuviera que volver, dentro de varios meses, durante mi gira de la Victoria.
Me temí que en la estación hubiera una multitud esperando para despedirse de mí, y de hecho, la había, pero Dust, haciendo gala de su particular comportamiento, me abrió paso a codazos, de tal modo que cuando vine a darme cuenta, ya me encontraba subiendo al interior del tren, separándome así de la multitud que rugía mi nombre como si fuera alguien especialmente reseñable, cuando solo era una chica que había asesinado a varias personas y había sobrevivido a los avatares a los que la habían sometido.
El tren se puso en marcha, y pronto se internó en la oscuridad del túnel que recorría el interior de las montañas que rodeaban la ciudad. Mientras Dust y Athenea se perdían en diferentes direcciones, no sin antes recordarme que en dos horas la comida estaría servida, deambulé por el tren que no llegué a coger en mi viaje de ida al Capitolio. ¿Sería el mismo tren en el que Silvana se había suicidado? Casi me podía imaginar a la chica escondiendo el cuchillo entre los pliegues de su vestido, para luego, en la soledad de su dormitorio, arrancarse la vida con su hoja, movida tal vez por la desesperación de ir hacia una muerte más que probable. Jack también habría caminado por estos pasillos, y habría dormido en alguna de las habitaciones que ahora se encontraban desiertas, esperando a que dentro de unos meses, yo volviera a ocuparlas para la Gira de la Victoria, y luego, cuando volviera la primavera, los próximos tributos de los Terceros Juegos del Hambre.
Me salté la comida sin molestarme siquiera en avisar a los demás que no iba a acudir; me quité el vestido y el maquillaje que me habían aplicado en el Capitolio, y me vestí con unos pantalones y una camiseta, no sin antes recogerme el pelo en mi habitual cola de caballo. Pero aunque el reflejo del espejo del armario era muy parecido al de la Chrysta del Distrito 12, había algo en él que señalaba que, por mucho que ahora volviera a parecerme a mi antiguo yo, jamás volvería a ser la misma. Cuando has visto tal colección de horrores, no puedes pretender seguir viviendo como hasta la fecha, como si nada hubiera pasado.
Al caer la noche, le pedí a una de las personas del Capitolio que había en el tren, que me trajera algo de comer a mi dormitorio. No eran avox propiamente dichos, su trabajo consistía en que no me faltara de nada, en cumplir todos mis deseos desde que salimos de la ciudad hasta que llegásemos al Distrito 12. Seguramente, en el viaje de ida, también habrían debido vigilarme, aunque eso no llegué a experimentarlo; este año, ningún tributo había cogido el tren dos veces, por extraño que sonase.
A la mañana siguiente, poco después de que Athenea me sacara literalmente a rastras de la cama, el tren empezó a aminorar la marcha, mientras que por la ventanilla del mismo pude ver como nos acercábamos a la mugrienta estación del Distrito 12, en cuyo andén había congregada una verdadera multitud, que gritaba al ver como el ferrocarril se iba acercando poco a poco. A pesar de que me alegraba estar de vuelta en casa, la sensación de vacío en mi pecho aumentaba ante la idea de que allí, muy cerca de mí, se encontraban los Wood, seguramente no participando en la alegría que veía en los rostros de los congregados.
-Bueno Chrysta-Athenea parecía algo contrariada-Aquí es donde nos separamos hasta dentro de unos meses… ¡no puedo creer aún que haya sido la escolta de la ganadora de estos Juegos! ¡Estoy tan orgullosa de todo lo que has hecho!
Se me tiró al cuello, mientras sollozaba de un modo casi estridente. Pude percibir con claridad el perfume a hierbabuena que usaba a diario, del mismo modo que el delicado aroma de los polvos faciales blancos que usaba, como casi todos los ciudadanos del Capitolio. No sabía como reaccionar ante su gesto de despedida, pues lo cierto es que no me llevaba especialmente bien con ella. ¿Le debía algo a esta mujer? Nada, si había de ser sincera; ni siquiera tuvo la decencia de darme la oportunidad de ser voluntaria cuando me moría de ganas por ir a los Juegos, aunque técnicamente no fuera su decisión. Con un gesto algo despegado, le di un par de palmaditas en el hombro, mientras que Dust me miraba con una ceja alzada.
-Nos veremos en la Gira de la Victoria-contesté, para luego liberarme de su abrazo y enfrentarme a los escalones que descendían del tren y me lanzarían en brazos de la gente del Distrito 12. Dust, situado a mi espalda, posó una mano sobre mi hombro.
-Estamos juntos en esto-me susurró-No olvides que sigo siendo tu mentor.
Inhalé una bocanada de aire y luego, con paso decidido, bajé los escalones, para encontrarme cara a cara con los viejos conocidos de toda mi vida. Allí estaban las familias mineras, cuyos miembros en edad para bajar a la mina eran compañeros de mi padre; algunos de ellos fueron quienes sujetaron a mi madre en el día de la repesca, cuando yo me ofrecí voluntaria. También estaban las familias de la ciudad, los comerciantes de pelo rubio y ojos azules, que me aplaudían a rabiar; mis padres, que se encontraban delante de todos los demás, mi padre sonriendo con orgullo, y mi madre llorando sin dejar de sonreír, mientras que sujetaba a Mizzy, que no dejaba de ladrar en mi dirección y de mover las patitas, como queriendo salir corriendo a recibirme. Y allí, a su lado, estaban los Wood, algo más apagados que los demás, pero sin rencor alguno por mi persona en sus ojos, que me miraban con el dolor y el orgullo mezclados en sus rostros. Ambos vestían de negro, por lo que supuse que tal vez estuvieran guardando luto por la muerte de Jack.
Mi madre soltó a Mizzy, que no tardó en venir a saludarme, mientras ella me envolvía en un cálido abrazo, al mismo tiempo que mi padre me acariciaba la cabeza. ¿Cómo habrían vivido ellos mis Juegos del Hambre? Recordé todas las veces que había estado a punto de morir, y traté de imaginarme sus reacciones a tales sucesos. Seguro que habían sufrido tanto como yo padecí en el estadio, aunque tal vez de un modo diferente al mío.
-Creía que no volvería a verte cuando te presentaste voluntaria-el susurro de mi madre consiguió que un nuevo nudo de lágrimas cerrase mi garganta-Te vi tan cerca de morir tantas veces…
-¿Cómo están los Wood?-dije con voz ahogada.
-Se recuperarán-me respondió ella-Aún es todo muy reciente…
Me separé del abrazo, estudiando de nuevo a la multitud. Detrás de mi familia, había un grupo de escuálidos niños de la Veta, que me recibían con el mismo entusiasmo que sus progenitores. Sus caritas estaban chupadas por el hambre, pero pronto, gracias a mi victoria, tendrían alimentos durante todo un año. Y esos que estaban algo más lejos, con los bracitos que casi parecían esqueletos con un poco de piel encima. Y esos otros… y aquellos… por ellos sí que valía la pena haber ganado los Juegos, por ver como irían llenando los huecos que el hambre les había robado.
Suspiré, mientras que saludaba a los allí presentes, como deferencia a su calurosa bienvenida, intentando mostrarme medianamente alegre para ellos, aunque me costase más que cualquier cosa en esos precisos momentos. Al menos las cosas iban a mejorar  en el Distrito 12, y mi familia tendría una vida mucho más fácil que la pasada. Aunque, desde luego, mi vida no entraba en ese cupo, pues aún me quedaban por librar muchas batallas contra mis propios recuerdos.











2 comentarios:

  1. Oh, no puedo creerme que haya acabado, ¿harás algo más? como la gira de la victoria o algo? Simplemente que tienes un don y que tu historia me ha hechizado. Gracias :3

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  2. Nueva lectora, me ha gustado mucho la historia, ha estado fantástica Christya es mi ídolo.

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